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Trescientos años de divismo

Martes 14 de marzo de 2017
PARA LA NACION

Hace 294 años, en 1723, en Londres, los gritos desesperados de la diva Francesca Cuzzoni la salvaron de que George Frederic Händel -harto de sus caprichos y arbitrariedades la arrojara por una ventana. Cuando lograron arrancarla de manos del voluminoso compositor tedesco, Händel explicó que para el inminente estreno de su ópera Ottone, la soprano había reclamado que el compositor escribiera una música más adecuada a sus posibilidades de exhibicionismo vocal. En caso contrario, no cantaría el aria "Falsa immagine", fundamental en su rol como hija del emperador bizantino.

Finalmente, el método utilizado por el músico convenció a la cantante y el estreno en el Teatro del Rey fue un éxito. Pero quedó en la historia como el primer tope de contención al creciente poder de las prima donnas, que no vacilaban en decidir el destino de una creación si contradecía su criterio.

El episodio recordó la cancelación decidida por Joseph Volpe, director del Met, en febrero de 1994, de todos los compromisos artísticos con Kathleen Battle, ante los repetidos escándalos generados por la cantante, que fue una de las imágenes más visibles del complejo neoyorquino y la preferida de James Levine. Los incidentes promovidos por Battle iban desde sus ausencias e impuntualidades para los ensayos hasta pedir el despido del cocinero que había puesto arvejas en una comida o prohibir a sus compañeros de escena que la miraran cuando cantaba. Culminó con la invasión del camarín de una colega y el desparramo de su vestuario por los pasillos.

Esto es parte de un vasto anecdotario que incluye a la temperamental Angélica Catalani, predilecta de Napoleón; a la autopermisiva María Malibrán, que por 1830 ya reformaba lo que no le gustaba de las óperas, y a Adelina Patti, un milagro vocal a quien Rossini acompañó al piano en una de las arias del Barbero, pero aseguró que no reconocía su música. O Nellie Melba, modelo de cantante de ópera, aunque bastante malcriada. En 1919, en el Metropolitan, le dijo a un periodista: "Sé que poseo la voz más hermosa del mundo". Y era cierto.

Si se habla de temperamento, la segunda mitad del siglo XX tuvo su gran ejemplo en Maria Callas. Pero esa característica se potenció a partir de la temporada 1956-1957, cuando debutó con Norma, en el Met. Sus relaciones con el director Rudolf Bing no fueron muy felices porque había poca coincidencia en la elección de las obras, una tarea exclusiva de este último. En 1958 rompieron relaciones, pero los roces y las suspensiones de la cantante se hicieron frecuentes. Hoy son parte de la leyenda de una de las más grandes dramáticas de la ópera.

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