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Pese a la tentación de compararlos, Wilders no es un simple "Trump holandés"

El líder de la ultraderecha, que había elogiado al presidente norteamericano, ahora marca distancia

Miércoles 15 de marzo de 2017
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AMSTERDAM (De un enviado especial).- "No soy Donald Trump. No me llamen el Trump holandés." El ultraderechista Geert Wilders decidió esta semana marcar una distancia con el hombre a quien llegó a ponderar como el impulsor de una "primavera patriótica" en el mundo.

Varios analistas locales identifican el factor Trump como el motivo que estancó a Wilders en las encuestas los últimos días de la campaña. Los tormentosos primeros días del magnate en la Casa Blanca no invitan a optar por un discípulo suyo en un país acostumbrado a los pactos y a una política sin estridencias.

Pero la tentación de compararlos es muy grande, y no sólo por el particular jopo rubio que les enorgullece lucir. Es indisimulable que comparten tácticas, obsesiones y objetivos políticos. Claro que también hay rasgos culturales, de estilo y de trayectoria que los muestran casi como el día y la noche.

La más clara de esas diferencias radica en que Wilders no es un outsider, por más que se presente como el látigo de las elites que mandan en Holanda. Es abogado, milita en política desde joven y lleva 18 años en el Parlamento. Conoce todos los resortes del sistema. Sabe lo que se puede hacer y lo que no. El Parlamento fue su plataforma para sobresalir: el lugar donde gritar para captar la atención de las cámaras mucho antes de que Trump se dedicara a la política. Su partido, el PVV, es una invención personal en la que nadie puede cuestionarlo.

En los últimos días se encargó de recalcar que él tiene experiencia y que está dispuesto a pactar para formar gobierno si gana hoy, pese a que todos sus rivales lo excluyen de las negociaciones.

Su antiislamismo tiene raíces más sólidas que en Trump. Vive amenazado y bajo custodia permanente desde hace 12 años. "Su conocimiento sobre el extremismo musulmán es tan profundo que se lo puede considerar un experto mundial en la materia", escribió el politólogo Koen Vossen en una reciente biografía sobre el líder del Partido de la Libertad.

En su programa promete cerrar las mezquitas, prohibir el Corán y echar a musulmanes que incluso tengan nacionalidad holandesa. Trump no se animó a tanto.

El carácter de Wilders tampoco encaja con el de su aliado norteamericano. Reservado en su vida privada, con rasgos menos marcados de narcisismo. No acostumbra a hablar ante multitudes. Sus actos consisten en caminatas para repartir volantes y saludar a simpatizantes, siempre rodeado por un ejército de guardaespaldas.

El fervor con que rechaza el islam lo lleva a convertirse en un defensor de causas ajenas a Trump: en su discurso es recurrente la apelación a respetar los derechos de los homosexuales y la igualdad hombre-mujer.

En cambio, la simbiosis parece perfecta en la estrategia electoral. "La campaña ha sido toda sobre él. Usa Twitter todo el día, se niega a atender a la prensa crítica, habla directo a los votantes, para dar la idea de que dice las cosas como son, sin filtro", dice el consultor político Erik van Bruggen.

Otro punto muy evidente de contacto es su programa económico, difuso, casi inexistente, tal como pasó con Trump durante la campaña. Su manifiesto electoral cabe en un tuit. Se centra en el combate contra la inmigración y en romper con Europa.

Wilders era un liberal de centroderecha, admirador de Margaret Thatcher. Con el tiempo giró hacia una mirada proteccionista y con mucho foco en incrementar las ayudas estatales a los holandeses nativos a costa de eliminarlas para los inmigrantes.

La conexión de Wilders con la derecha norteamericana viene de lejos. Mantiene contactos fluidos con republicanos del Tea Party. Activistas como Steve King o Michele Bachman lo han influido en su concepción agresiva de la política.

La ola populista que triunfó en Estados Unidos impulsó su campaña a fines del año pasado. La gran incógnita es si al final esa identificación no terminará de ponerle un freno en una sociedad acostumbrada a liderazgos más previsibles.

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