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Que el espíritu no quede en un limbo

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Jorge Búsico
Jueves 16 de marzo de 2017
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Entre tantas joyas, el británico Lindsay Anderson dirigió This sporting life, que al español fue traducida como "El llanto del ídolo". La película retrata la vida de un minero que llega a ser una estrella del rugby league, pero tiene puntos importantes de referencia al rugby union. El autor del guión, David Storey, jugó este último, al igual que el actor principal, el irlandés Richard Harris, hombre de Munster (una tuberculosis lo retiró de las canchas en su adolescencia) y frecuentador hasta su muerte de todo tipo de tests internacionales y pubs de rugby junto a otros dos recordados y excelentes actores: Richard Burton y Peter O'Toole.

This sporting life fue estrenada en 1963, 68 años después de que se produjera la histórica división entre el league profesional y el union amateur. Anderson, que en una visita al país definió al ser argentino como "anarquista de derecha", reflejó de modo magistral en esa película en blanco y negro de 134 minutos (se puede encontrarla en YouTube) la parte más cruel del deporte profesional. En aquel 1963, el rugby union, el de 15 jugadores, era uno de los pocos emblemas en pie del amateurismo en los deportes en equipos. El rugby se vanagloriaba de ello, pese a que en las potencias se empezaba a transitar el pago por debajo de la mesa, el marronismo, que fue extendiéndose hasta que el 1 de septiembre de 1995, la ex IRB, actual World Rugby, decretó el inicio del profesionalismo.

De los 10 mejores del mundo, la Argentina fue la que más tardó en llegar al profesionalismo. Recién el año pasado empezó realmente esta nueva realidad de jugadores contratados directamente por la UAR y con un torneo multimillonario en casa. El camino, incluso, resultó corto, ya que el fin del amateurismo/marronismo, como el de la era romántica, empezó a gestarse tras el bronce de 2007.

En este trayecto, que en muchos pasajes tuvo más golpes que diálogo, siguen existiendo claroscuros. Por ejemplo, la semana anterior, a horas de iniciarse el Nacional de Clubes, se estuvo a punto de vivir otro conflicto URBA-UAR a raíz de los contratos que esta última le había hecho firmar a un grupo de jugadores para que representaran a Argentina XV. Contratos que -vale aclarar- estaban fuera de los reglamentos del rugby amateur, los que aún rigen a la UAR, además de a la URBA.

Fue como un déjà vu de lo sucedido a comienzos de 2011, cuando los primeros contratos terminaron en becas, seguidos por un episodio bochornoso que incluyó una sentada de jugadores de primera con el legítimo lema de "queremos jugar con nuestros amigos", pero que por otro lado fue empujado por los principales actores del negocio. Con aquella experiencia, este nuevo error de la UAR pareció sumarse al auge del "si pasa, pasa".

Cuando se modificó la regla se estableció que el encargado de pagarle al jugador debía ser el Estado y no la UAR. ¿Cuál debería ser el eje? ¿Quién le paga? ¿O qué verdaderamente es un jugador pago en torneos amateurs? ¿No habría que revisar lo que se firmó? ¿Sigue el marronismo? Más importante aun: ¿cuál es el espíritu? Cuando Anderson se refería al ser anárquico del argentino lo hacía por su costumbre de violar leyes y hacer lo que más le conviene. Algo de eso está sucediendo.

Puede estar un nuevo modelo todavía en el limbo (hoy es el de clubes amateurs sosteniendo una estructura profesional), pero lo peligroso sería que el limbo empezara a gestarse en el espíritu.

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