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Florencia Werchowsky: "La vida de las bailarinas no es lineal; es sinuosa, colorida y brutal"

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LA NACION
Domingo 19 de marzo de 2017
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Las bailarinas no hablan, Florencia Werchowsky. Reservoir Books

Con su anterior novela, El telo de papá, le pasó lo mismo: a partir de experiencias propias, Florencia Werchowsky, esta muchacha de un pueblo de la Patagonia que necesitaba ser aceptada en Buenos Aires, construyó relatos orales para narrar sus peripecias a sus nuevas amistades. Los relatos crecieron de tal forma que surgió la idea de plasmarlos en libros. Ahora, acaba de publicar Las bailarinas no hablan (Reservoir Books), una autoficción en la que cuenta el camino de una nena de once años para ingresar en la escuela de ballet del Teatro Colón.

Yo era una chica del interior aterrada pero con ambiciones. Cuando vine a Capital a estudiar periodismo -en mi segunda fundación de Buenos Aires, porque la primera había sido varios años antes, para estudiar danza en el Colón-, me vi obligada a desplegar una artillería de encantos que me ayudase a encajar en los nuevos círculos donde me movía. Quería seducir a los porteños, destacarme en la ciudad. Entonces contaba historias, reconstruía mi biografía con detalles grandilocuentes: hablaba del telo de mi papá y de mi paso por el Colón. Contaba algunas verdades y varias mentiras con la impunidad del origen remoto y plebeyo, con la desfachatez de los veinte años. Funcionaba: en poco tiempo logré un público más o menos estable en reuniones sociales. Estudiaba periodismo motivada por el deseo de escribir y aprender a contar esas historias, me parecía que eran parte de un ejercicio de formación. La novela Las bailarinas no hablan, y también El telo de papá se gestaron así: oralmente y como un mecanismo de supervivencia social.

Florencia Werchowsky en Te cuento mi libro
Florencia Werchowsky en Te cuento mi libro. Foto: Alejandra López

Mientras bailaba sentía estar viviendo algo irreal. Es habitual que las chicas que bailan se cuenten a sí mismas la propia historia como una manera de conectarse, de no perder el eje: qué quiero ser, de dónde vengo y hacia dónde voy son certezas que se repiten como mantras. La casta del ballet es concéntrica y los bailarines pasan ahí dentro toda su vida, alrededor de las mismas personas desde la infancia hasta la jubilación. Entonces estas historias tienen una duración diferente en el tiempo, están más presentes y frescas en la memoria porque forman parte de un relato grupal continuo. Y, aunque dejé de bailar a los diecisiete años, nunca perdí contacto con mis bailarines y bailarinas, mis amigos. Por eso cuando me senté a escribir Las bailarinas no hablan no tuve que hacer memoria ni traer viejos recuerdos: así como mi cuerpo que no baila hace muchos años nunca se va a olvidar de la técnica del ballet ni de sus pasos, mi mente y mis emociones nunca dejaron de estar en contacto con esos relatos.

Tal vez por vicios del periodismo, pasé por una etapa de entrevistas, me junté con amigas bailarinas, ex bailarinas y maestras, y las grabé. Más allá del contenido, me interesaba rescatar la oralidad del ballet, que es particular porque trae consigo un paquete de supersticiones que se articulan sobre el deseo de triunfar, que tiene su propia lógica y unos mecanismos de legitimación sobre el discurso muy arbitrarios. Es un registro oral dramático y fantasioso. En el proceso también trabajé con la lectura de novelas y ensayos sobre el Colón, biografías de bailarines y la cobertura periodística del conflicto político del Teatro.

En el texto incluí críticas de las obras, reportajes y notas periodísticas, para contrastar esos discursos: qué se dice dentro del Colón, cómo se habla allí, y qué se dice sobre el Colón, qué significa para la prensa y los lectores. Lo mismo pasa con las bailarinas: en la prensa se habla de ellas de una forma, pero ellas se expresan de otra bien diferente. Y yo estuve en los dos lugares. Leer en el diario la crítica del propio trabajo era una forma de irrealidad total: lo que se decía construía en el público un sentido rarísimo que poco tenía que ver con lo que hacíamos. Pero, al mismo tiempo, no éramos capaces, como bailarines, de poner en discusión ese sentido.

Me entretuve intentando salir del estereotipo al contar esta historia, tratando de romper con el relato lineal de la bailarina que lo deja todo por su vocación y que luego, al fin, triunfa. Ese recorrido no fue, en mi caso ni en el de los bailarines que conozco, de esa forma. Al contrario, es una vida sinuosa, colorida, brutal. Por eso la narradora aparece y desaparece para dar lugar a los personajes que la complementan y enriquecen su mundo: un bailarín en el apogeo de su carrera que lo pierde casi todo por caerse del escenario durante una función, una maestra que imposta el acento francés fingiendo estatus, una amiga obesa y generosa que hubiese querido bailar, un niño tan talentoso como afeminado, una nena perfecta que nació para ser estrella. En esos pasos al costado, el Colón aparece casi como un personaje, como un impedidor serial: nadie parece obtener lo que desea y, sin embargo, allí se quedan todos.

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