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Un crisol audiovisual. El cine mira a las nuevas migraciones

Con innovación expresiva y atención al encuentro con el otro, ponen el foco en las comunidades de más reciente llegada al país

Domingo 19 de marzo de 2017
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Foto: María Elina Méndez

"Yo soy argentina, pero a la vez, en el fondo, soy coreana, ¿entendés?", dice la chica de rasgos orientales y acento inconfundible, rotunda, decididamente porteño. "Mis viejos son coreanos, la cultura?¿qué argentina, boludo?", continúa, la esencia del hijo de inmigrantes -ese sustancial estar entre dos mundos- latiendo en cada vibración de su voz.

La escena, una de tantas en Mi último fracaso, película de Cecilia Kang que se exhibe actualmente en Malba, captura la charla de varias amigas de la realizadora, todas ellas descendientes de familias coreanas e inmunes a la cámara que las registra mientras fuman, ríen y beben en un bar frecuentado por jóvenes de esa colectividad. A través de las voces (y los gestos, comidas, itinerarios, consumos televisivos) de sus amistades, familiares y una profesora de arte, Kang traza algo así como semblanzas audiovisuales: mujeres de distintas generaciones, con diversos vínculos con la lejana Corea, instaladas en un país al que pertenecen, pero no del todo. Como de refilón, la película señala también otra cosa: la cultura coreana, esa cumbre de lo contemporáneo y lo cool que embelesa al mundo, vive aquí nomás, entre nosotros. Y la posibilidad de un intercambio más fluido -el mismo que hubo con tantas otras culturas- es sólo cuestión de tiempo.

Porque las ya no tan "nuevas" migraciones, esas que fueron llegando aproximadamente hace dos décadas, son parte de un mosaico cultural en plena formación. Europeos del este, orientales, latinoamericanos y africanos son parte de flujos migratorios ocurridos en un mundo -y un país- muy distintos a los del aluvión de fines del siglo XIX y principios del XX. Pero aquí están, con sus propias versiones sobre la "tierra de oportunidades", sus particulares riquezas y renovados relatos sobre el sacrificio, la añoranza, el desconcierto ante el otro. Fue el cine independiente el que, en el último tiempo, comenzó a verlos, registrarlos, indagar con su propio lenguaje en la multiplicidad de voces que late en estas comunidades.

En su mayoría, se trata de films -por lo general, documentales de autor- realizados por una nueva generación de directores (en varios casos, hijos de inmigrantes), que innovan en lenguaje pero también en mirada: una vía directa al capítulo más reciente del tan mentado "país mestizo".

Miradas de Oriente

Nacida en Alemania, la realizadora Nele Wohlatz tenía mínimos conocimientos del castellano cuando se radicó en la Argentina. Decidida a sortear la frontera lingüística, no sólo se convirtió en profesora del Centro Universitario de Idiomas, sino que también, a partir de la experiencia en ese espacio, filmó El futuro perfecto, película que cuenta la historia de Xiaobin, adolescente china que llega a Buenos Aires sin saber una palabra del idioma local. Premiado en el Festival de Locarno (Suiza) el año pasado, el film sugiere -en palabras del crítico Roger Koza, editor del blog Con los ojos abiertos- que "habitar un nuevo territorio es también aprender un lenguaje, lo que a su vez constituye una forma de estar en el mundo que debe aprenderse".

Obra de una extranjera sobre la vida de otra extranjera (Xiaobin "actúa" de sí misma), El futuro perfecto es una indagación de las múltiples facetas de la palabra y, también, sobre los alcances del artefacto cinematográfico. Por eso juega con el registro documental, la ficción, el humor, al mismo tiempo que interpela el mito de la "tierra prometida" en clave de búsqueda estrictamente subjetiva: Xiaboin viaja sola desde la otra punta del mundo y, una vez en la Argentina, no se resigna a la vida de reclusión que le propone su familia. El aprendizaje del español -proceso sobre el que se enfoca la película- significará, asimismo, un posible camino a la autonomía (el eje feminidad-emancipación también aparece en Mi último fracaso: nacida en Corea, Ran, la profesora de arte de la directora, encuentra en la Argentina un espacio de realización personal que las tradiciones de su país de origen obstaculizaban).

"Las nuevas generaciones manejan ambos idiomas y terminan siendo el puente entre culturas", explica Juan Martín Hsu, hijo de taiwaneses y cineasta egresado de la carrera de Diseño en Imagen y Sonido (UBA). Durante la adolescencia, Hsu solía visitar la feria de La Salada, donde trabajaban varios de sus amigos, en permanente relación con puesteros, empleados y visitantes argentinos, bolivianos, coreanos. A partir de los cruces que observaba allí y de experiencias propias o de familiares, fue madurando la idea de La Salada, película que participó del Festival de San Sebastián y del Bafici, y obtuvo el galardón a la mejor ópera prima de los premios Sur. "Cuando decidí que las experiencias que venía recolectando podrían convertirse en una película, apareció automáticamente la feria porque era el no lugar donde estas historias podían transcurrir naturalmente -comenta-. La ubicación geográfica también aportaba a la idea de la película, al estar situada en el límite entre la capital y el conurbano. Me pareció que era un espacio ideal para que estos personajes transitaran entre límites."

La Salada articula mundos, vivencias, incluso estéticas: está la familia coreana que, de acuerdo con sus tradiciones, organiza un casamiento arreglado (y la nueva generación a la que eso comienza a resultar no tan deseable), el boliviano recién llegado a la Argentina, el joven taiwanés que vende DVD "truchos", es fanático del cine local y vive adaptando sus horarios a los de Taiwán para poder hablar con su madre, que está allá. "Él mira y copia películas para aprender del otro su idioma, su cultura, su idiosincrasia -describe Hsu a su personaje-. Es una manera de acercarse a lo argentino: aprende a conocerlo a través del cine; por eso trata de imitar lo que hacen los personajes de esas películas."

Hsu realizó un corto, Diamante mandarín, que cuenta la crisis de 2001 desde una perspectiva poco transitada: la del interior de un supermercado "chino". Aquella imagen que fue símbolo de la debacle -el dueño de un minimercado saqueado, llorando ante las cámaras televisivas- tiene aquí una suerte de contrarreflejo: los "otros" están afuera, tras la cortina metálica férreamente cerrada por la familia taiwanesa que, recluida en el interior del comercio, sigue las noticias a través de la radio y de los ruidos que cada tanto llegan del exterior.

Otra mirada "desde dentro" es la que habilita Arribeños pero, esta vez, con un director argentino. Formado en Letras, traducción y crítica (además de apasionado por el cine oriental), Marcos Rodríguez se propuso bucear en la historia de la inmigración taiwanesa a partir de una poética inmersión en la vida del Barrio Chino porteño. "Sabía que había historias para contar -rememora-: gente que había llegado a Buenos Aires hace varias décadas, familias ya instaladas en la Argentina que, como pasa en toda inmigración, vivían a la vez el proceso de adaptación a su nuevo lugar y la tensión de lo que quedó atrás. Quería contarlo."Rodríguez, que más allá de su afición cinéfila y eventuales paseos por ese rincón del Bajo Belgrano, nunca había tenido contacto con la comunidad taiwanesa, empezó por lo básico: caminar, golpear puertas, ubicar a los integrantes de la Asociación del Barrio Chino. "Existe una idea de que la gente de la comunidad es muy cerrada, distante y hosca -comenta-. Pero no fue eso lo que encontré. Hay, por supuesto, una barrera cultural, que en el caso de las personas mayores tiene que ver con el idioma, pero que en realidad es mucho más global. Existe cierta distancia, a veces hasta cierta formalidad, que tiene que ver con una forma distinta de relacionarse, y que a un argentino le puede resultar difícil. Pero entendidos esos códigos y pasado un primer momento en el que advertían de qué se trataba el proyecto y que nos acercábamos con respeto e interés, lo que encontré del otro lado es gente muy amable, dispuesta a compartir su historia. Una comunidad que nos invitaba a participar de sus ceremonias y reuniones."

Construir perspectivas

"Creo que habrá más películas sobre el tema, pues las categorías con las que se concibe y analiza el fenómeno migratorio son insuficientes frente a las necesidades de nuestro tiempo", reflexiona Koza, y agrega: "En la Argentina, el punto de vista en torno a estos films ha privilegiado la perspectiva humanista".

Efectivamente: en estas películas se enfatizan el lugar del "entre dos", esa zona de confluencia con lo diferente, e incluso la posibilidad de, a partir de la mirada del otro, pensar en los propios dilemas.

En "La migración latinoamericana actual en el cine mexicano y argentino", artículo publicado en Amérique Latine Histoire et Mémoire. Les Cahiers ALHIM, las investigadoras Paola García y Perla Petrich destacan el aspecto renovador de las últimas realizaciones argentinas dedicadas al tema de la migración: "Se busca desdramatizar, deficcionalizar y poner el acento, no ya en las 'desgracias' del inmigrante, sino en el contacto 'real' con el extranjero y con su mundo. La migración -que incluye personas y espacios- es un detonador de reflexión sobre la existencia, ya sea del propio migrante o del que vive en el país receptor".

La excepción podrían ser dos films de ficción realizados a principios de este siglo: Bolivia, de Adrián Caetano, y Vladimir en Buenos Aires, de Diego Gachassin. Aquí no hay ni tono liviano, ni optimista descripción de los puentes culturales, ni permiso para el humor: Bolivia cuenta la historia de Freddy, un boliviano sin papeles que trabaja en un bar de Constitución, y Vladimir..., la de un ingeniero ruso que llega a la Argentina tras la debacle soviética post caída del Muro. En ambos casos lo que se pone de relieve es la xenofobia y la discriminación latentes en nuestro país. No importa que uno sea un trabajador precario y el otro un profesional que hasta cuenta con cursos realizados en Harvard: ambos sufren el embate de una sociedad hostil y un sistema político básicamente indiferente. De hecho, Vladimir en Buenos Aires surge de la investigación realizada para Habitación disponible, documental que Gachassin dirigió y produjo junto con Eva Poncet y Marcelo Burd. En este film se siguen los itinerarios de tres inmigrantes: Natasha, ucraniana; Favio, paraguayo, y Giuliano, peruano. El entorno es el de la crisis de 2001; las cámaras recorren, junto con los protagonistas, las concentraciones en Plaza de Mayo, la ciudad en estado de alerta, las habitaciones de los hoteles y pensiones donde se apretuja una inmigración dispersa, desprotegida y, sobre todo, desconcertada ante el repentino cambio de escenario (Natasha, nos alertan los intertítulos, había llegado al país en marzo de ese fatídico año).Otro tono es el de la multipremiada Las Acacias, de Pablo Giorgelli, que registra, en el marco de un viaje desde Asunción a Buenos Aires, el progresivo acercamiento entre un camionero argentino y una migrante paraguaya que viaja con su bebé. "El contexto migratorio está presente (paso de la aduana, viaje en camión) -describen García y Petrich-, pero sin violencia y la cámara se focaliza exclusivamente en el acercamiento entre dos seres que a priori no tienen nada en común."

Lo que sí marca a todas las realizaciones ligadas con el tema migratorio -y en este punto ninguna parece escapar a la regla, salvo Un cuento chino, de Sebastián Borensztein- es su inscripción en el modo de producción y la búsqueda expresiva del cine independiente. En este sentido, para Koza, hay un elemento clave, y se llama "estereotipo". "El cine mainstream argentino suele estar orientado a la explotación de estereotipos -reflexiona-; la comedia costumbrista y el thriller pueden tranquilamente incorporar el tema migratorio, pero difícilmente trabajen con lucidez para no duplicar lo que supone el sentido común y permitir ver otra cosa o hendir la ideología conservadora según la cual el inmigrante es una amenaza."

Por eso el cine de bajo presupuesto, realizado por fuera de los circuitos comerciales, habituado a los relatos lábiles, el juego con distintos registros, la inquietud documental y la marca autoral, resultaría ser el más compatible con una mirada abierta a la diferencia. "La experiencia migratoria dista de ser un signo ideal para la lógica del espectáculo -insiste Koza-. Todo fenómeno migratorio es como mínimo un signo de incertidumbre, un lugar de imprecisa comodidad." Un guante que pueden levantar películas de realizadores medianamente conocidos, como Santiago Loza (La Paz, sobre el vínculo entre un joven de clase media alta y una mucama boliviana) o Martín Rejtman (Copacabana, inspirado en la fiesta de la comunidad boliviana en la Argentina), y films que tocan la temática desde lugares más tangenciales, como la road movieCamino a La Paz, de Francisco Varone, o Habi, la extranjera, de María Florencia Álvarez (sobre una chica que se acerca a la comunidad islámica local).

Hay hallazgos, además, que imponen la realización de una película. Eso le ocurrió al documentalista rosarino Rubén Plataneo cuando conoció la historia de David Bangouras, adolescente que viajó como polizón en un barco, desde Guinea hasta la Argentina. El acercamiento a David (cuya carta de presentación era: "Soy cantante de hip hop") derivó en El gran río, film que no sólo cuenta la historia del chico perdido en la Argentina, sino también la del propio realizador colaborando a restablecer algún vínculo entre el joven migrante y su familia africana.

"Hay que llevar adentro un caos para engendrar una estrella brillante", dice el personaje central de Vladimir en Buenos Aires en una de las primeras escenas de la película. Siglo tras siglo, la humanidad se va nutriendo del caos disruptivo que generan los encuentros entre culturas, razas, lenguas, historias. De eso -y del eterno enigma del otro- hablan estas películas. El nuevo "crisol de razas" va teniendo sus propios relatos. Y son audiovisuales.

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