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Cuando dejamos de ser hijos

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 18 de marzo de 2017
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Pasó un año desde que murió mi padre. Partió ya pasados los 80, a comienzos del último otoño, unos pocos meses después de haber enfermado. No era un hombre abiertamente religioso, pero llegó a sus últimos días dispuesto a soltar una vida que había aprendido a disfrutar, envuelto además en una serena expectativa por aquello que pudiera estar esperándolo más allá. Pero no es a él a quien quiero referirme en estas líneas. Ya conté lo que podía contarse sobre su muerte en una columna anterior, y no me gustaría decir una palabra de más acerca de quien mantuvo, a lo largo de su vida, un tenaz perfil bajo y un pudor natural en la expresión de sus sentimientos. Me propongo en cambio hablar de lo que me pasó a mí, uno de sus hijos, con su muerte, en la sospecha de que lo que trataré de contar no es especialmente original, sino que quizá refleje lo que le ocurre a un hombre, no importa su edad, cuando ya no está aquel con cuyos ojos aprendió a ver el mundo.

Cuando esa mirada de pronto falta, uno siente que no sólo le han quitado el padre, sino también las gafas que mantenían el orden, la proporción y el sentido de las cosas. Las piezas del rompecabezas de la realidad se dispersan y perdemos la capacidad de unirlas. En parte ha de ser por eso que el mundo se me antoja hoy más impredecible que nunca, carente además de las jerarquías que podrían conferirle un trazado reconocible.

De algún modo, con mi padre murió también el mundo que él habitaba, o al menos el que él me enseñó a habitar cuando yo era un chico. Quizá sea más exacto decir que ese mundo ya se había extinguido, pero seguía en parte vivo para mí porque los ojos de mi padre mantenían cohesionado todo a su alrededor.

Hoy ese trabajo debo hacerlo solo. Pasada la mitad de la vida, me encuentro en una inesperada y rara condición de orfandad. Ahora todo depende de mí, incluso la tarea de darle un orden al caos del mundo, porque el que tenía hasta hace poco se ha visto sacudido. Ese orden, además, ha de ser lo suficientemente sólido como para que yo pueda hacer por mis hijas lo que mi padre hizo por mí. Sin embargo, todavía arrastro dudas y asombros propios de un adolescente, como si una parte de mí no hubiera madurado. Además, no me sobran las certezas. No puedo evitarlo: pienso en la figura de mi padre cuando tenía la edad que tengo ahora, incluso cuando era 10 o 20 años más joven. ¿Acaso tenía todas las respuestas en la palma de su mano cuando, desde mi mirada de chico, lo veía como el hombre que todo lo sabía y podía?

Hace unas semanas, sorprendí a mi madre con una inquietud parecida. Había pasado por su casa tarde, tras salir del diario, y estábamos cenando en la cocina. Le pregunté si ese universo familiar que ellos habían construido mientras mis hermanos y yo crecíamos era tan sólido como parecía. ¿Qué miedos tenían? ¿Qué inseguridades, si acaso había algunas? ¿Por dónde podía abrirse la fisura que amenazara ese ámbito que de chicos nos había dado refugio y contención? A través de algunas anécdotas, mi madre trató de desestabilizar la imagen cristalizada que yo le propuse. Pero no lo consiguió del todo y se lo dije.

-Era otro mundo -respondió.

Me hubiera gustado conocer algunos de los miedos o las inseguridades de mi padre. Los tenía, por supuesto, como cualquiera. Pero no los exhibía ante sus hijos. Ante mis ojos, era dueño de un carácter firme, que se manifestaba más a través de gestos que de palabras.

En mi juventud, desestimé la forma de vida para la que había sido educado. Para bien o para mal, le escapé a la idea de perseguir una carrera profesional y durante unos años viví casi al día y sin un horizonte cierto. Es decir, buscando un acuerdo con mi visión de la vida, y en reacción contra lo que yo creía que me venía impuesto. Sin embargo, creo ahora que en ningún momento, ni siquiera en aquellos años, me quité del todo esas gafas que mi padre me legó de chico. De algún modo, en lo esencial, y aunque entonces no lo habría reconocido, seguía viendo la vida a través de sus ojos.

Hace un año, en cierta medida, perdí mi condición de hijo. Tal vez allí resida el cambio de perspectiva. Por alguna razón, la muerte de mi padre me colocó de manera más consciente en un rol que desde hace más de veinte años ejerzo a tiempo completo con más voluntad que sabiduría. La realidad siempre ha sido incomprensible, difícil, desafiante. Nadie tiene ni ha tenido las respuestas en la palma de su mano. No es eso lo esencial. Se trata, simplemente, de la ley natural: en algún momento nos toca ser esa roca de la que los hijos, inmersos en la corriente de la vida, pueden aferrarse cada vez que resulta necesario.

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