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¿Y si hay alguna razón por la que no querés dar la mano?

En las oficinas es común estrecharse las manos, algunas conductas no muy sanitarias también abundan

Viernes 17 de marzo de 2017 • 19:21
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"Hola, qué tal, yo soy Daniel", me dijo, y extendió su mano.

El mundo de las oficinas está lleno de apretones de mano. Mientras que algunos son más firmes que otros, también están esos que pretenden ser cancheros, con los dedos hacia arriba y adelante, y con un choque posterior de nudillos; pero básicamente el apretón es una manera seria, correcta y formal de saludar a alguien. Nunca me había puesto a pensar demasiado en los apretones que doy durante el día, pero sí tenía una certeza: no quería tener que darle nunca la mano a Daniel.

No sabía que Daniel era Daniel hasta que coincidimos en una reunión. Hasta ese momento sólo era el tipo del ritual extraño a la hora de ir al baño. Ceremonioso como pocos, Daniel siempre se tomaba su tiempo para entrar, lavarse las manos con agua y jabón, secarlas con papel, tirarlo en el cesto, tomar otro papel, doblarlo en tres, dirigirse hacia la zona de los mingitorios, hacer pis y -al final- utilizarlo para algo que ni la loza blanca ni las buenas prácticas permitían ver. Al final Daniel -y acá pasa eso que todos en la oficina observamos y que el lector ya está temiendo- tira el papel en el cesto, abre la puerta y sale del baño.

Y así cada vez. Todas. Sin lavado ni vergüenza.

Uno de los efectos colaterales de pasar tanto tiempo en la oficina es que uno termina sabiendo de los otros más de lo que quisiera o le interesa. Que Luciana empezó la dieta y se está cuidando, que Rodolfo no deja pasar ni un minuto después de almorzar para ir a lavarse los dientes, que María tiene una pequeña compulsión por las cosas dulces, que Cecilia se peleó con el novio. Y, por supuesto, que Daniel no se lava las manos después de ir al baño.

"Ojos que no ven, corazón que no siente", dicen algunos. Comparto, ¿pero qué se hace cuando los ojos vieron y el corazón sí siente? Uno no es quien para romper tradiciones milenarias ni para rechazar un saludo y quedar como un maleducado, pero tampoco merece que el otro le entregue en mano los restos de su ceremonia sanitaria. Se puede evitar tocar el picaporte justo después de Daniel, pero lo que no se puede es dejarlo con la mano en el aire.

Entonces Daniel recibe mi saludo, firme pero veloz. Lo miro a los ojos y le digo algo que ni siquiera recuerdo porque no podía pensar en otra cosa que en su mano, en su papel, en su ritual y en que, quizás, él estaría disfrutando de este momento. Cualquier teoría me parecía válida. Media hora después volvimos a darnos la mano, cuando el hecho ya estaba consumado, y yo no pude prestarle nada de atención a la reunión.

Si querés que El asistente cuente alguna de las historias que te suceden en tu oficina escribí a TheOffice@lanacion.com.ar con los datos que te pedimos acá.

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