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Buffy, la cazavampiros cumple 20 años y te contamos por qué aún es una serie imprescindible

La ficción protagonizada por Sarah Michelle Gellar rompió el molde de la televisión y está más vigente que nunca

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PARA LA NACION
Martes 21 de marzo de 2017 • 00:38

1. Joss Whedon, el gran responsable

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Joss Whedon junto a Sarah Michelle Gellar (y Alyson Hannigan, a un costado)
Joss Whedon junto a Sarah Michelle Gellar (y Alyson Hannigan, a un costado).

Dos décadas pasaron desde que el primer episodio de Buffy, la cazavampiros llegara a la pantalla chica y esta serie que muchos asumieron apresuradamente que sería otra ficción descartable para adolescentes fue la encargada de romper varios esquemas clásicos. Joss Whedon, su creador, era un joven nerd de treinta y pico que no había tenido mayor experiencia en la escritura de guiones salvo por un par de episodios de Roseanne, la película Toy Story y un pésimo film titulado Buffy, la cazavampiros. Pero la idea de ese largometraje era buena y Whedon confiaba en que podía exprimirle mucho más jugo a ese concepto. Según contó en varias oportunidades, a él siempre le molestó ese cliché del terror en el que una rubia era víctima de algún asesino o monstruo de turno y, por ese motivo, siempre fantaseaba sobre qué sucedería si al momento de matarla, la mujer se revelaba como una guerrera y aniquilaba a su atacante. Con esa premisa como idea rectora, construyó en la televisión una de la ficciones más ambiciosas de su período, logrando revertir muchos estereotipos que al día de hoy siguen enquistados. Joss, un conocedor de los géneros cinematográficos, entendía que el terror era un rubro que podía permitirle expandirse hacia muchísimos temas más y de esa forma el universo de Buffy ( Sarah Michelle Gellar ) fue enormemente rico y variado, tanto que se coronó como una de las grandes series de los noventas.

2. La búsqueda por desestructurar las formas

Otro de los aspectos que hizo de Buffy, la cazavampiros un producto de quiebre tuvo que ver con varios experimentos que Whedon realizó a lo largo de la serie y cómo él siempre buscó revertir los lugares comunes, un concepto que desde el vamos fue el emblema de esta ficción. En ese sentido, hubo dos capítulos especialmente recordados por lo atípico de sus propuestas. Uno fue el séptimo de la sexta temporada, titulado "Once More, with Feeling". Esa entrega tuvo la particularidad de presentar varios números musicales originales compuestos por el propio Whedon, y que eran un inteligente homenaje al Hollywood musical. El otro de Buffy que será siempre recordado por su idea y por la inteligencia con la que pudieron ponerla en práctica fue "Hush", el décimo de la cuarta temporada. Considerado uno de los picos más altos de la ficción, este episodio se caracterizó por ser prácticamente mudo. El germen de la idea nació cuando Whedon, que siempre escuchaba decir a los fans que los diálogos entre los personajes eran el punto fuerte, consideró ponerse a prueba a sí mismo haciendo un capítulo en el que todos debían estar en silencio. Bajo ese concepto nacieron los Caballeros, unos demonios inspirados en el Nosferatu de Murnau, que aparecen en la historia para robarle la voz a todas las personas. Pero como si fuera un cuento de hadas moderno, lo único que puede matar a esas criaturas es la voz de una elegida (porque Whedon siempre procura revertir el típico esquema de roles y por eso es que aquí la mujer es la que salva y no la salvada).

El mérito de "Hush" está puesto en que el recurso del silencio no es un capricho injustificable, sino que tiene una razón de ser, e incluso Whedon juega con el silencio para trabajar a sus personajes a través de esa mudez temporaria y así es que Buffy y Riley (Marc Blucas) descubren verdaderamente quiénes son, mientras que Willow (Alyson Hannigan) comienza a establecer su relación con Tara (Amber Benson). También ese recurso dio pie a varios chistes perfectos, sin mencionar que los famosos Caballeros no tardaron en ser considerados como los demonios más terroríficos de la extensa galería que tuvo la serie. "Once More, with Feeling"y "Hush" son los ejemplos más evidentes de una ficción en la que su creador siempre procuró sorprender a sus fans, demostrando que había mucho para contar del mundo adolescente y crear mil historias atípicas.

3. El amor y el trabajo según Buffy

En más de un aspecto, Buffy se animó a tratar temas que hasta ese momento o eran tabú o simplemente muchos consideraban que no eran de interés para los espectadores. La serie de la cazavampiros, ante todo, comprendía que el grueso de su público estaba compuesto por jóvenes, razón por la cual puso sobre la mesa cuestiones de lo más variadas, pero que iban dirigida a ellos. El primero y el más obvio tuvo que ver con la vida sexual y amorosa de Willow, la bruja interpretada por Alyson Hannigan. En las primeras tres temporadas, ella era novia de Oz (Seth Green), pero cuando esa pareja se quebró, Willow se enamoró de Tara, otra bruja mucho más introvertida. Esa historia romántica fue una bienvenida sacudida a una televisión que no se animaba a representar con naturalidad el amor entre dos mujeres. Obviamente que sería una tontería reducir el universo de Buffy a la pareja compuesta por Willow y Tara, pero la naturalidad con la que se mostró esta historia fue de lo más conmovedor que tuvo la serie, fue un enorme paso adelante en el proceso de destruir muchos prejuicios con respecto a ciertos temas que, para algunos oxidados empresarios televisivos, era preferible ignorar.

Otro aspecto notable que Buffy, la cazavampiros supo mostrar con claridad fue el proceso de transición entre la adolescencia y la adultez y qué tipo de vida se puede proyectar luego de graduarse de la secundaria e ingresar al mundo laboral y universitario. Ahí el trío protagónico (Willow, Xander y Buffy) representó tres posibles variantes. Mientras Willow era la única que se dedicaba concienzudamente a estudiar para recibirse; Buffy no tardaba en abandonar la universidad para procurar estabilidad económica, mientras que terminaba aceptando empleos mal pagos como cajera de un local de comidas rápidas. En tanto, Xander (Nicholas Brendon), probablemente el que peor salía parado en un principio, no estudiaba y se dedicaba a subsistir en el sótano de la casa materna hasta que poco a poco se ganaba el pan aprendiendo albañilería. En determinados momentos, los tres protagonistas se sienten algo frustrados por cómo llegan a la adultez e incluso se cuestionan si el rumbo elegido (o forzado a elegir) fue el mejor y en esas crisis ellos reflejaron la incertidumbre de una generación de jóvenes que, como los protagonistas, parecían no saber qué hacer con sus vidas luego de la secundaria.

4. Personajes en constante evolución

En los ochentas y buena parte de los noventas, las series de aventuras se caracterizaron por presentar tramas autoconclusivas. Los capítulos seguían ese modelo tipo Brigada A o Mc Gyver, con episodios que presentaban una historia que comenzaba y terminaba y cuya cronología era totalmente intercambiable, los personajes no evolucionaban y estaban estancados siempre en un status quo prácticamente inalterable. Pero Buffy, la cazavampiros fue una de las primeras en trazar un arco de evolución para sus personajes. Ni la protagonista, ni Willow, ni Xander o Spike (James Marsters) comenzaron de la misma forma en la que terminaron y cada temporada marcó para cada uno de ellos un momento de quiebre, porque todos los personajes estaban en evolución constante. Esta serie incluso trabajó la idea de un arco madre que fuera avanzando paulatinamente mientras otras pequeñas aventuras se iban sucediendo. De esta manera, Buffy combatía en distintas temporadas contra mil demonios a lo largo de una guerra central compuesta por muchísimas batallas, hasta que generalmente, el episodio final era el último round contra el villano eje de esa temporada. Se trataba de un esquema heredado de las historietas (no hay que olvidar que con Buffy, Whedon le rindió un fiel homenaje a los X-Men de finales de los setentas) y que el autor supo cómo trasladar a la pantalla chica una estructura narrativa que hoy, para muchas series, es totalmente habitual. Pero lo más interesante de Buffy es cómo Joss dejó crecer a sus personajes, haciendo que villanos se pasaran al bando de los héroes y viceversa, y que a pesar de los demonios y personajes de fantasía, la ficción también pudiera hablar sobre las frustraciones, el dolor ante la muerte de un ser querido e incluso los desengaños amorosos, todos temas que interpelaban y procuraban despabilar a una generación de televidentes que hasta ese momento entendía que la tele era para no pensar. Y Buffy revirtió esa idea.

5. La serie que pateó la estantería

Siempre se habla de Los Soprano como la responsable de marcar un quiebre y sí, esa ficción fue de coyuntura y demostró que la tele podía mucho más de lo que esperaban tradicionalmente de ella, pero antes hubo un puñado de historias que intentaron hacer algo distinto respetando las rígidas convenciones de una televisión que no se animaba a tomar riesgos (Kolchak, Twin Peaks, Northern Exposure y X-Files fueron algunos ejemplos). Buffy nació y creció con ese objetivo en mente: el de plantar una pequeña revolución televisiva con un argumento centrado en una rubia, adolescente y cazavampiros, características que por esos años estaban injustamente vinculadas a producciones clase B o de poco vuelo creativo. Whedon exprimió la unión de esos mundos y sacó de la galera historias que siempre se encontraban con un pie puesto en los problemas que podía enfrentar cualquier adolescente y con el otro, en amenazas sobrenaturales. Pero donde triunfó el autor fue en buscar que esos mundos se conectaran, que los vampiros a los que debía matar la protagonista fueran el romance ideal, o que la hermana que siempre acompañó y ayudó a sobrellevar la muerte de una madre, no fuera más que una llave buscada por una diosa del mal. Whedon entendió siempre cómo conectar mundos que parecían incompatibles y comprendió que la adolescencia era humor e inconsciencia y la adultez drama y terror y le dio a su protagonistas desafíos que mostraran los miedos de cualquier joven que de golpe no tenía más remedio que ser alguien responsable.

A fin de cuenta de eso se trató justamente Buffy, la cazavampiros, de la infatigable lucha contra unos demonios que, de una u otra manera, representaban los miedos internos de esos protagonistas. Y Buffy, Willow y Xander fueron el fiel reflejo de una generación de televidentes que encontraron en esta serie el drama de una guerrera con el valor de luchar contra el mayor temor de todos: la pérdida de la inocencia.

De Yapa: Angel, cuando el spin off tiene razón de ser

Los spin off suelen ser proyectos más vinculados a la ambición de seguir exprimiendo un negocio, que a la búsqueda creativa por hacer algo digno y con personalidad propia. Claro que hay excepciones y Angel fue una de ellas. La serie del vampiro devenido en investigador privado funcionó a la perfección porque se separó drásticamente del tono que tenía Buffy y supo construir una historia propia y atractiva sin estar siempre dependiendo de qué sucedía en la ficción hermana. Fueron cinco temporadas de un gran nivel, que lamentablemente y como sucedió con Buffy, terminaron de forma algo apresurada y dejando en el camino muchas sagas por contar.

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