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Rojas, Belluschi, Romagnoli: nombres propios para los primeros apuntes

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 19 de marzo de 2017
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Ariel Rojas, de River
Ariel Rojas, de River.

Siempre hay que observar con la mayor agudeza posible las cuestiones que suceden en el juego. Porque aunque no sean una garantía absoluta sirven como parámetro para determinar lo que puede ocurrir en el futuro cercano.

La reflexión viene a cuento de lo que ofrecieron River y San Lorenzo en este arranque de Copa Libertadores, aun a sabiendas de que cualquier diagnóstico que se haga puede adolecer de prematuro y quedar anulado en pocos días, sobre todo en un fútbol tan variable como el nuestro. Pero es seguro que tanto Gallardo como Aguirre han tomado apuntes interesantes de lo que vieron en estos minutos iniciales de la temporada.

River pasó en tres días de jugar verdaderamente mal contra Unión a hacerlo realmente bien en Medellín. Es cierto que se apoyó en una contundencia poco habitual que le permitió resolver el partido en dos jugadas, pero también lo es que la incorporación de Ariel Rojas aportó al conjunto un criterio, un orden y una velocidad real que no había mostrado durante el verano.

Diferenciar la velocidad futbolística de la física, sobre todo en la mitad de la cancha, es crucial para el funcionamiento de un equipo. Por lo general, es un mal síntoma que los mediocampistas empiecen a correr. Para que la velocidad de juego y de circulación de la pelota sea la adecuada deben interpretarse las necesidades de cada momento y esto fue lo que consiguió River con el ingreso de Rojas.

En Colombia, el conjunto de Gallardo no tuvo la vorágine habitual de mediocampistas que toman la pelota y empiezan a conducir hacia adelante sin sentido. Ponzio corrió menos que nunca, Nacho Fernández se sintió más liberado de las obligaciones defensivas y se notaron con claridad rasgos como la mayor tenencia de pelota, un tiempo más amplio para pensar, levantar la cabeza y elaborar; y como lógica consecuencia, mayor cohesión entre las líneas.

El caso de Rojas es curioso. Tendemos a desvalorizar la liga mexicana creyendo que en ella puede jugar cualquiera y no es así. Rojas no alcanzó un gran rendimiento en Cruz Azul, pero volvió a River y parece haberse acomodado rápidamente junto a Ponzio. El fútbol también tiene estas cosas: importa adónde voy, con quién juego... La familiaridad con el lugar, el vínculo y la sincronización con compañeros que ya se conocen suelen otorgar sensaciones positivas que se trasladan del jugador al equipo.

Rubén Botta también viene de México. Pero al margen de que no es fácil reemplazar a un jugador como Blanco, carece de ese background en San Lorenzo, y le harán falta horas de partido para crear las afinidades personales que le permitan alcanzar al grado óptimo de entendimiento personal y de confianza dentro del equipo.

No es la única desventaja que afronta el conjunto de Boedo. A la sangría sufrida con la marcha de Blanco, Cauteruccio y Mas hay que añadirle el condicionante de la goleada recibida en el Maracaná. En ese sentido, la Libertadores es cruel, porque un mal arranque obliga a redoblar esfuerzos y jugar todos los partidos con el reloj en la cabeza, justo cuando más inteligencia se necesita para resolver los problemas.

El conjunto de Aguirre no tuvo punch en los metros finales, pero también ha mostrado falencias creativas. Sin duda, nadie contaba con que tanto Belluschi como Ortigoza, los que juegan y hacen jugar al resto, no arrancaran bien el año. ¿Por qué? Los jugadores tienen momentos, y a veces se les quiere buscar explicaciones a ciertas cosas que no siempre las tienen, como en este caso.

A sus tropiezos, San Lorenzo le sumó un debate inesperado: el creado en torno a Romagnoli. Gestionar el ocaso de los jugadores que conocieron la gloria en un club es un tema que merece el mayor tacto posible. Debe entenderse la endeblez anímica de un futbolista en una etapa en la que requiere de un trato psicológico especial y, sobre todo, que se le hable con la verdad para que se sienta respetado en su condición de grande.

Es verdad, el análisis es prematuro. Pero mientras la victoria de River en Medellín le brindó a Gallardo una pauta de cómo puede jugar su equipo, las derrotas en la Copa le plantearon un par de retos a Aguirre. Debe devolverles la fe en el juego a sus hombres y al mismo tiempo manejarse con la comprensión suficiente como para estar a la altura de lo que significa Romagnoli en San Lorenzo.

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