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Un método que se agotó

Joaquín Morales Solá

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LA NACION
Domingo 19 de marzo de 2017

Una forma de hacer política se está agotando. O se está agotando la paciencia de la sociedad. Es lo mismo. Un ciudad caótica, frecuentemente tomada por la intensa protesta de movimientos sociales. Ese estado de sublevación constante se mezcla con huelgas que han sucedido y sucederán. Como siempre, los argentinos nunca saben de qué estará hecho el mañana.

El caso interpela al Gobierno, a las agrupaciones sociales y a los sindicatos. Cada uno de ellos necesita (o necesitaría, quién lo sabe) de la simpatía social, pero ninguno puede hacer nada para cambiar la vieja dinámica. Razones abundan en un lado y otro, aunque ninguna justifica que se coloque a la sociedad como rehén para conseguir objetivos propios, sean legítimos o no. El Gobierno (el porteño, sobre todo) salta de un argumento a otro para explicar que no tiene solución para una ciudad que vive entre la furia y la indiferencia.

¿Se trata en todos los casos de una conspiración kirchnerista? Todo lo que pueda debilitar a Macri será bienvenido por la facción política que se fue del poder. Pero sería arbitrario señalar que todo es obra directa del kirchnerismo. Hay una mecánica que lleva casi 16 años de vigencia y que consiste en hacer visibles las protestas con los piquetes. Sus líderes aseguran que esa es la única manera de alcanzar visibilidad. Hay otro mecanismo que pertenece a los gremios; el esfuerzo más notable de éstos reside en contar los meses que pasarán antes de hacerle el primer paro general a un gobierno no peronista. La inmensa sociedad invisible es, al fin y al cabo, prisionera del caos, la parálisis o la sublevación.

El único argumento común de sindicatos y movimientos sociales es que necesitan "descomprimir la presión de las bases". Entonces, hay malestar para que haya presión. Es cierto que el Gobierno demoró, en el caso de los movimientos sociales, los pagos del último mes. Funcionarios oficiales han hecho una autocrítica y señalaron que "hubo poca atención" en la adjudicación de recursos a las agrupaciones sociales. La burocracia es, por lo general, insensible a las urgencias políticas. Otra versión indica que instancias decisivas de la administración frenaron ciertos pagos por los aprietos del Tesoro. Ningún gobierno dice nunca cómo fueron las cosas que terminan en un conflicto.

La tormenta de la protesta comenzó el martes pasado con un acampe en la Avenida 9 de Julio que duró casi todo el día y que tuvo como organizador al Polo Obrero. Fue un acto que se explica sólo por la competencia. El Polo Obrero sabía que al día siguiente habría una masiva protesta de los movimientos sociales que acordaron con el Gobierno. El Polo Obrero, de extracción trotskista, nunca quiso acercarse al Gobierno. Sólo quería llegar primero que los otros a la ocupación de la avenida con mayor circulación de la ciudad. El Polo Obrero no fue kirchnerista y también le dio varios dolores de cabeza a Cristina Kirchner.

Al día siguiente, el miércoles, sucedieron las muchas manifestaciones y cortes de los movimientos que habían acordado con el Gobierno. Tampoco hay mucho kirchnerismo ahí. Barrios de Pie nunca estuvo cerca de los Kirchner; al contrario, le hizo centenares de marchas y piquetes a sus gobiernos. En esa alianza está también la Corriente Clasista y Combativa, cuyo origen ideológico es maoísta, dirigida por uno de los más antiguos dirigentes piqueteros, Juan Carlos Alderete. La CCC tiene influencia en muchas comisiones internas de fábricas. Tampoco nunca fue kirchnerista; de hecho, de sus filas salió Toti Flores, uno de los dirigentes de su espacio más queridos por Elisa Carrió. El coordinador general de esa alianza de movimientos es Juan Grabois, un peronista de izquierda muy lejano del kirchnerismo. La referencia política de todos ellos es el partido Libres del Sur y la dirigente Victoria Donda.

El Movimiento Evita es, sí, el único entre esos movimientos que tuvo raíces profundas con el kirchnerismo. Formó parte de la coreografía de todos los actos de Cristina Kirchner y fue responsable de algunos escraches a opositores y periodistas en tiempos cristinistas. Por lo menos, fue así en el interior del país, lo hayan hecho, o no, con el conocimiento de sus líderes nacionales, Emilio Pérsico y Fernando "Chino" Navarro. Los diputados del Movimiento Evita abandonaron el bloque cristinista sólo varios meses después de que Cristina se fuera del poder.

En rigor, la "presión de las bases" se debió no sólo a los atrasos en el pago de planes, sino también a que no recibieron nada nuevo después del espectacular anuncio de un acuerdo por $ 30.000 millones hasta 2019. Sucede que la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, se propuso mejorar las prestaciones para que los recursos de ayuda social se conviertan en trabajo formal para los que tiene trabajo informal. Es una tarea monumental, porque casi el 40% de los trabajadores argentinos son informales. Muchos de ellos, no se sabe cuántos, son representados por esos movimientos sociales que acordaron con el Gobierno. Stanley cuenta para hacer ese trabajo con el apoyo del Papa y de la Iglesia argentina.

El problema es el método. El Polo Obrero es una organización del Partido Obrero y éste tiene diputados nacionales. El Movimiento Evita tiene también varios legisladores nacionales. Y hay organizaciones sociales que aceptaron dialogar y acordar con el Gobierno. La democracia no puede ser usada para cualquier cosa. Están dentro o fuera del sistema político. Están dentro o fuera de las instituciones, que incluyen el diálogo y el acuerdo. La morosidad del Gobierno, aceptada por éste, puede ser denunciada con firmeza, pero el piquete que desquicia a ciudadanos inocentes es un recurso predemocrático.

La huelga de la CGT tiene otros condimentos. "¿Hay margen para levantar el paro?", le preguntó un funcionario a los dirigentes de la central obrera. "No, no tenemos margen", le contestaron. Las conversaciones siguieron, pero nunca hubo una foto. Hubiera sido la foto del desaire. El Gobierno no se la dio. Hay algunos reclamos genuinos, que tienen que ver, en el caso de los metalúrgicos, con la crisis de Brasil. Hay dos o tres casos puntuales más. A su vez, las importaciones son menores que las de los años anteriores, pero cayó el consumo en los dos últimos años de recesión. El problema es el consumo, no las importaciones.

También hay reclamos políticos. Que se cambie la política económica. Que renuncie un ministro. Que se firme un decreto que prohíba los despidos. Esto último se parece ya a una nostalgia de Cristina y Kicillof. El paro se hará, inevitable desde que la cúpula de la CGT fue echada de un palco por la izquierda y el kirchnerismo. Atenazada por esas franjas contestarias, la central obrera encontró en la medida de fuerza el único punto de convergencia y unidad. Ésta es la verdad.

No es casual que todas esas rebeldías sucedieran después de que se supo que Macri cayó en las encuestas del mes anterior. Las más recientes mediciones de Poliarquía constataron una estabilización de ese descenso. Es decir, el Presidente no recuperó simpatías, pero tampoco siguió cayendo. Un 44% de la población nacional está dispuesta a votar candidatos del Gobierno; un 45% votaría a candidatos opositores. La moneda está en el aire. La figura política más popular de la Argentina es María Eugenia Vidal. Hay un dato nuevo en la medición de Poliarquía: Elisa Carrió es la segunda figura más popular del país. Todo el universo oficial tropieza con mayoritarias oposiciones en el conurbano bonaerense. ¿Extraño? No. Ahí es el único lugar del país donde Cristina Kirchner le gana en popularidad a cualquier otro. Ahí está también la mayoría de los pobres. La política debe encontrar una solución por elementales razones humanitarias, pero también porque el populismo necesita de los pobres para su improbable regreso.

Joaquín Morales Solá en Análisis PM

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