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Todos reprobados y a marzo

Domingo 19 de marzo de 2017
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Los ex presidentes, en el mundo desarrollado, suelen ser personas prudentes que cuando abren la boca -lo hacen rara vez porque su momento ya fue y es la manera de respetar la investidura de quienes lo sucedieron- es para aportar juicios de valor desde un lugar de estadista.

Días atrás, Cristina Kirchner tuiteó un dibujito animado contra el presidente Mauricio Macri y también denunció que la policía visitó escuelas bonaerenses, aun cuando ella misma haya mandado a reprimir con la Gendarmería a maestros en Santa Cruz cuando estaba en la cima del poder. La precursora de la ahora muy de moda posverdad -llegó a aseverar por cadena nacional que teníamos menos pobres que Alemania- no se hace cargo de sus propias contradicciones. Nada nuevo.

No cabe esperar otra cosa de quien -algo inédito en la historia institucional argentina- se negó a entregarle los atributos del mando a su sucesor en la presidencia de la Nación. Podrían considerarse tales actitudes como de una adolescente tardía si no mal disimulara dos razones muchísimo más graves: su firme resistencia a la voluntad popular expresada en las urnas y su complicadísimo frente judicial por causas de corrupción.

En un empecinado error de cálculo, que lentamente se empieza a revertir, el gobierno de Cambiemos, para contrastar con el anterior, decidió ser más bien prescindente y escueto en el plano comunicacional. El argumento para proceder de esa manera sonaba razonable: después de doce años y medio de extenuante relato gubernamental, lo mejor era dejar espacio libre para recrear una "conversación" más horizontal y democrática de la sociedad y de sus distintas dirigencias, en contraposición a la voz única de la estridente caudilla del cristikirchnerismo. Como eso no se articuló -salvo un poco en las redes sociales- quedó cierta sensación de vacío y de espacio vacante que, de a poco, fue de vuelta ocupado por esas voces del pasado reciente, con un modesto impacto mientras duró la luna de miel y las expectativas esperanzadas con el nuevo gobierno, pero que adquiere mayor fuerza, en la medida en que las buenas noticias para el bolsillo del ciudadano medio tardan en llegar y se acercan las cruciales elecciones de medio término.

En los últimos tiempos, el Gobierno empezó a rever, al menos superficialmente, sus anodinas maneras de comunicar, al volverse algo más enfático: se intensificaron los off de altos funcionarios con periodistas; el Presidente, en su mensaje ante la Asamblea Legislativa el 1° de marzo, se mostró más vehemente, y Marcos Peña sumó tibios esfuerzos: salió, con mayor contundencia, a responderle a Cristina Kirchner (también lo hizo el ministro Jorge Triaca) y emitió la "Carta de Jefatura de Gabinete" (una pieza de periodicidad indefinida y de gélido impacto, en la que el funcionario hace optimistas proyecciones macroeconómicas).

Más audaz parece la operación que no pocos ya vienen denominando "La bella y la bestia" o, mejor dicho, "La bella vs. la bestia", el diálogo confrontativo, estético y de modales, entre la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal -la mejor carta actual y a futuro del oficialismo, ahora jugando una fuerte y original combinación entre femineidad y firmeza- y Roberto Baradel, el más combativo y áspero gremialista docente de esa provincia, de muy contundente presencia.

Con buenos argumentos de un lado y del otro, la pulseada tendría sentido si produjera una solución estable y sanadora en un tiempo prudencial. Baradel puede funcionar un rato como el cuco intransigente que impide a nuestros hijos ir a clase, y podrá escandalizarnos su foto posando gustoso junto a Boudou y D'Elía, pero lo que la ciudadanía finalmente demanda es que las autoridades sepan encontrar las soluciones que restablezcan pronto el orden perdido.

Una convocatoria a Olivos del Presidente a todos los gobernadores y representantes de los gremios docentes, transmitida en directo por TV, para cumplir con el requisito de la convocatoria a paritaria nacional del sector, poniendo sobre la mesa todas las limitaciones del caso, habría ahorrado muchos de los desgastes posteriores que todavía transitamos.

El llamado "club del helicóptero" -los que quieren ver a Macri fuera del poder antes de 2019- se quedó con las ganas el año pasado cuando no encontró eco en el humor popular para llevar adelante sus objetivos. Pero en este 2017 algunos planetas se les vienen alineando (consumo deprimido que no levanta, ruidosos casos de cruce de intereses públicos y privados que rozan al Presidente, y una mayor conflictividad social) para insistir y acelerar las acciones que logren ese fin.

En ese contexto, el final abierto con los docentes expone por demás a Vidal y somete a la sociedad a un cansancio similar al que en su momento produjo, con matices bien diferentes, el conflicto con el campo. Megaprotestas de este tipo suelen encolumnar a los dispersos disconformes por distintas razones detrás de una única causa para hacer más fuerza. Ahondan, también, una grieta entre los que están de un lado y los que están del otro. Pero no hay problema que finalmente no termine destrabándose, aunque cuanto más tarde sea habrá más costos para ambas partes. En esa ocasión el fin del conflicto fue el voto "no positivo" de Julio Cobos. Y nadie ganó entonces: perdimos todos.

psirven@lanacion.com.ar

psirven@lanacion.com.ar Twitter: @psirven

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