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Nómades: historias detrás del regreso después del recital del Indio Solari

La odisea de seis asistentes al show que, incomunicados y sin dinero, recorrieron cientos de kilometros para volver a casa

Domingo 19 de marzo de 2017
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LA NACION
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Como en una novela kafkiana, muchos de las 300.000 personas que el 11 pasado asistieron al trágico recital de Carlos "Indio" Solari en Olavarría conocieron la dureza de una orfandad autoinfligida o impuesta.

Fue el caso de una pareja de adolescentes que no dudó en recorrer 2000 kilómetros a dedo para vivenciar un show que prometía ser de antología. El de un colectivero cordobés que fue "devorado" por una oleada de pogos que lo dejó casi desnudo y le impidieron regresar. El de dos amigas rosarinas que corrieron en la madrugada para encontrarse con la misma suerte, mientras las líneas de sus celulares quedaron colapsadas durante dos días. O el de un albañil bonaerense que entendió que en la cultura del aguante el viaje de ida es parte de la mística y la trashumancia, uno de los códigos del ritual ricotero. Sólo que en esa experiencia pocos previeron un regreso sin gloria y con final incierto.

En la ruta

Una semana antes del recital, Rocío Seijas (16) y su novio Joaquín Luengo (19), decidieron unir a dedo los 1000 km que separan Centenario, en Neuquén, de Olavarría, con apenas $ 1500 para un peregrinaje que duró 11 días. Nunca habían asistido a una "misa" del Indio ni siquiera habían salido de Neuquén.

Al llegar a Olavarría ya no tenían dinero. Durmieron en un camping y, como hacían otros jóvenes, pidieron comida y gaseosas en los asados municipales.

Ya dentro del predio del recital, la primera sensación de Rocío fue de asco: "La gente estaba muy dada vuelta.A los costados había hombres desnudos, chicas orinando delante de familias con bebes, gente teniendo sexo entre los yuyos y vendedores con bolsas transparentes que gritaban: «vendo merca, faso, pepa»". Ubicados en el fondo, sonó el primer tema y un hombre abordó a Joaquín con un revólver: "No te asustes. Sólo quiero saber dónde puedo guardarlo". Ya con la segunda canción se armó un gran pogo y Rocío entró en pánico. Cortaron por lo sano, regresaron al camping y escucharon el recital desde allí.

Temprano, al día siguiente, notaron el robo de una mochila y emprendieron el regreso. Los caminos estaban desbordados de gente haciendo dedo. Nadie los levantaba. Caminaron 40 km por la ruta hasta que oscureció. Acamparon bajo la lluvia, cuando un hombre, "Beto" Ayala, se apiadó y los levantó. Los llevó hasta Viedma, los invitó a dormir en su casa y al día siguiente los alcanzó hasta la comisaría. "Le explicamos a la Policía cuál era nuestra situación, pedimos un teléfono y nos dijeron: se largaron solos, arréglenselas", cuenta Joaquín.

En la terminal de Viedma nadie les facilitaba un teléfono. Durmieron allí esa noche. Ayala regresó a buscarlos y se ocupó de que en la dependencia de Desarrollo Social les dieran los pasajes de regreso. Sin embargo, no le permitieron abordar el colectivo a Rocío porque sólo tenía una fotocopia del DNI. Alguien avisó por las redes sociales que habían sido vistos en la terminal.

La madre de Rocío, que ya había radicado la denuncia, le pidió a la policía que los buscaran. "Señora, mandaron varios patrulleros, pero allí no están", le dijeron en la dependencia neuquina.

Unos paseantes, Brian y Enzo Gallardo, se acercaron a la pareja, escucharon su relato, los guarecieron en su casa y les prestaron un teléfono. Hasta Viedma en auto viajaron el jueves pasado la madre, la tía y la abuela de Joaquín para llevarlos de regreso hasta Centenario.

La fuerza del pogo

Apenas ingresó en el predio, lo arrastró el primer pogo y comenzó a perder el celular, la billetera, los documentos, el buzo y las zapatillas. Esa fuerza centrípeta dejó al cordobés Daniel Almada (26) descalzo y en calzoncillos. Cuando el show terminó, se dio cuenta de que se había separado de sus amigos. Algo perdido y desorientado, y como pudo intentó llegar a la estación en busca del ómnibus que lo llevaría a su casa. Pero nunca pudo dar con el colectivo.

Entre el tumulto y la incertidumbre por quedar varado, optó por subirse a una camioneta que iba hacia Buenos Aires. "Me sumé a un grupo que iba para San Miguel, y entre todos juntaron plata para que pudiera pagar un pasaje a Córdoba. Me dejaron en la estación de Campana, pero cuando quise comprar el boleto allí no pude. Sin DNI no me vendían nada", cuenta.

El domingo pasado por la mañana Daniel empezó su peregrinación. De Campana a Córdoba, casi 700 kilómetros en los que alternó la caminata con el aventón ocasional. Con la plata que le habían dado para comprar el pasaje pudo subsistir. Compró comida, agua e Ibuprofeno. No podía caminar de la hinchazón y las ampollas en ambos pies. "«¿Para qué vine? ». Me hacía esa pregunta todo el tiempo. Estaba desfigurado del cansancio y no podía controlar la angustia", señala.

Era miércoles por la mañana y un motociclista lo dejó en un pueblo. Antes de despedirse, el hombre pronunció las palabras mágicas: "¿Querés llamar a alguien?". El único teléfono que recordaba de memoria era el de su padre. "Hijo, te estamos esperando en la terminal de Córdoba. ¿Dónde estás?", cuenta que le dijeron. Daniel nunca fue tan feliz. "Me ahorré de caminar otros 300 kilómetros más", dice.

El amigo salvador

Natalia Escobar vivió cuatro días de nomadismo puro. El viernes, al mediodía, comenzó la travesía en la terminal de Rosario con su amiga Bianca, de 24 años. Partieron juntas hacia la Capital, donde pasaron la noche en lo de un amigo, para salir al otro día por la mañana.

El sábado partieron hacia Olavarría a las 11 y, tras 10 horas en la ruta, decidieron bajarse del ómnibus -con destino a la terminal-a unas 40 cuadras del predio, ante la demora por accidentes en la ruta y la ansiedad de llegar con el show ya iniciado.

Cuando el último acorde se apagó, los retrasos en el recital, producto de las avalanchas y el embotellamiento de la salida del público, las chicas temieron no llegaran a tiempo a tomar el colectivo. Caminaron a toda prisa las 20 cuadras que separan el predio de la estación de ómnibus. Debían llegar a la 1.45, pero el reloj ya marcaba las dos. Corrieron, pero el colectivo había partido.

Desmoralizadas, una vecina les ofreció un colchón, frazadas y la posibilidad de pasar la noche en un lugar seguro. Al día siguiente, partieron temprano hacia la estación, pero se enteraron de que los colectivos ya no salían desde allí: alguien había prendido fuego la boletería.

Cuando los disturbios se dispararon, se refugiaron en un portón contiguo a la terminal y luego se fueron a almorzar al centro de Olavarría. En una ventana de conexión para la línea de celulares que había colapsado lograron llamar al amigo que las había alojado en la Capital y le rogaron que las rescatara. Acordaron un punto de encuentro y cuando quisieron comunicarse con sus familias vieron que los mensajes de WhatsApp no salían. Estaban incomunicadas. Las chicas pasaron todo el domingo sentadas en un restaurant hasta que su amigo porteño las rescató con su auto a las 21. Demoraron cinco horas para llegar a la Capital, donde pudieron bañarse y descansar. Recién al día siguiente, por la tarde, emprendieron el regreso a Rosario.

Una aventura

Los amigos le pagaron el boleto de ida. Dos ómnibus. El primero lo llevó de Mar de Ajó a Mar del Plata y el segundo al destino final, en Olavarría. Pero Eduardo Gómez (20) no tenía pasaje de regreso. Tampoco llevaba plata, y como les sucedió a muchos de los chicos que fueron al recital, entre pogo y pogo también perdió su celular.

Tanto él como su familia ya sabían de antemano que su camino de vuelta a Mar de Ajó sería a dedo. Por eso, dice, nunca pensó que su tía, con la que vive desde hace un año, se preocuparía tanto con el paso de los días. Sin un solo centavo encima y a dedo, concluyó Eduardo, era lógico que demoraría en llegar a su casa. Pero su foto comenzó a circular rápidamente por las redes sociales, y recién hasta el miércoles pasado -después de que su tía lo abrazara y rompiera en llanto al reencontrarse con su sobrino- fue dado de baja de la lista de extraviados.

"El plan era volver todos juntos y a dedo, pero me perdí del grupo y entonces con otro chico de Mar del Plata y uno de Neuquén salimos a caminar por la ruta", cuenta Eduardo, que trabaja como albañil en un country de Mar de Ajó. Como era de noche y hacía frío, prendieron un fuego para calentarse y dormir un rato en una estación de servicio abandonada, que les sirvió como refugio para esa primera noche.

A la mañana siguiente, encararon la caminata con destino a Tandil, y cuando pensaban que ya nadie iba a detenerse, "apareció una camioneta que iba levantando gente por el camino y que por suerte nos tiró en Tandil", dice Eduardo. Ya de noche otra vez, la terminal de ómnibus ofició de refugio. Todavía quedaba la meta de llegar a Mar del Plata.

"Pedíamos agua nomás, y con 20 pesos que me encontré en la calle me compré un paquete de galletitas", desliza. Eso fue todo lo que comió durante esos tres largos días de odisea. A Eduardo en ningún momento lo invadió el miedo.

"Sabía que de alguna manera iba a llegar. Ya soy grande y puedo arreglarme solo", indica.

Los que estuvieron extraviados

Sus familiares habían radicado denuncias al no poder comunicarse con ellos

Daniel Almada, 26 años
Daniel Almada, 26 años.
Rocio Seijas, 16 años
Rocio Seijas, 16 años.
Joaquín Luengo, 19 años
Joaquín Luengo, 19 años.

Con la colaboración de Catalina Greloni Pierri

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