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Las máquinas vienen por nosotros

LA NACION
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Franco Varise
Lunes 20 de marzo de 2017
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Algunos respirarán aliviados: el fin del trabajo está muy cerca. ¡Si hasta la profesión más antigua del mundo tiene los días contados! Los avances en robótica e inteligencia artificial supuestamente suplantarán muy pronto a los hombres en casi todas las áreas. Con la apertura en Barcelona del primer prostíbulo de sex doll (una evolución de la muñeca inflable), la cuestión parecería haber llegado muy lejos. Pero no: también los camioneros y los taxistas; los contadores y los bancarios (moneda virtual y blockchain) terminarían expulsados del cada vez más resbaloso mercado global.

El gobierno de Suiza, por ejemplo, difundió un proyecto para robotizar el 50% de su economía. ¿Es un anticipo del futuro inexorable? Todos los días aparecen noticias donde se anuncia que alguna ocupación será reemplazada por robots o algoritmos, que vendrían a ser más o menos lo mismo. Si bien la tecnología robótica existe desde hace mucho años (¿habrá robots jubilados en las automotrices japonesas, por ejemplo?), lo cierto es que muchos nos creíamos indemnes. Error. Los periodistas -la segunda profesión más antigua del mundo- también desaparecerán (casi puedo observar la media sonrisa maliciosa de algunos mientras leen esto). La información estructurada podrá desarrollarse a través de máquinas y sin faltas de ortografía, cabe añadir. El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba) acaba de inaugurar un "chat bot" para darle una voz a la obra Bio Cosmos, de Emilio Renart, para facilitar la interacción con los visitantes del museo. ¡Cómo va a competir el flemático guía con la voz del mismísimo cuadro! Imposible.

Sin embargo, aquellas labores que tengan que ver con los sentimientos, las sensaciones y los planos más subjetivos (moral, ética, política) podrían sobrevivir. Es decir: un cirujano ya no sería necesario para realizar una operación exitosa, pero sí el psicólogo que atendiera sus neurosis por no trabajar más. Las humanidades, o sea, las ciencias históricamente denostadas por los intelectuales de las disciplinas duras, tendrían más futuro que las matemáticas. Sucede que la inteligencia artificial con la que son dotados los robots aún no logró traspasar esa capa profunda del cerebro hasta llegar al alma, que, según las creencias de cada uno, definiría al ser humano. En síntesis: el psicólogo, el predicador y el político están salvados.

La industria del sexo o del porno es una de las que más ímpetu le ha puesto a estos desarrollos de nanotecnología. En la intuición de los maestros de ese sector aparece la imagen de un ser humano manteniendo relaciones sexuales más gratificantes (y a libre demanda) con estos robots femeninos y masculinos. A niveles económicos sería explosivo y en el plano social, un cambio radical de los vínculos tal como los conocemos hoy. La supuesta infalibilidad de las máquinas sería una de las virtudes para alentar la robotización, pero hay casos en los que no salió tan bien. Tras la crisis de las hipotecas subprime, por ejemplo, se dijo que los humanos que desarrollaron los algoritmos con las perspectivas crediticias futuras fueron muy optimistas respecto de la capacidad real de pago de los clientes. Y todos sabemos cómo terminó el asuntito.

El ítem menos claro de toda esta evolución robótica es el lugar que ocuparán los seres humanos en el planeta. Jobs are for machines, life is for people. Basic incomes! (El trabajo es para las máquinas, la vida para las personas. Ingresos básicos) es una frase de moda entre quienes observan con particular euforia el futuro de la humanidad sin tener que trabajar. Pero no queda aún claro de dónde saldrán los ingresos para mantener a una población mundial que ya no percibirá ingresos por su trabajo. En Japón, donde el debate tiene un par de décadas más, en algún momento se planteó el proyecto de que los robots pagaran cargas sociales. O sea, avanzar hacia una sociedad mundial mantenida por las máquinas. Bueno, desde esa perspectiva no suena nada mal, ¿no?

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