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Era el momento para despegar, pero Boca se quedó atornillado al piso y vacío de respuestas

El equipo de Guillermo Barros Schelotto dejó pasar una inmejorable ocasión para sacar más ventaja en la punta del torneo

LA NACION
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Claudio Mauri
Lunes 20 de marzo de 2017
Boca se retira derrotado de la Bombonera
Boca se retira derrotado de la Bombonera. Foto: LA NACION / Mauro Alfieri
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Era el momento para cortarse arriba, para ver a lo lejos a los perseguidores por el espejo retrovisor, pero Boca decidió darle suspenso al campeonato, poner en duda su confiabilidad como puntero. Se desdibujó como si fuera uno más entre los 30 equipos, en vez de establecerse como un firme pretendiente al título, aplicado a un único objetivo, sin las distracciones ni el desgaste de una copa continental. Los de abajo aflojan y Boca se queda. Así de enredado e imprevisible va todo.

Boca volvía a la Bombonera después de 91 días, de aquel llanto de Tevez a modo de despedida en la goleada a Colón. Quizá sería muy duro afirmar que anoche las lágrimas fueron por lo que mostró el equipo, pero el disgusto y el malestar de un estadio repleto estuvieron más que justificados. Llegaron para una fiesta y se fueron desencantados.

El campeonato llega a su línea del Ecuador, queda atrás la primera mitad y es momento de algunas lecturas. Y Boca transmite una imagen inestable, la de un conjunto más dependiente de las individualidades que de un funcionamiento. Si se trata de nombres, la preocupación salta sola al no estar más Tevez en la nómina. El Apache, junto con Gago, fue en gran parte responsable del sprint de cuatro triunfos antes del receso. El desafío es mantener la competitividad, demostrar que hay recursos y resto para no quedarse en la Tevezdependencia.

Había asomado Centurión para cubrir esa cuota de desequilibrio de mitad hacia adelante, pero una lesión marginó ayer al ex Racing. La alternativa fue Junior Benítez, que si no fuera porque se encontró con la peinada de Benedetto para empujar la pelota al gol en el primer tiempo, nadie hubiera dicho que estuvo en la cancha. Fuera de ese aporte, su intrascendencia fue total. El fútbol actual es demasiado demandante y exigente como para camuflarse en un único acierto.

Boca desperdició la oportunidad de mejorar su presente y Talleres dio un golpe histórico. Hacía más de 30 años que no ganaba en la Bombonera, desde abril de 1986, cuando se impuso 4 a 2. Este equipo cordobés es laborioso y para nada asustadizo. Por algo cuenta con la valla menos vencida del certamen: ocho goles en 15 partidos, en siete de los cuales la mantuvo imbatida. Lo consigue porque trabaja de manera homogénea, con las líneas bien coordinadas, no regala espacios y tiene un arquero, Guido Herrera, que ayer apareció con algunas atajadas importantes.

Talleres aprovechó todo para revertir un 0-1 que presagiaba una noche positiva para Boca. Quedó dicho lo de su fortaleza grupal y lo de su arquero. Cuando eso no alcanzó, un poste lo salvó de una definición de Bou y el árbitro Penel, que debutaba en la Bombonera, no se dejó impresionar por el ambiente para sancionar con penal una mano de Komar muy despegada del cuerpo. Tuvo algo más Talleres: a Guiñazú, que juega con la sabiduría de sus 38 años y corre como si tuviera varios menos. No termina ahí el listado de virtudes cordobesas. Reynoso, un volante de 21 años, tiene una zurda muy habilidosa y lee bien las jugadas con la cabeza levantada.

Boca tiene un costado benefactor, condescendiente. Una tendencia a complicarse solo cuando está en condiciones de pasarla más tranquilo, sin sobresaltos. Le ofrece oportunidades al rival, por lo general, en forma de descompensaciones defensivas. Intercala lapsos en los que parece que va a abrumar al adversario con otros en los que de manera inesperada rifa lo que construyó un rato antes.

Pudo irse al descanso del primer tiempo saboreando un triunfo al que había llegado por sus méritos, pero se fue meneando la cabeza, sin poder creer que de un saque de arco a favor la pelota haya vuelto en una ráfaga de tres toques de Talleres que derivaron en el empate de Ramis. Fue una secuencia de errores: el pelotazo a dividir del arquero Rossi, floja recepción en la línea central y el pasillo que dejaron los zagueros centrales para que el delantero cordobés definiera de frente.

Cuando Boca juega mal, pasajes que a veces son más extensos de lo que debería permitirse un puntero, sufre y, en más de una ocasión, lo paga. Es un equipo con más buenas intenciones que oficio, sin la madurez suficiente. Progresivamente lo fueron atrapando los nervios y las imprecisiones. En el primer tiempo había atacado con buenas asociaciones y las proyecciones de Peruzzi. En el segundo, empujó, se atropelló. Gago pedía la pelota para poner orden y coherencia, pero una vez que salía de sus pies la jugada ya no tenía continuidad. Pavón nunca se metió en el partido y Benedetto debió salir demasiado del área para que le llegara el balón.

Talleres pasó por algunos apuros, pero nunca perdió los papeles. Como si supiera que enfrente había un rival que hace concesiones, que con algún despiste tira todo por la borda. Lo cometió Peruzzi, que cubrió mal una pelota y abrió la caja de Pandora: se la llevó Araujo, remató Ramis, rebote y el disparo certero de Reynoso.

Boca se pegaba un tiro en el pie y tampoco tenía cabeza para la reacción. ¿Corazón? Tampoco le sobraba. Después, Guillermo Barros Schelotto habló de que la derrota se debió a que "se tomaron malas decisiones" puntuales. Para tomar decisiones también está el director técnico. Su intervención se antoja indispensable para hacer las correcciones y ajustes que necesita este Boca, si quiere ser campeón.

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