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El placer de no dejar nunca de estudiar

LA NACION
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Daniel Gigena
Martes 21 de marzo de 2017 • 23:01
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Estudié en la época en que se favorecía el trabajo en equipo. No lo sabía entonces, pero ese recurso de la "Escuela Nueva" se había creado en el siglo XX, en el periodo de entreguerras y en la Argentina tuvo sus experiencias afortunadas. Sin que lo advirtiéramos de manera consciente (hice la secundaria durante la dictadura militar), aprendíamos una experiencia democrática.

Con mis compañeros de secundaria nos reuníamos en grupos de cuatro o cinco para preparar informes de historia europea o latinoamericana, trabajos prácticos sobre la Belle Époque o la poesía de Oliverio Girondo y presentaciones que, en los años ochenta, incluían carteleras, publicaciones y ejercicios que nuestra audiencia (el resto de la clase) debía completar. La participación estaba bien vista. Los docentes recomendaban lecturas, archivos o bibliotecas para visitar, entrevistas a otros profesores, a parientes, a trabajadores del barrio. Antes de la navegación en Internet, se podría decir que estudiar se parecía a una experiencia cartográfica. Se estudiaba a pie; era una suerte de excursión hecha en compañía.

"Soy egresado universitario de Historia y de Geografía -cuenta Gustavo Porzio-. Cursé estudios en ciencias biológicas, ciencias de la educación, filosofía y sociología. Aprobé buena parte de algunas de esas carreras. Tras mi jubilación, seguramente las completaré todas o realizaré uno o más posgrados." Porzio es un defensor ferviente del estudio por el estudio mismo y de la educación pública. "A mediados de mi vida, puedo afirmar con convicción que estudiar, aprender, conocer, descubrir son acciones que me mantienen vivo. Para mí, la base de una existencia completa es el conocimiento. Un tema lleva a otro. Las ciencias se interrelacionan. Las preguntas amplias, esas que no se ciñen a saberes delimitados, son las que más me fascinan."

En marzo, los deseos de estudiar reaparecen. Un taller de literatura o de cine, de filosofía o de apreciación del arte me tientan. Para otros, serán estudios técnicos, científicos, un nuevo oficio por aprender, una práctica que perfeccione el gusto por la comprensión. "No contemplo la vejez como quietud ni decadencia -agrega Porzio-. Será un período de menos obligaciones, más tiempo libre, menos corridas; pero, con un nuevo ímpetu en el afán de saber. Vivir, en mi caso, es pretender conocer, es aprender, y aparte de aprender de la vida; estudiar. Permanente e infatigablemente."

Estudiábamos durante la tarde y aprovechábamos para merendar juntos mientras leíamos, hablábamos y volvíamos a leer en voz alta. Cada uno aportaba algo: el termo para el mate o con café, las galletitas, libros o revistas que no tuvieran nada que ver con la materia en cuestión para distraernos. Casi siempre sonaba una radio de fondo y las horas pasaban hasta que se hacía de noche.

"Prefiero estudiar en mi casa, con luz tenue y en silencio, o en cualquier biblioteca, aunque he pasado momentos maravillosos con compañeros de estudio del colegio secundario o la universidad", recuerda Elena Anníbali, egresada de la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. ¿Qué pasa cuando se termina la etapa de aprendizaje guiado en las instituciones educativas? "Comienza el riesgo y la emoción de la vida autodidacta", aventura.

"Estudiar fue una actividad que me ancló en la realidad a través de una realidad alternativa; siempre se pareció a escribir -dice Anníbali, poeta además de docente-. Hay, en el aplicarse al estudio, en el intentar leer detenidamente, en el profundizar un pensamiento para comprender un concepto poderoso o intrincado, una suspensión del tiempo. El tiempo no corre o corre demasiado rápido." Al esfuerzo que todo estudio implica le sigue, según la autora de La casa de la niebla, "la felicidad, el goce, de haber establecido una conexión por vía espiritual con bloques de sentido que provienen de otro tiempo, con otros sujetos que pensaron el mundo, la vida, las cosas". Reconforta saber que, antes de nosotros, otros también estudiaron y, después, muchos otros seguirán haciéndolo. ¿No se asemeja esa costumbre, tan antigua y al mismo tiempo viva, a una forma de la cooperación? Estudiamos siempre, aunque estemos solos en una habitación con luz tenue, junto con los otros.

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