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Rozó la muerte tres veces pero hoy cuenta su historia

Jueves 23 de marzo de 2017 • 17:02
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PARA LA NACION
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Patricio siempre fue diferente. De carácter fuerte, espíritu luchador y atracción por los desafíos, a los tres años jugaba al tenis y llamaba la atención -lógicamente, era el más chico de tres hermanos y necesitaba hacerlo- de quienes pasaban cerca. A los ocho, típico de las mentes y cuerpos inquietos, no quiso jugar más tenis y decidió, con el apoyo de sus padres, dedicarle tiempo y espacio al fútbol. Patricio vivía junto a sus padres en Brasil, donde la familia se había mudado a fines de 1977 escapando a la dictadura. Llegó a jugar en las inferiores del San Pablo Fútbol Club, uno de los principales equipos de esa ciudad.

A la izquierda, Patricio antes del aneurisma que cambió su vida para siempre junto a su hermano Lisandro y su papá
A la izquierda, Patricio antes del aneurisma que cambió su vida para siempre junto a su hermano Lisandro y su papá.

En 2002 fue a Estados Unidos para hacer un intercambio y le ofrecieron una beca de estudios en la Universidad de Carolina del Sur para que jugara fútbol. Pero Patricio prefirió volver a Brasil. Se recibió de Administrador de Empresas a los 22 años. Entró a trabajar en un banco y completó sin demasiado esfuerzo un posgrado en la Fundación Getulio Vargas. A los 25 tenía una vida bien estructurada: buen empleo, buen salario, auto y departamento. Pero Patricio necesitaba algo más. Quería hacer un Master en Economía en una de las mejores universidades del mundo. Se preparó, estudió e hizo la prueba que lo habilita para poder postularse. La puntuación que obtuvo le permitía enviar su pedido a ocho casas de estudio, fue elegido por cuatro y escogió la Universidad de Nueva York. En definitiva se trataba de Nueva York, como negarse. Pero la gran manzana tenía otros planes para él.

Cambio de planes

"Hoy no sé decir si el 22 de febrero es un día para olvidar o para recordar. Ese día recibí la peor noticia que un padre puede esperar: mi hijo Patricio de 29 años, que estaba viviendo en Nueva York, había tenido un aneurisma cerebral. Camino al hospital había sufrido tres paros cardíacos y, a fuerza de la reanimación que le habían hecho los paramédicos, estaba vivo pero en estado gravísimo y no se esperaba que sobreviviera más de 24 horas", relata entre lágrimas Pablo López (63), su papá. "Todo me parecía surrealista. ¿Todo esto le pasaba a Patricio? ¿Mi Patricio que era pura vida, deportista, jugador de fútbol, que corría cuatro o cinco veces por semana, inclusive en las calles con nieve en la fría Nueva York, que hacía box, que no fumaba, no bebía y llevaba una vida súper saludable? ¿Cómo podía ser que Patricio, con quien yo había estado hablando dos días antes sobre las perspectivas de trabajo que tenía en los Estados Unidos, simplemente veía apagar su vida en un hospital en otro país?", recuerda con tristeza Pablo.

Cuarenta días en coma, incontables operaciones en la cabeza para contener el sangrado por el aneurisma, una intervención de pulmón, dos drenajes, traqueotomía, válvula en la cabeza, sonda para alimentar, los ojos que no se cerraban y se secaban y que había que sostenerlos con cinta adhesiva, palpitaciones a 135/140 en estado de coma, falta de oxigenación. Cada día era una nueva y mala noticia. Finalmente, en abril Patricio fue operado por última vez para colocarle stents en los tres aneurismas y su cuerpo empezó a transitar un nuevo camino.

"Hoy podemos decir que Patricio ha tenido una muy buena recuperación, considerando la gravedad de su caso. Un año después mueve bastante bien sus brazos y manos, mejor la derecha que la izquierda, ha aumentado de peso y se alimenta prácticamente solo. De a poco empieza a aparecer la musculatura en su cuerpo, por causa de las terapias y acondicionamiento físico que realiza a diario. Las piernas, aunque responden a todos los estímulos, todavía no consiguen mantenerlo en pie y, obvio, caminar", relata su papá. Patricio hoy vive en casa de sus padres y cumple con una estricta e intensa rutina de terapias en centros de rehabilitación, todos públicos, pues Patricio no tenía un seguro médico en Brasil -luego de interminables trámites y solicitudes, en julio del año pasado sus padres lograron obtener una cobertura para su hijo pero todavía no la pueden usar porque tiene 18 meses de carencia. "Por el momento Pachi (como lo llaman) está en silla de ruedas, pero todo indica que tiene movimientos en los pies, precisa reaprender y, desde luego, tener fuerza para conseguir mover sus músculos. Habla bastante bien, se le entiende y mantiene el inglés, el portugués y español de forma fluida. Eso sí, lo que nunca perdió es el sentido del humor", cuenta su papá.

Patricio todavía se traslada en silla de ruedas pero nunca deja pasar la oportunidad para hacer un chiste y reírse. A la derecha en una de sus sesiones de rehabilitación
Patricio todavía se traslada en silla de ruedas pero nunca deja pasar la oportunidad para hacer un chiste y reírse. A la derecha en una de sus sesiones de rehabilitación.

A Patricio todavía le cuesta recordar los hechos más recientes, tiene que hacer un esfuerzo muy grande, aunque sí lo consigue con los sucesos más antiguos. Todavía no entiende bien qué fue lo que le sucedió aquel febrero de 2016 cuando se despertó con un fuerte y punzante dolor de cabeza. "Sabemos que falta mucho, pero cuando miramos para atrás y vemos de donde partimos y a dónde llegamos, levantamos las manos al cielo y agradecemos a Dios, sabemos que él está al lado nuestro y que tiene reservado algo muy grande y lindo para Pachi. Un amigo me reconoce que lo difícil no es ver el camino que hay por delante, si no el recorrerlo. Hay días que las fuerzas faltan, que la fe se va y hay otros días que todo vuelve. Lo que he aprendido entre el 22 de febrero de 2016 y el 22 de febrero de 2017, no lo había aprendido en mis otros 63 años de vida. Al final descubro que lo que importa en la vida son los momentos con la familia y con los amigos, una charla después de cenar, recordar momentos vividos, solo nosotros, no es necesario mucho más", reflexiona Pablo.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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