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Pablo Alabarces: "La mal llamada cultura del aguante es una moralidad, un modo de ordenar el mundo entre lo bueno y lo malo"

Viernes 24 de marzo de 2017
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PARA LA NACION
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El primer tsunami fue en Olavarría: un colapso organizativo que terminó con dos espectadores muertos, decenas de heridos, dos imputados, cientos de personas varadas y la sensación de que un sistema de producción -con responsables públicos y privados- había colapsado. El segundo tsunami fue en los medios. Una masa de informaciones contradictorias, posteos, paneles y análisis exprés que alcanzó su punto de saturación en tiempo récord.

Entre los aportes más leídos y comentados de esas primeras horas está el ensayo escrito en caliente que publicó Pablo Alabarces en la revista digital Anfibia, titulado "La sanata condenatoria" (que rozó las 700.000 entradas). Alabarces viene investigando los fenómenos populares desde fines de los años 80 y se ha especializado en los vínculos estéticos entre el fútbol y el rock, un proceso que se hizo particularmente visible en los 90 y que estableció los códigos de relación entre los artistas más convocantes y sus seguidores.

Foto: Rodrigo Néspolo

-¿Cómo analizás la vigencia del rock que encarna -y lidera- el Indio Solari?

Eso que en algún momento llamamos la ética aguantadora llegó a una especie de punto máximo y al mismo tiempo de derrumbe con Callejeros. Aquellos que aspiraban a suceder a los Redondos quedaron barridos por el efecto Cromagnon. Unos meses después, en 2005, el Indio reaparece en vivo como solista, con una búsqueda de pura continuidad respecto de los Redondos, y vuelve a ocupar con mucha solvencia esa identidad socioestética del rock contestatario, antisistema.

-Concretamente, ¿qué valores estarían incluidos en esa identidad?

-Es un espacio lleno de vaguedades. No quiero citar a Laclau, pero hay algo ahí del significante flotante: el sistema es lo malo, el antisistema es lo bueno. ¿Qué significa sistema? No sé ni me importa. Pero uno tiene que estar del lado del antisistema. Si el rock tradicionalmente buscaba ese lugar, en el caso argentino eso está en franca decadencia desde los 90. Salvo por el Indio: esa posición aparece fuertemente encarnada en él. José Garriga Zucal tiene un trabajo hecho con seguidores del rock chabón, y ahí él encuentra ese quiebre de clase. "No somos ni chetos ni negros: somos rockeros." Con todas las críticas que podamos hacerle, el Indio ocupa ese espacio de representación con altísima suficiencia. El reproche que surgió en estas semanas ("¿Cómo un millonario puede ser antisistema?") a sus seguidores les importa muy poco. No es un reproche válido.

-¿Definirías al Indio como un artista de izquierda?

-Es complicado. El Indio jamás fue un cantorcito de protesta, y mejor para él, porque si no sería León Gieco, que fue transformándose en una ONG. Si entendemos las estéticas de izquierda como renovadoras y progresistas, la estética de Gieco atrasa. Las estéticas del Indio también son viejas, considerando que son las mismas que hace treinta años. Seguimos con las viejas disputas de vanguardias políticas y vanguardias estéticas. El progresismo evidentemente puede tener agendas estéticas conservadoras. Y sin embargo te encontrás con un público que cree en esas apuestas rebeldes, inconformistas, contestatarias, y alguien tiene que encarnarlas. No pueden quedar vacantes.

-¿Y el rock sigue siendo el marco que las contiene?

-Todavía no se ha inventado nada que lo reemplace. La cumbia no lo puede hacer, no participa de ese sistema de ideas. El género te organiza de una manera durísima.

-Para el fanático hay una idea de aventura en cada show del Indio -la peregrinación, la odisea- y otra de previsibilidad: tenés que llevarte lo que fuiste a buscar.

-El público va a buscar lo que el artista le da, así que mejor que los temas suenen como en el disco y que toque "Jijiji" al final. Es como: "Ahora nos toca a nosotros". Ahí aparece la mal llamada cultura del aguante, que en realidad es una moralidad, una manera de ordenar el mundo entre lo bueno y lo malo. Y tiene un condimento muy presente en las hinchadas futbolísticas, que es esta cosa carnavalesca en la que desaparece la división actor-público. El público se vuelve a la vez actor, se va a mostrar, y le reclama al actor que le ponga aguante porque el público le va a responder con lo mismo. Con desgarramiento, con pasión.

-El rock barrial adelantó de algún modo el discurso del kirchnerismo. Una vez que esa agenda bajó desde el propio poder, ¿el rock perdió peso simbólico?

-Varios habíamos escrito sobre esta suerte de neoperonismo en ausencia del peronismo que encarnaron bandas como La Renga y Los Piojos. Ahora bien, cuando el peronismo reaparece y satura todo... Esto lo escribí respecto de Maradona. Maradona funciona como síntoma contracultural en los 90 y como síntoma redundante en la década siguiente. Es muy probable que estas bandas se sintieran cómodas en la agenda discursiva del kirchnerismo, pero a la vez eso los limitaba. Si realmente quieren avanzar en términos de impugnar al poder, no tienen más remedio que ir en contra de esa agenda. La vaguedad del programa progre del kirchnerismo era coherente con el antisistema del rock chabón y alrededores. El relato estatal podía capturar todo eso: los Redondos como tema de documentales de Encuentro, o el celebrado fanatismo de Aníbal Fernández por el Indio. Aquí tendríamos tanto la gran capacidad del Estado para capturarlo todo como la poca resistencia del rock a ser capturado por lo que venga, sea el Estado o la industria cultural.

-¿Y qué pasará ahora con Cambiemos?

-Digamos que las posibilidades del macrismo para capturar esas zonas del rock son muy bajas, sencillamente porque no hay modo de asimilarlo a nada parecido a un antisistema (el kirchnerismo tampoco lo era, pero decía serlo). Pero eso no significa que el rock tenga aún capacidad para algo nuevo o, siquiera, para reciclar algo viejo.

-La incorporación de los códigos del fútbol en el rock es un fenómeno que lleva un par de décadas. ¿Qué lugar ocupa hoy el fútbol como espacio social?

El acceso al estadio, en los últimos 25 años, creció en los sectores medios y medios-altos a expensas de los sectores populares. Sin embargo, el fútbol hoy es fundamentalmente televisión, práctica cotidiana, etcétera. Y en ese sentido ha habido un crecimiento de los públicos. Pero el ámbito del estadio ha cambiado mucho. La prohibición de visitantes tiene ya diez años. El Estado ha renunciado a su capacidad de convocar identidades distintas en un mismo espacio. No lo puede gestionar. En el caso de Olavarría, la organización privada pide que saquen a la cana del lugar. Porque la cana es el otro. El privado dice: "Entre nosotros nos cuidamos". Cuando la gente sale del predio, el Estado dice: "Ahora arréglense. Eso sí: no me pisen los jardines de los vecinos". Los testimonios dicen que la policía sólo actuó para cerrar bocacalles y evitar que el público deambulara. Y así los mandó por dos calles que podrían haber sido un matadero. En la Argentina, el Estado no sabe cómo administrar a las masas en el espacio público.

-¿Por dónde empezaría una propuesta de solución?

-En estos días recordé algo que siempre apliqué a los análisis sobre fútbol, que me lo enseñaron los ingleses. Los ingleses decían: "Éstas no son cuestiones de security, sino que son cuestiones de safety". Para ellos son dos palabras, para nosotros, una sola. Si vos entendés los espectáculos de masas en términos de security, pensás: "¿Cómo los custodio?". Si los pensás en términos de safety, tu enfoque es: "¿Cómo los cuido?". Todos los espectáculos de masas en la Argentina se organizan en términos de security y no se piensan, siquiera, en términos de safety. En Olavarría, ese error parecen haberlo cometido tanto la organización estatal como la privada, que pusieron el foco en maximizar ganancias y evitar problemas policiales, y no en preservar la seguridad y el confort de los espectadores. Todo lo que podía hacerse mal, se hizo mal.

Bio

Profesión: investigador

Edad: 55 años

Investigador principal en el Conicet, es licenciado en Letras. Tiene una maestría en Sociología de la Cultura (UNSAM) y un doctorado en Filosofía (Universidad de Brighton). Es titular del seminario de Cultura Popular en Comunicación (UBA) y autor de diversos libros.

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