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La fatiga de tomar algunas decisiones

Juana Libedinsky

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LA NACION
Sábado 25 de marzo de 2017
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BUENOS AIRES.- De visita la semana última, me encontré en la tienda de regalos donde hice la lista de casamiento. Con el uso de los últimos 15 años, se habían roto un par de platos y aproveché para ir a reponerlos.

Aquí vale una aclaración: "donde hice la lista" no es exacto. Cuando me casé ya vivíamos en Nueva York, y entonces le pedí a una amiga porteña, más experta en esos menesteres, que eligiera los esenciales para el nuevo hogar, y luego pasamos con mi marido a buscarlos muy agradecidos. Aparentemente lo nuestro fue, además, una movida brillante para mantener la sanidad mental: un tema muy comentado el último tiempo es la decision fatigue (fatiga de decisiones) que causan situaciones como ésa.

Jean Twenge, la socióloga que sacó a la luz el fenómeno, tuvo la idea justamente antes de su boda. Tras horas en una tienda decidiendo si sábanas lisas o floreadas (y de cuál porcentaje de algodón), si toallas blancas o de colores a juego con el baño, si tostadora sólo para pan lactal pero que ocupa poco espacio o tostadora con orificios lo suficientemente grandes como para pan francés también aunque ocupe bastante más espacio en la cocina, no sólo estaba exhausta: la podrían haber convencido de cualquier cosa con tal de no tener que elegir más.

La reacción puede también ser opuesta. Los investigadores de su equipo encontraron que jueces que decidían libertad condicional solían otorgarla más a menudo en los casos que examinaban al principio del día; con el correr de las horas tendían a ser más rígidos, aunque los antecedentes que evaluaban fueran muy similares.

La conclusión a la que llegaron es que no importa cuán racional y altruista uno sea, no se puede tomar decisión tras decisión sin pagar un alto precio biológico.

En The New York Times explicaron que cuantas más elecciones haya que realizar a lo largo del día, más duras se van convirtiendo para el cerebro, y eventualmente éste empieza a buscar atajos. Un atajo es actuar de manera impulsiva en vez de gastar energía en evaluar las consecuencias ("por supuesto, tuiteá esa foto, ¿qué puede pasar de malo?"). Otro atajo es ahorrar energía resistiendo cualquier movida riesgosa: no liberar prisioneros aunque se lo haya hecho, y de manera concienzuda, al comenzar el día.

¿Qué hacer al respecto? La respuesta no es fácil. Los negociadores avezados ponen los puntos que más les importan al comienzo de las discusiones. El equipo de Twenge confirmó que viejas medidas, como la siesta y comer algo con glucosa, ayudan también a mantener el nivel de decisiones. E idealmente el día laboral debería permitir pausas para recargar. Pero por supuesto esto no es de fácil de fácil aplicación, y viviendo en EE.UU. aún menos. En los comentarios al artículo, fue particularmente popular un lector que dijo que en Australia uno va a una heladería y pide un helado, mientras que en EE.UU. antes de pedir hay que elegir la textura, los gustos, tipos de conos, "toppings", etc. "Gastan tanta energía eligiendo cosas triviales que no les queda energía para las importantes, como elegir presidente", concluyó.

En Buenos Aires, mientras tanto, después de la tienda de regalos justo fui a una heladería. Me podría haber pasado como al australiano en EE.UU. Pero siempre está el de dulce de leche granizado que, viviendo en el exterior, vuelve absurdo pedir otra cosa.

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