El halo de un Cortázar fellinesco - LA NACION
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El halo de un Cortázar fellinesco

Jazmín Carbonell
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30 de marzo de 2017  

Noemas / Libro: Natalia Villamil / Dirección: Natalia Villamil y Cintia Miraglia / Intérpretes: Maximiliano Sarramone, Ana Romans, Carlos Ledrag / Escenografía, vestuario e iluminación: Pía Drugueri / Música original: Juan Manuel Sisto / Producción: Laura Piersanti / Sala: No Avestruz, Humboldt 1857 / Funciones: viernes, a las 22.30 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: buena

Aunque el universo Cortázar flote en nuestras estéticas, lo cierto es que pocas veces se lo traspone a otras artes. Salvando por supuesto la llamada generación del 60, en cine, que estrechó un vínculo fuerte con el escritor -sobre todo Manuel Antín, que trasladó varios de sus cuentos-, no son tantos los que se atreven a enfrentarse a las indeterminaciones que Cortázar plantea casi como principio constructivo, situación que en literatura tiene un matiz y en las artes que incluyen el espacio además del tiempo -en su representación- es completamente diferente. Ante la duda y lo ambiguo se debe tomar una decisión. Y esa decisión termina desdibujando el principio constructor.

Pero Noemas, aunque está, según dice el programa de mano, inspirada en Rayuela, se concentra en una sola parte de la historia, la relación del personaje principal (Julito en la obra, Horacio Oliveira en la novela) con su amigo de la infancia y su mujer. La lleva a su costado más costumbrista para finalmente hablar de otras cosas. Del amor, de la amistad, de la frustración, de la rutina, de quiénes queremos ser. No habrá nada indeterminado, y el azar aquí no se hará presente. Más bien, Rayuela es un disparador para abordar algunas otras temáticas.

Julito ha vuelto de París y lo reciben en su casa, que es la trastienda de la carpa de circo en la que trabajan su amigo de toda la vida, Pancho, y su mujer, Edith -en la novela, Talita, pero que aquí usa el nombre de aquella mujer que, cuenta la historia, inspiró al personaje de la Maga-. En ese rincón del mundo, envueltos en recuerdos de lo que fueron, conviven esos tres personajes. El conflicto no tarda en llegar: Julito comienza a enamorarse de Edith, la confunde por momentos con su gran amor parisino, y Edith y Pancho, por su parte, se enfrentan al hastío del paso del tiempo.

Estará presente el puente: al igual que en la novela, Julito construirá durante la pieza un puente; mencionará incansablemente a la novia que tuvo en París, la Uruguaya (la Maga), y a su hijo (Rocamadour); citará partes de la novela; se hablará de paraguas, de dientes perlados, y en el aire flotará una melancolía existencial en clara consonancia con el clima de Rayuela, para luego concentrarse en ese triángulo amoroso que los irá destruyendo por completo a medida que avance la acción.

Las actuaciones son correctas y la dirección de la obra es meticulosa. En algunas partes el texto se vuelve demasiado protagonista y puede llegar a abrumar. Un gran acierto de la puesta es la escenografía, que recrea una pequeña casa que oficia a su vez como bambalinas de la carpa de circo donde trabajan los personajes. En esta casa, plagada de objetos, se sienten la vida y la tristeza de los personajes que la habitan. Por momentos, incluso hay olor a Fellini.ß Jazmín Carbonell

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