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La mujer a la que la muerte le enseñó a elegir la vida

Perdió a sus padres en un accidente de tránsito y al poco tiempo a su marido. Años más tarde, murió su segundo esposo y gran amor. Podía elegir la oscuridad, pero decidió que la suya sería una historia de aprendizaje y vida.

Jueves 30 de marzo de 2017 • 18:56
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PARA LA NACION
Irene y todos sus hijos: Benjamín, Felicitas, Segundo e Irenita
Irene y todos sus hijos: Benjamín, Felicitas, Segundo e Irenita.

Dos cajones juntos. Una imagen desmesurada, incomprensible. La impotencia de la muerte inesperada, estúpida, irreverente. Malditos accidentes de tránsito. Maldita fragilidad humana; todo tan efímero, tan pasajero. Tan mortal.

Ante la mirada perdida de Irene, estaban sus padres muertos. Y ella, con 29 años, un hermano adolescente, un marido y tres hijos, se sintió sola. Tan sola como una niña perdida en un espacio desconocido.

No recuerda cuánto los lloró. Sólo recuerda que fue mucho y que por las noches despertaba desconsolada y atragantada por las lágrimas. Recuerda que su esposo, Martín, la abrazaba fuerte hasta calmarla.

Tenía una familia hermosa y tenía un hermano por quien velar. Había que seguir. Pero entonces sucedió lo inimaginable. Apenas un año y medio después, la muerte volvió a tocar su puerta y se llevó a su marido, Martín.

A él lo lloró 22 días seguidos. Eso sí lo recuerda. Un día amaneció con una sensación nueva en su interior, observó a sus hijos Segundo, Felicitas e Irenita, a su hermano Ignacio y supo que algo en ella había cambiado. De pronto, inexplicablemente, sintió que estaba viva nuevamente y levantó cabeza.

Rehacer la vida

No fue fácil. Ignacio, su hermano de 15 años, pasó a ser el referente masculino de la casa y la ayudó mucho en el proceso. De a poco, y con mucha fortaleza, pudo recuperar toda su energía positiva. Había descubierto en ella un poder que no sabía que tenía, había aprendido a tomar decisiones y a no elegir el camino del sufrimiento. Era una mujer nueva y había florecido.

Fue así como un día de septiembre del año 1999, envuelta en aquella nueva sensación, conoció a Gastón. Irene estaba trabajando en un stand de una exposición rural en Mercedes. Había ido como voluntaria de un hogar de madres solteras y se encontraba recaudando fondos con la venta de comida. Gastón le pidió una cerveza y le dijo a un amigo: "Con ella me voy a casar". Su acompañante, entre risas le contestó que estaba loco. "Es viuda, tiene 3 hijos chicos y muchos problemas", remató. Pero para Gastón nada de eso tenía importancia. Se había enamorado a primera vista. "Yo me casó", le contestó decidido.

Durante el mismo evento se organizó una fiesta y Gastón la sacó a bailar. Dos semanas después le dijo que ella era la mujer de su vida. Al principio Irene sintió vértigo, pero finalmente dejó que sus sentimientos la guiaran y se enamoró perdidamente de él. Se casaron un año y medio después por civil y por Iglesia. Sus hijas fueron el cortejo.

Al tiempo supieron que iba a llegar Benjamín, un bebé deseado con toda el alma, un regalo del cielo. Gastón, que quería a los hijos mayores de Irene como propios, le dijo a Irene que quería adoptarlos. Ellos, por motu propio y por su amor incondicional desde el comienzo, le habían empezado a decir "papá". "No quiero que pierdan el apellido de su padre", le dijo, "pero para mí son mis hijos y quiero que el día que yo no esté sean todos iguales. Los siento así. Con ellos aprendí a ser papá. Se los consulté y están felices."

Morir y resucitar

Para Irene, Gastón fue su par, su compañero de vida, su gran amor. Un amor cuidado, peleado, elegido y completo. Por eso el domingo 24 de abril de 2016 a las 19 hs, después de haber trabajado todo el día juntos en el jardín, Irene sintió que se le fue parte de la vida. Su hombre se estaba muriendo en el sillón de su casa y ella quería irse con él.

Otra vez la maldita muerte. Nuevamente la incomprensión total. Irene entró en un estado enajenado que la llevó a estar durante 10 días sin tener idea de la noción del tiempo. Ni siquiera podía acordarse que tenía hijos y de tanto pesar, le dolía hasta el pelo. "¿Qué vas a hacer? ¿Te vas con él?", se repetía sumida en el dolor absoluto.

Estuvo sumergida en aguas oscuras, pesadas y profundas. Allí buceó por esa oscuridad asfixiante, desgarradora. Le dolía el alma. Le dolía el nunca más. Nunca más su amor. Nunca más su voz, sus besos. Nunca más su vida juntos. Su vida en familia llena de humor, unión y música. Una familia con 4 hijos educados para que sean libres, sean buena gente, sean felices y que, hagan lo que hagan, elijan hacerlo con pasión. Que les duela la panza por sentir la pasión.

Sí, fueron muchos los momentos en los que sintió que quería morir.

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Pero Irene, una mujer de 48 años intensos, eligió vivir. Eligió quedarse. Decidió que la Tierra era un planeta demasiado lindo para perdérselo.

Ella cree que esa repentina lucidez le llegó gracias a haber estado al día con las emociones y sentimientos. Le llegó porque no le quedó nada por decir y demostrar. Desde joven, había aprendido a expresarse a diario, a decir lo que sentía. A demostrar sus emociones y su amor.

En pocos años, la muerte la había acompañado codo a codo, la había ilustrado acerca del verdadero significado de la levedad del ser y, por el mismo motivo, le había enseñado el valor del presente y de la existencia.

Por eso eligió la vida. La eligió agradecida de haber tenido el privilegio de saber lo que es sentir y amar de verdad, con todo lo que ello significa.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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