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Humor y smartphones

Viernes 31 de marzo de 2017
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PARA LA NACION
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Hombres delay / Dramaturgia: Diego Carreño / Dirección: Gabriel Wolf / Elenco: Diego Carreño y Leandro Aita / Vestuario y escenografía: Verónica D'Adamo / Música original: Diego Martone / Diseño gráfico: David Ward / Sala: El Mandril, Humberto Primo 2758 / Funciones: sábado, a las 21 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: buena

Diego Carreño y Leandro Aíta se conocieron cuando el actor, docente y director Gabriel Wolf, Macoco para toda la vida, los invitó a sumarse a Digital mambo (2013), una creación colectiva acerca del homo tecnologicus de nuestro tiempo atravesado por el culto a los smartphones. Carreño había trabajado con Claudio Martínez Bel y Leo Maslíah, y Aíta, con Marcelo Katz, Alicia Zanca y, otro Macoco, Daniel Casablanca, además de dirigir la escuela de circo Espacio Zero. Años después vuelven a juntarse, protagonistas y director, para Hombres delay, esta vez con autoría de Carreño, para burlarse de sí mismos, varones de cuarentitantos que se criaron creyendo que "las redes" eran otra cosa y hoy deben, o los convencieron de que deben para estar conectados, bajarse la última e indispensable "aplicación" (¿o era un "programa"?, ¿o se dice "dispositivo"?).

Si esa conexión, en verdad, sucede, será gracias al azar más que al avance de la civilización. Porque en Hombres delay la confusión y los malentendidos se tejen entre la maraña de mensajes minuto a minuto. La información simultánea y paralela, el peso de lo que se postea frente a lo que se dice face to face, el juicio de los "me gusta" de Facebook, todo ese material que en extremo puede causar horror ante lo cotidiano (como en la serie inglesa de ciencia ficción Black Mirror) está abordado por el dúo con una comicidad que rinde homenaje a Los Melli (Carlos Belloso y Damián Dreizik) y los primeros Macocos.

En el barrio de San Cristóbal, El Mandril es una sala más cercana a la música y las bandas alternativas, pero que también propone espectáculos teatrales, en general, humorísticos y a la gorra. Inspira un déjà vu ochentoso, espacio galpón, negro, minimalista, con gradas, y un barcito amable a la entrada. Una mesa-escritorio, dos banquetas y un par de actores vestidos iguales, especulares y contrapuestos. Uno (Carreño) es Esteban, un pelado hétero (a salvo de rubias tontas y otros estereotipos), víctima de celulares, empresas y musiquita en espera; mientras que el otro (Aíta) asume distintos roles, desde amigo hasta robot: ambos ponen en juego un intercambio aceitado al milímetro donde el humor basado en los equívocos del habla, amplificada por tanto adminículo, deja en ridículo en primer lugar a los inmigrantes digitales. La risa surge espontánea, fresca, casi naíf porque la torpeza y el patetismo se parecen. Porque Hombres delay también señala, sin juzgar, un modo mediado de comunicación que nos tiene a todos irremediablemente fuera de foco.

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