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La soledad en los tiempos modernos en manos de dos actores brillantes

Domingo 02 de abril de 2017
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LA NACION
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Jorgelina Aruzzi y Peto Menahem, supremos
Jorgelina Aruzzi y Peto Menahem, supremos.

La puerta de al lado / Libro: Fabrice Roger-Lacan / Versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino / Dirección: Ciro Zorzoli / Intérpretes: Jorgelina Aruzzi y Peto Menahem / Escenografía: Alberto Negrín / Iluminación: Eli Sirlin / Vestuario: Cecilia Zuvialde / Asistente de dirección: Juan Branca / Producción: Pablo Kompel y Gustavo Yankelevich / Teatro: Paseo La Plaza / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

La gente tiene ganas de ir al teatro a reírse." Es algo que solemos escuchar permanentemente de quienes hacen teatro comercial. Algo de cierto hay. Pero habría que establecer una diferencia entre el entretener y divertir. Están los que entretienen para distraer y los que lo hacen con responsabilidad para dejar ideas, conceptos o, simplemente, temas para charlar en la cena posterior al hecho artístico. En el segundo grupo se encuentra esta propuesta que producen Yankelevich y Kompel. La puerta de al lado es de esas obras precisas para cuando uno tiene la necesidad de reírse sin parar, incluso identificando situaciones o tipologías.

El dramaturgo Fabrice Roger-Lacan (curiosamente nieto de Jacques Lacan) realizó un justo retrato de la soledad en estos tiempos donde la cibernética y lo virtual parecerían dominar nuestra cotidianidad. ¿Qué pasa cuando dos personas están solas, una al lado de la otra? Ella es psicoanalista, él es un ejecutivo de marketing y son los únicos vecinos del mismo piso en un edificio de clase media alta. Son aparentemente opuestos. Ella vive encerrada en su departamento. Es autosuficiente, obsesiva. Él quiere conocer a alguien y divertirse entonces sale, pero sigue solo. Se enfrentarán, se encontrarán, se conocerán en el palier que comparten y allí se desarrollará este vínculo de dos soledades que, en el fondo, pretenderán dejar de serlo. La acumulación de diferencias fortifica esta relación.

La trama y su desenlace son de alguna manera previsibles. Pero el desarrollo de la dramaturgia y la adaptación a una actualidad más local hacen que el espectador disfrute de cada episodio y situación que deben atravesar estos personajes en su encuentro. Se expelen, se provocan, se estimulan, y eso aprovecha Ciro Zorzoli para crear una puesta ágil, muy cercana incluso a la comedia física. El realizador logró coreografías escénicas en este montaje con una hiperabundancia de acciones que nutren. El montaje tiene una sincronización exacta, milimétrica, ajustada. Y este mecanismo escénico podría ser tremendamente dificultoso para actores que no conocen el tempo de la comedia brillante. Pero estas aparentes dificultades se convierten en las herramientas necesarias para dos actores dúctiles e inteligentes como Jorgelina Aruzzi y Peto Menahem. Son pícaros, saben cómo sacar partido de cada acción, cada texto. Roger-Lacan estructuró su pieza de tal forma en que la interacción se cruza permanentemente con el relato en primera persona hacia el público. Y esta dupla perfecta saca partido de eso con maestría. Ambos ofrecen una clase maestra de comedia. En tanto que Zorzoli, con su maravillosa Tarascones y con este trabajo, demuestra que la comedia le sienta de maravillas.

La escenografía de Alberto Negrín favorece la acción; lo mismo que la excelente iluminación de Eli Sirlin, vital para señalar tiempo, clima y ámbito. También es destacable el vestuario de Cecilia Zuvialde y la realización musical de Marcelo Katz. Un pequeño detalle: ¿por qué no ubicar el micrófono de los actores en alguna parte del cuerpo donde no se los deforme? En realidad, para qué usar micrófonos con semejantes intérpretes. Sólo un lunar en esta obra que va reivindicando a una cartelera comercial que comienza a elevar la vara.

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