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Su beba no lloró al nacer y ella supo que le esperaba un camino difícil por recorrer

Luchar por la vida de un hijo es un gran motor, que más allá de los resultados, deja huellas imborrables de cariño para recordar por siempre

Viernes 07 de abril de 2017 • 00:50
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PARA LA NACION
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Rocío llegó al mundo un 21 de febrero, en silencio y despacito, casi como una pequeña gotita que cae sobre el césped al amanecer. Pero a diferencia de la mayoría de los bebés, Rocío no lloró al nacer y su mamá Virginia supo en ese mismo momento que algo andaba mal. El embarazo había transcurrido en forma normal, las ecografías indicaban que todo marchaba según el curso esperado. Pero, unos días antes de la fecha de parto prevista, un monitoreo de rutina encendió la luz roja para Virginia: "cuando fui al control todo se volvió gris, los latidos de mi beba no se escuchaban bien. Entonces el obstetra y la partera decidieron adelantar el parto. En la clínica me prepararon y me hicieron goteo; ya con las primeras contracciones me di cuenta que algo pasaba porque la frecuencia cardíaca de mi beba bajaba. Entonces tuvieron que hacerme una cesárea. Rocío no lloró al nacer. Se la llevaron a neonatología y recién la pude ver al otro día. Nadie sabía qué tenía, pero algo en mi decía que había problemas y no iba a ser fácil", cuenta entre lágrimas Virginia.

Sin un diagnóstico certero, Rocío tuvo que permanecer internada un año entero y la familia adaptar su vida a esta nueva y dura realidad. La beba, que había nacido con 2.400 kg, era electro dependiente y se mantenía aferrada a la vida gracias a un respirador. Pero además tenía una traqueotomía, botón gástrico para alimentarse y le administraban medicamentos para convulsiones. "Durante los primeros meses iba a la casa de mi mamá solamente a dormir y el resto del día estaba con Rocío. A mitad de año nos mudamos a Del Viso y Valentina, mi otra hija que en ese entonces tenía tres añitos, empezó a ir a un colegio nuevo. Entonces nos turnábamos entre mi mamá, Mauricio -el papá de mis hijas-, una enfermera y yo para poder estar con Rocío y, a la vez, intentar que la vida siguiera en forma normal para Valentina", recuerda Virginia.

Al año siguiente la familia logró una internación domiciliaria, con enfermera las 24 horas y todo lo necesario para que la beba se mantuviera con vida. Luego de 15 años de trabajar en Alpargatas, Virginia tuvo que renunciar a su empleo para dedicarse de lleno a su nueva vida. "La lucha seguía puertas adentro. Dejamos de salir como familia, nos ocupamos de Rocío en forma permanente. Si sonaba la alarma del respirador nos levantábamos todos para ver qué pasaba", dice. Y ese mismo año con la internación domiciliaria llegó también la confirmación de la sospecha. Rocío había nacido con una enfermedad genética, síndrome de deleción 1p36, que forma parte de las llamadas enfermedades raras o de baja prevalencia y que, por lo general, conlleva alteraciones en el neurodesarrollo, falta de tono muscular, dificultades en la alimentación, problemas de crecimiento. "Las consecuencias eran muchas. De la lista que nos habían dado Rochi tenía casi todas, por ejemplo convulsiones y el corazón agrandado. Pero decidí no bajar los brazos. Usaba un alargue para sacar a Rochi todos los días al parque a tomar un poquito de sol y estar al aire libre", explica su mamá.

DULCE ROCÍO

Corría noviembre de 2008 cuando Virginia tuvo que ser operada de la vesícula. A su vez Rocío estaba nuevamente internada porque cursaba una neumonía. "El dia anterior a que me operaran la tuve a upa a Rochi todo lo que pude sabiendo que por unos días después de la intervención no iba a poder alzarla", cuenta Virginia. "Cuando me dieron el alta fui a terapia a darle un beso y recuerdo todos los detalles de ese pequeño y maravilloso instante como si los viviera cada día. Volvimos a casa y sonó el teléfono. Era del sanatorio, nos avisaban que Rocío estaba mal. Cuando llegamos había fallecido".

Pero la vida, a pesar del dolor, pelea por más y Virginia tuvo que continuar. "El papá de las nenas creo que no pudo superar la muerte de nuestra hijita y al mes se fue de casa. El motor que tuve para no deprimirme fue mi otra nena, Valentina. A pesar de haber perdido un hijo, puedo jurar que no hay dolor más grande en la vida que ese, tenía otra hija que educar y sentía que le tenía que demostrar que es difícil superar el dolor pero que hay que aprender a vivir con eso y seguir adelante. Hoy tengo un proyecto de pastelería, que tiene sus altibajos, pero lo voy a seguir, lo bauticé Dulce Rocio. Una piscóloga me dijo que un proyecto es como un hijo y yo le puse ese nombre a mi proyecto para prolongar de alguna manera su vida. También empecé a escribir un libro, o por lo menos lo intento: me encantaría poder reunir testimonios de otras mamás y, con nuestra experiencia, poder ayudar a otras a transitar estos momentos. Cuando tenés que atravesar este tipo de experiencias, uno se pregunta porqué le tuvo que pasar a mi hija. La respuesta la sigo buscando".

Virginia junto a su hija Valentina. "Ella fue mi motor para no deprimirme"
Virginia junto a su hija Valentina. "Ella fue mi motor para no deprimirme".

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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