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El conflicto político argentino, en loop

Domingo 09 de abril de 2017
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Madrid.- Es un reflejo sintomático de la política argentina. Tarde o temprano, a un líder en el poder lo golpea como una revelación una certeza inquietante: "Nos quieren voltear". Los resultados deseados no llegan, los adversarios se endurecen, cualquier atisbo de diálogo se interrumpe. A la sociedad -en general víctima imparcial de las batallas de la clase dirigente- se la representa enfrentada en dos bandos.

A una huelga sindical, le sigue una marcha oficialista. A una amenaza, una denuncia penal. "¡Son ellos o nosotros!", se escucha. Las elecciones se transforman en una prueba de supervivencia. Toca postergar los grandes proyectos. La prioridad se limita a derrotar al otro; sólo después será sensato pensar de nuevo en el futuro. Perder significa el abismo. Un punto de diferencia separa el poder absoluto de un destino en la cárcel. La corrupción se tolera como consecuencia lógica de la guerra. El capital, alérgico a la incertidumbre, se compromete únicamente a negocios de corto plazo. El progreso se aleja siempre.

El círculo vicioso suele interrumpirse cuando una mayoría harta de fracasar identifica la esperanza de un comienzo distinto. Alguien llega con el mensaje correcto: voy a unir a los argentinos, vamos a desarrollar todo nuestro potencial, estamos condenados al éxito.

Mauricio Macri interpretó ese papel. Prometió que acabaría con la famosa grieta, esa concepción algo imaginaria de dos Argentinas irreconciliables. Se cansó de regalar a sus funcionarios el libro La sonrisa de Mandela, de John Carlin. Un canto a la empatía, a la capacidad casi sobrenatural que desplegó el gran líder sudafricano para ponerse en la piel de su enemigo, conquistarlo y construir un país medianamente normal en lo que era un páramo de odio, injusticia y violencia.

Un año y medio después a Macri lo envuelve la ola de la separación. Siente la brisa de una conspiración. Reduce a sus rivales a "mafiosos". Se anima con el apoyo de "los nuestros", esos que salen a la calle sin el incentivo de un choripán, como hacen "ellos". Carlin sintetizó en una deliciosa conferencia que dio esta semana en Madrid el secreto de la maestría política de Mandela: "Apelaba al corazón a sus rivales y al cerebro de sus simpatizantes". Así logró desarmar a los racistas blancos y a la vez persuadir a los negros de que debían convivir en armonía con esa minoría que los había explotado durante siglos.

Tal vez Macri aún sueñe con ser un Mandela. Por difícil que le pongan las cosas el kirchnerismo o los sindicatos, entenderse con ellos no puede ser peor que con quienes te tuvieron veintisiete años encerrado en una celda.

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