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Reseñas. Brújula, de Mathias Enard

Mil y una noches de una sola noche

Domingo 09 de abril de 2017
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LA NACION
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Un hombre acosado por el insomnio, enfermo y condenado, rememora durante una única noche su vida y su pasión por una mujer. Tal vez no haya en la narrativa punto de partida más clásico, incluso más trillado, pero Mathias Enard (Niort, 1972) se embarca contra viento y marea en la demostración práctica de que la novela, ese género insomne, enfermo, condenado, al que se viene dando por muerto desde hace décadas, todavía tiene razones que ambicionar. La literatura del escritor francés parece infiltrada por lo romanesque. El adjetivo sugiere que una narración debe exceder la suma de sus peripecias para, en su movimiento, capturar el pulso de una o varias vidas.

Mathias Enard
Mathias Enard. Foto: Joel Saget/AFP

Brújula -que ganó el año último el premio Goncourt- es, sin más, un arfetacto desbordante. A medida que pasan las páginas, se van abigarrando, en un calculado monólogo caleidoscópico, memorias propias y ajenas, puestas en abismo históricas y desvíos hacia tragedias presentes. Sólo algo se mantiene: la aguja magnética de la novela apunta, casi sin vacilaciones, hacia Medio Oriente y sus inmediaciones.

El opiómano Franz Ritter es un musicólogo vienés, erudito y timorato, que en la oscuridad de una noche agitada trata de comprender el inoportuno artículo por correo (al que se sumará luego una carta por mail) que acaba de mandarle Sarah, una orientalista francesa por la que siente un amor desaforado, cumplido a medias. Los encuentros que mantuvieron los dos a lo largo de los años son el hilo de seda del relato. Aparecen un palacio donde se lleva adelante un congreso de especialistas, un legendario hotel de Alepo, una larga excursión por un desierto y reuniones sociales en una Teherán ya dominada por el ayatolá Khomeini. Esos núcleos novelísticos, sin embargo, son el anecdotario nostálgico y furioso para que la conciencia de Ritter, hiperventilada por la angustia, deje fluir su erudición y el apego incondicional por una zona geográfica y cultural (Siria, Irak, Irán) que sigue escapándole al reduccionismo occidental, interesado sólo en ver allí alguna variante de la barbarie.

Enard tiene una novela (Zona) compuesta de una sola frase, circunstancialmente interrumpida por lo que lee su personaje. Brújula no llega a ese extremo, pero prolonga su estilo torrencial, al que dosifica no sólo con párrafos sino además con la indicación de las horas de vigilia, un gran número de relatos enmarcados, cartas verborrágicas y subtítulos de libros rimbombantes ("Retratos de orientalistas como comendadores de los creyentes") que Ritter imagina pero sabe que nunca llegará a escribir.

El orientalismo, al que se dedica Ritter y la gran mayoría de sus conocidos, es un problema: desde el avance de los estudios poscoloniales, con Edward Said a la cabeza, el término parece anatema. Enard (que estudió en el Louvre y más tarde se especializó en cultura árabe y persa) evita convertir su novela en una tesis, pero deja en claro a través de su musicólogo hasta qué punto la idea le produce perplejidad. Para los que caen rendidos ante él -y más allá de la inevitable ambigüedad política de su papel, a la que la novela no le escapa-, Oriente significa sobre todo un contacto con la alteridad. Las páginas dedicadas a la actual guerra en Siria o a Estado Islámico parecen darle la razón.

Por lo demás, Franz Ritter (el nombre enmascara el de Franz Listz) es un erudito y tiene bastante de name-dropper compulsivo. En esta especie de solitaria Mil y una noches de una sola noche, los anillos del relato se detienen largamente en meditaciones sobre compositores (la brújula del título refiere a una que poseía Beethoven) y en recuerdos de poetas o novelistas orientales (como el suicida Sadeq Hedayat). También, los exploradores o curiosos consuetudinarios que dejaron su huella en esas latitudes: aristócratas y monjes, pero también mujeres formidables como Annemarie Schwarzenbach o Isabelle Eberhardt.

En ese ir y venir alucinado, Brújula termina por apropiarse, entre tantas cosas, de la mejor literatura de viajes, encapsulada en una novela que, paradójicamente y sin que nos demos cuenta, viaja alrededor de una habitación.

BRÚJULA. Mathias Enard. Random House.Trad: Robert Juan-Cantavella. 434 págs., $ 299

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