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Virtuosismo, diversión y sorpresa en manos de dos actores pianistas

Viernes 07 de abril de 2017
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LA NACION
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Gran trabajo de Matorra y Otero Ramos, dirigidos por Gonzalo Castagnino
Gran trabajo de Matorra y Otero Ramos, dirigidos por Gonzalo Castagnino. Foto: Fuentes2Fernandez

Asesinato para dos / Libro: Kellen Blair y Joe Kinosian / Letras: Kellen Blair /Música: Joe Kinosian / Intérpretes: Santiago Otero Ramos y Hernán Matorra / Escenografía y vestuario: René Diviú / Luces: Gabriel Ascorti / Sonido: Mariel Ostrower y Mauro Agrelo / Coreografía: Joli Maglio / Producción: Juan Iacoponi / Dirección musical: Gabriel Goldman / Dirección: Gonzalo Castagnino / Sala: Cultural San Martín (Sarmiento 1551) / Funciones: sábados, a las 20.30 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Si Agatha Christie viviera y se diera una vuelta por el teatro porteño, seguramente se lo pasaría muy bien en el Cultural San Martín al son de esta "pieza para dos" que evoca su universo de misterios, de crímenes que pugnan por ser resueltos (resolución que deviene en general del pensamiento lateral), en clave de comedia musical.

Hay un crimen, hay una decena de sospechosos reunidos en el lugar de los hechos: la fiesta sorpresa para el asesinado, que cae fulminado por una bala en el salón de su coqueta mansión justo antes de que los invitados pudieran gritar "Feliz cumpleaños". ¿Quién fue? El detective Marcus y su "Watson", un invisible personaje llamado Lou, lo descubrirán.

La propuesta de Asesinato para dos, obra importada del off Broadway que llegó a la Argentina gracias a las gestiones entre Gonzalo Castagnino y uno de los autores, Kellen Blair, es sencilla y muy compleja a la vez. Sencilla porque no se anda con grandes pretensiones a la hora de contar una historia que no deja de remitir a La Ratonera, Una visita inesperada, y tantas otras de la reina del crimen, y aún cuando la resolución del caso desde el comienzo se sospecha, resulta tan cautivante como todo buen thriller. Compleja por la idea que la hace particularmente atractiva y original: son sólo dos actores-pianistas, uno de los cuales encarnará al detective y el otro, a los 12 sospechosos, mientras ambos tocan el piano de cola para los cuadros musicales. Todo eso tienen que hacer Hernán Matorra y Santiago Otero Ramos, antes de esta obra conocidos principalmente por sus trabajos como directores musicales o vocales.

Si la obra se monta en función de la capacidad interpretativa de los actores-músicos, la exigencia es total: deben ser excelentes. Y lo son. Matorra le imprime cierta ingenuidad a su policía, un joven soñador que aspira a convertirse en detective (tanto, que se hará pasar por el investigador para resolver este caso), que resulta tierna y genera empatía. Santiago Otero Ramos se convierte en la revelación del musical con este papel, si bien ya ha tenido otros momentos ficcionales, porque su trabajo es titánico. Con un gesto o dos, con unos anteojos o un pañuelo, y sobre todo con su manejo extraordinario de la voz, logra transportarnos a los testimonios de cada sospechoso, a sus historias, a sus temores, a sus costados más oscuros y también a sus verdades. El juego se impone enseguida y no hay dudas de la convención. La obra adquiere el tono de un varieté y cada "gracia" de Otero Ramos desata carcajadas y aplausos efusivos. Es pura creatividad, como un niño jugando a los disfraces.

La mano de Castagnino no sólo les dio confianza a los músicos para ponerse al hombro estos papeles sino que supo aprovechar sus virtudes al máximo: ¿quién lleva mejor el ritmo que un buen músico? El ritmo es clave en el entramado de esta obra y se despliega a lo largo y a lo ancho del montaje. A lo largo, porque el musical no decae en ningún momento, y los 90 minutos se hacen más que llevaderos. A lo ancho, porque el ritmo atraviesa todo: bailan, cantan, tocan el piano o repiquetean sobre los objetos creando nuevos sonidos, pero principalmente, se mueven por el escenario en función de un tempo sin el cual sería imposible el armado de las escenas. Todo está coreografiado por el trabajo preciso de Joli Maglio. A cuatro manos sobre un piano precioso, Matorra y Otero Ramos ponen en marcha un musical con todas las letras.

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