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Independiente, el huevo y la gallina

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 09 de abril de 2017
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El gol es una responsabilidad individual en la que participan el pulso, la frialdad, la cabeza despejada… Y una vez que se logra todo se ve diferente: el arco parece más grande, el tiempo circula más lento, el mapa del jugador cambia, te invade una sensación de bienestar y hasta se siente más coraje para jugar.

Del gol que no llega, o lo hace en dosis mínimas, se habla en estos días en Independiente. El equipo ha mostrado pasajes de buen fútbol en los primeros encuentros del año; incluso me atrevería a decir, con la prudencia del caso, que va camino de jugar bien. Pero los “sagrados” resultados indican que hasta ahora empató sus tres partidos (todos jugados como local, todos ante rivales que no salieron a atacarlo), y lo que resulta más llamativo, solo convirtió un tanto, el de Rigoni de tiro libre a Vélez.

Entonces, el clima de impaciencia e intolerancia que arrastra el club desde hace varios campeonatos no acaba de disiparse. El jugador lo percibe, y corre el riesgo de caer dominado por la ansiedad, la desesperación o la resignación, de sufrir una especie de “frustración anticipada” y acabar marrando goles que en otro momento jamás fallaría.

Desde los años anteriores al descenso, la realidad en Independiente se fue devorando entrenadores y no hubo procesos que pudieran desarrollarse sin una pesadísima mochila añadida a las obligaciones y exigencias naturales. Mientras en el mismo lapso de tiempo los rivales iban ganando torneos y tranquilidad, el Rojo no conseguía tener paz ni consolidar una idea de juego.

Es fácil decir que en estos casos el mejor consejo es asumirse en una dimensión menor, pero no es tan sencillo llevarlo a la práctica. El jueguito de quién está mejor y peor, de quién es más o menos ganador ha invadido el fútbol, y todos, los hinchas y hasta los propios cronistas respondemos al mismo patrón. Es un mundo materialista en el que la impaciencia de títulos no permite tener serenidad ante la adversidad, y en un ambiente así educar al hincha es prácticamente imposible. Personalmente conozco un único método de hacerlo: el juego, y un equipo que con convicción y personalidad se quite las ataduras.

En eso anda el actual Independiente. Y cabe decir que se le ven unos cuantos condimentos como para avanzar por esa ruta. Para empezar, ha logrado juntar algunos intérpretes interesantes. Cada uno con sus matices, Domínguez, Erviti, Rigoni, Barco son jugadores que responden al estilo y a la partitura de Ariel Holan. La pareja de centrales y el joven Bustos en el lateral derecho ofrecen señales positivas, y en general ya pueden apreciarse pequeños síntomas del trabajo del entrenador: el equipo se defiende con mayor acierto frente a los contraataques rivales, hace mejor los relevos y no queda expuesto más allá de lo que suele ocurrir cuando se quieren imponer las condiciones, ser ofensivos y muchas veces, verticales.

Además, el cambio se está haciendo con varios chicos de la casa, surgidos de las inferiores del club, y esto también enseña un camino y un proceso que el hincha que sólo se guía por el resultado del domingo equivocadamente no suele valorar cuando debería enorgullecerlo.

Pero claro, por ahora nada de esto se traduce en goles y triunfos. La necesidad corre el riesgo de transformarse en obsesión, y lo peor es que esta solo puede calmarse marcando goles. ¿Cuándo ocurrirá? Imposible saberlo, porque el misterio del fútbol tampoco ha descubierto si fue primero el huevo o la gallina.

Hay sin embargo una certeza: el gol aparece jugando, por encima de la impericia y de la falta de contundencia. Algunos momentos en los partidos contra Vélez y Alianza demostraron que Independiente cuanta con argumentos para empezar a jugar bien.

De aquí en más, necesitará que Domínguez y Erviti aumenten su grado de conexión, que Barco comience a desplegar con mayor frecuencia su habilidad y desparpajo, y no perder tan rápido la energía y el entusiasmo si las cosas no salen bien desde el arranque. Cuando lo logre, el equipo terminará por desbloquearse, se evaporará la actual sensación de fragilidad y todos los jugadores ganarán en seguridad. En definitiva, se sentirán más libres para volver a hacer lo que saben, incluidos los goles que hasta ahora Independiente no pudo ni supo encontrar.

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