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Facundo Arana: "Hay que llorar todas las lágrimas: las lágrimas que no llorás, enferman; y las risas que no reís, también enferman"

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LA NACION
Jueves 13 de abril de 2017
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Bio

Profesión: actor

Edad: 45 años

Una de las figuras más populares de la televisión, se destacó en Muñeca brava, 099 Central, Padre coraje y Sos mi vida, entre otras. Escribe, dibuja, toca el saxo. Tiene una carrera breve en el teatro, adonde ahora regresa, junto a Araceli González, con Los puentes de Madison, novela que antes fue llevada al cine con Clint Eastwood y Meryl Streep como protagonistas. Tiene tres hijos.

Foto: Alejandro Guyot

Está ahora inclinado sobre un manojo de hojas anilladas, las espaldas anchísimas, el pelo ligeramente descuidado, ese aire de hombre Camel (rústico, firme, masculino) con una dosis exacta de ternura. El libreto lleva este encabezamiento: Los Puentes de Madison, y en el borde superior alguien escribió con letra cursiva el nombre del destinatario: Facundo Arana . Acá está, volcánico, amabilísimo. Expansivo y teatral: el oficio del actor se despliega con sus amables modos narcisistas en el modo de hablar -la temperatura de cada frase, la proyección de la voz- y en los movimientos del cuerpo. Habla de sí mismo con sorpresa -la perplejidad en los ojos celestes-, como si a esta altura siguiese sin poder creer del todo (a esta altura son los 45 años) que la vida le ha dado tanto, quizá aquello que soñó. Porque soñó con ser actor cuando vio sobre un escenario una mesa de café con dos sillas iluminadas por una luz cenital (sin actores), más tarde con tocar el saxofón cuando escuchó ese sonido voluptuoso en una ruta mientras su padre conducía el auto familiar, y luego con escalar el Aconcagua (6960 metros) cuando se topó con esa mole sin pretenderlo y sin saber que tan poco después estaría tan cerca de la voz de Dios. Soñó, y los tres sueños se cumplieron, aunque no fueron los únicos.

"Extraordinario", le agradece al mozo una vez que devoró una milanesa con puré de calabaza, como si ese plato hubiese sido una verdadera epifanía. Es el exceso de quien sabe desplegar su plumaje para agradar (¿para seducir?), pero también una muestra de generosidad: le importa mucho que el otro se sienta cómodo.

La conversación tiene lugar en un café muy cercano a la sala donde esta noche estrena esa pieza de Robert James Waller junto con Araceli González. En la obra su personaje es el de Robert Kincaid, un fotógrafo maduro de la National Geographic que se enamora de una ama de casa que vive en una granja. Sin embargo, antes de ver la película que nació de esa novela, interpretada por Clint Eastwood y Meryl Streep, prefirió revisar La sal de la tierra, el documental filmado por el hijo del gran Sebastião Salgado. La admiración por ese fotógrafo extraordinario está en el nacimiento de su trabajo.

-Empecemos por el montañismo. Escalaste el Aconcagua y el Everest. Debiste descender sin hacer cumbre la primera vez. ¿Cuando fue el primer ascenso?

-Aconcagua, 2003. Había trabajado desde 1993, había entrado a un casting gracias a la recomendación de Betiana Blum, un casting de Alberto Ure. Ese día me maravillé con ese lugar. La sala estaba atestada de bailarines que calentaban y de músicos que ensayaban con sus instrumentos. Apenas entré en el estudio dije éste es mi lugar, yo pertenzeco a esto. Hasta entonces era el chabón que tocaba el saxo en el subte. Conseguís aquello que habías soñado y no le querés soltar más. No lo solté. Diez años después necesité parar. Me había podido conprar una camioneta (una Toyota, la misma con la que hoy llegué acá), compré una casa rodante y me fui con mi novia y mi perra Pampa al norte. Veníamos bajando desde La Quiaca, llegamos a Pampa del Leoncito, y cuando bajábamos hacia Uspallata apareció el Acancogua. Dije: quiero subir. No había entrenado jamás, pero me había habituado a la altura mientras hacía la Ruta 40. Pregunté por el guía de la zona, el Indio Pizarro. Me dijo que fuese a escalar el Sarnoso, que tiene algo más de 1600 metros; si después de ese ascenso seguía con ganas, me llevaba al Aconcagua. Ésa fue la primera vez. ¿Qué me movió? No te lo sé contestar. Tengo 45 años, ya. Trabajo de narrador de historias, puedo inventar mil cuentos, algunos de ellos hasta puedan ser interesantes, pero no tengo la respuesta a esa pregunta. Cuando el alma dice es ahora, es acá, hacelo, no te preguntás mucho más. Sencillamente, obedecés. El montañismo te prueba muchas cosas y ninguna. Todas las cosas que tiene para darte son buenas. Todas. Te da sensaciones inexplicables, te permite encontrarte con vos mismo, conversar con vos en soledad. Estás dos, cinco, diez horas esperando dar el siguiente paso. Estás diez días y sus noches sin hablar con nadie, sin contacto humano.

-¿Cómo te llevás con esa soledad?

-Me gusta mucho la soledad, la disfruto, en todo caso sólo la mata una buena compañía. ¿Hacia dónde va mi mente cuando estoy a solas? Hacia cualquier parte: llevo conmigo el Infierno de Dante y el Paraíso, y en medio de esos extremos todos los grises. Y no me los evito. Hace muchos años tuve la certeza de que una vez que descendés a lo más hondo no tenés ninguna necesidad de sentirte culpable cuando tocás las puertas del cielo. Me río sin culpa porque lloré sin culpa. ¿Por qué cosas he llorado? Por las mismas cosas que suelen conmover a los seres humanos, las mismas desdichas, los mismos dolores.

-¿Cuándo fue la primera vez que escuchaste un saxo?

-Iba con mi viejo en auto, volvíamos de un partido jugado entre amigos. Un tal Centenario Sierra tenía una quinta a la que invitaba a sus amigos. Mi viejo era camarista, era juez. Centenario los provocaba: me gusta verlos jugar, los aguijoneaba, porque en pantalones cortos son todos iguales. De pronto escuché un sonido abrasador en la radio, voluptuoso. Era algo de Corey Hart, muy ochentoso. Subí el volumen de la radio, quise saber qué era eso que sonaba así. Es un saxofón, me respondió mi padre. Así fue. Recién pude tener el instrumento años después, a los 18. Tomé clases con Guillermo Azzi. [Dice Azzi, y agrega "con doble zeta", la precisión de quien está agradecido a sus maestros y a las muchas personas que, asegura, lo han ayudado en la vida.] Mis viejos sintieron que ya eran muchos años persiguiendo un deseo, no podía ser un capricho. Cuando montamos En el aire hice la obra con ese mismo saxo alto: un Yamaha de estudio, un Yas-23. No tuve una educación musical formal. Escuchaba (escucho todavía) de todo. Me gusta mucho la música: el pop, el rock, el soul, el rhythm'n'blues. A los 13 años escuchaba a Janis Joplin. A los 18 merodeaba por acá cerca y curioseaba en la disquería Crimson King, donde podías encontrar a Weather Report. De los Beatles a The Who. En casa se escuha de todo. Hasta Tutu, el álbum de Miles Davis, aunque siento siempre que no termino de comprenderlo. No importa: está ahí para ser disfrutado. Mi abuela era pianista. Concertista. Pese a eso en mi casa no se escuchaba especialmente música, no estaba ese hábito, aunque en la discoteca había algo de jazz, soul y country. Pero mi formación más fuerte vino después. Es mamar fuerte saber que tu abuela fue pianista, aun no habiéndola conocido. No sé dónde está ese piano hoy. Yo tengo uno vertical; toco apenas tres notas, pero disfruto tocándolo. Tan sólo tocar una nota te tranquiliza. Como un mantra. Pero no tengo formación. Tonteo de oído. Saqué algunas cositas. Eso no es tocar, eso es tontear.

-¿Cómo fue tu educación artística en la casa en la qué naciste?

-Vivíamos en Junín y Las Heras. ¿Libros? Sí. Todos los tomos de la ley, no olvides que mi padre era camarista. El teatro viene de la calle, de la plaza de Recoleta: nos hacíamos amigos de las estatuas vivientes, los mimos; el teatro callejero. Lo que vino después con el oficio del actor es un regalo de Dios. Es no haber soltado. No solté el dibujo, no solté la música, no solté la escritura, no solté el teatro. No soy nada y soy todo lo que quise, y mucho más. Me gusta mucho dibujar. ¿Alguna corriente estética? No. Es un tonteo personal y profesional.

-Todo parecer haber sucedido sin que lo hubieras querido y como si a la vez lo huibieses deseado enormemente.

-Es que ir detrás de cosas tan fuertes como ser médico lleva demasiado tiempo. Y yo no sé si voy a estar tanto tiempo acá. El vértigo de mirar para adelante y ver ya un camino por recorrer, pero con escalones marcados, era demasiado para mí. Un destino con demasiadas certezas. Me hubiera encantado ser médico. Pero estudié otras cosas.

Foto: Alejandro Guyot

-¿Qué te seducía de ser médico?

-La posibilidad de caminar un día por la calle y salvar una vida. Quehubiera un problema de estos que nos pasan a los seres humanos por ser tantos y estar ahí y saber qué hacer. No soy médico, pero me las rebusqué y sin serlo puedo resultar de cierta utilidad hasta que venga un médico y diga qué hay que hacer. Sé ser muy obediente cuando llega la persona que sabe qué hacer. Y estar ahí. Ya sea para alcanzar, para sostener, para limpiar o para abrazar a alguien que se tiene que morir. Ayudar. Que la voz que tengo sirva para algo, no sólo para contar historias, es bueno poder decirlo. Y hay tantas cosas que deben ser dichas... Me agarré fuerte a la donación voluntaria de sangre, pero porque vi una necesidad. Somos el país de Luis Agote [Se refiere al médico argentino que en 1914 logró realizar en el Hospital Rawson la primera transfusión de sangre sin que ésta se coagulara en el recipiente que la contenía.] No podemos no ser una de las naciones líderes en donación de sangre. Tenemos al San Martín de eso. No son solamente próceres aquellos que han levantado el sable para defender la Patria.

-¿Qué lugar ocupa el episodio médico que viviste en la adolescencia en esta suerte de vocación humanitarista?

-Tuve un linfoma, es cierto, pero yo creo que cualquier persona bien parida y bien criada tiene que tener en su educación básica la inquietud de dar una mano cuando alguien la necesita. No creo que vaya más allá de eso. Después, sí, tuve un linfoma, un cáncer. Otra gente padece otras cosas y vive otras experiencias que marcan fuerte una vida. Todo está en la educación que se tiene en la casa. A mí me enseñaron a extender las manos desinteresadamente para ofercer, porque hay muchas manos que piden por necesidad.

-¿A vos te han ayudado mucho?

-Me han ayudado toda la vida, la vida entera. Soy un hombre muy agradecido. [Hay una breve pausa. Sobreviene un desvío inesperado.] Además, tengo una memoria que es mi bendición y mi maldición, y almaceno recuerdos, soy un gran coleccionista de recuerdos; tengo diarios y anotaciones, me gusta escribir.

-La maldición de la memoria. ¿Por qué?

-Hay cosas que uno preferiría no recordar y sin embargo están impresas en la memoria, te acompañan para siempre. No tengo memoria selectiva. Descofío de la memoria selectiva, porque ¿quién decide?

-Estás volviendo al teatro. ¿Cuál fue tu mejor trabajo sobre un escenario? Hiciste algo con Pepe Soriano.

-Fue el primero, en 2005. Visitando al señor Green. En verdad, llegó después de los cien Gran Rex con Chiquititas. Visitando al señor Green, una posibilidad extraordinaria.

-No volviste con frecuencia al teatro. ¿Te devoró la televisión?

-Sí y no. Me gusta hacer muchas cosas. En 2005, hice Visitando al señor Green; en 2006, la tira Sos mi vida; en 2007, en teatro, Codicia; en 2008, Vidas robadas; en 2009, Poder se puede; en 2010, me fui a escalar el Aconcagua; en 2011, la tira Cuando me sonreís; en 2012, me fui a escalar el Everest. En 2008, fui papá. De todas maneras todo lo artístico viene detrás de la posibilidad de conformar una familia.

-¿Qué te pasó cuando nació India?

-Es una revolución tan gigante. No importa que vida tuviste. La llegada de un hijo -sea temprana, a tiempo, esperada, inesperada- te pega en el centro y le da sentido a tu historia, no importa qué historia hayas tenido. Me habían hecho tratamientos bastante bravos en mi adolescencia por el linfoma, para ver qué iba a ocurrir con mi fertilidad. María quedó embarazada de India. Cuando la conocí le dije no quiero que perdamos un minuto en tomar un café, quiero que nos casemos.Así me enamoré. Se río a carcajadas, me dijo "sos un atrevido, pero yo te voy a dar una familia". Todo esto dicho mirándonos a los ojos, sin habernos dado siquiera la mano. Te lo juro por Dios. Nos conocimos, me invitó a saltar en paracaídas. Y le dije: te invito a volar. Bajamos. Y la llevé a navegar. Charlamos. Cuando la llevé a la casa fui claro con ella: no te quiero volver a ver si no es sabiendo que vas a ser la madre de mis hijos, me quiero casar con vos y que estemos juntos el resto de nuestras vidas. Se río, me dijo aquella frase memorable (yo te voy a dar una familia) y así ocurrió.

-¿Algo de tu biografía personal se juega en Los puentes de Madison?

-El texto está inspirado en la novela, pero atendiendo algunos detalles de la película. Es un hecho teatral basado en una gran novela y una en una gran película. Lo único que acaso me roza es que de aquel chico que a los 15 años arrancó en el teatro queriendo ser eso, no importándole adónde iba a conducirlo ese llamado del alma, acá está. Con canas en la jeta, te gusta más, te gusta menos, con un camino recorrido, lindo, feo, pero mi camino. Y lo recorrí con mucha responsabilidad. Yo no puedo pedir mucho más. Comparto mi vida con mi mujer y mis cachorros, con un techo que les he podido dar. Yo pertenezco a una generación en la que el hombre provee, y eso me enorgullece... Los chicos están en casa y están con la panza llena. He podido desarrollar una vida. Eso se lleva tan por delante todo lo demás... Con María tenemos tres hijos. Nos acompañamos mutuamente. Conocí a la mujer, primero, pero la madre que conocí después me enamoró un millón de veces más. Soy una persona tremendamente afortunada. Dios me malcrió.

-Que puede sonreír sin culpa.

-Cuando me toca sufrir lo hago sin culpa, no le pongo límite a ese dolor. Hay que llorar todas las lágrimas, porque las lágrimas que no llorás, te enferman; y las risas que no reís, también te enferman. Mi suerte es tal que hasta ahora puede acompañar a mi vieja, abrazarla. Con mi viejo no faltó un solo abrazo por darnos, una sola palabra por decir. Tal es la suerte que yo, su hijo varón, con mis hermanas y con mi madre, estuve ahí acompañándolo a cerrar sus ojos cuando dio su último suspiro. Mirá si no soy un tipo afortunado. Pudimos despedirlo juntos, decirle que se fuera tranquilo, que viera la familia que había formado.

-¿Cómo fueron estos dos meses desde que se fue?

-No me quedó una sola palabra por decirle ni un abrazo por darle. Tengo su mirada, su beso, su bendición, su orgullo. Me lo pudo decir mirándome a los ojos. Tuvimos charlas de hombre grandes. Fuimos amigos. Él me lo dijo: sos mi mejor amigo. Veo la fortuna que tenemos, poder vivir con dignidad el dolor que sufrimos por una ley de la vida que no escribimos. Yo escribiría otra cosa: seríamos todos inmortales y felices.

-India, los mellizos Yaco y Moro.

-Una mujer antes de parir se convierte en una hembra de cualquier especie y es la cosa más maravillosa que existe en el planeta, aunque uno no se da cuenta de eso hasta que está junto a ella como padre. Después los chicos lloran, pero cuando son tus hijos es un llanto distinto, es un llanto que te hace ir corriendo. Estábamos a punto de ir para que María diera a luz, durmiendo una siesta, semidormidos. En ese entresueño veo que viene corriendo hacia mí un chico rubio y después otro, morocho, le grito ¡Moro! Desperté a mi mujer y le conté el sueño. Así elegimos los nombres: los soñé. En la sala de parto salió el primero -gris placenta-, me lo mostraron, ése es Yaco, y fue a la teta. De pronto, salió el segundo y pegó un grito. Dije: ése es León Moro. Andá a ponerle un nombre más fuerte. Es el tigre de la Malasia, es Sandokán. Ellos van a caminar con tranquilidad, con la frente bien alta, creo. Van a tener la vida que quieran tener. India, Yaco, Moro. Son apenas nombres. Ellos van a convertirlos en oro o en barro.No me puse a buscar muy profundamente sus nombres. Porque, ¿qué hay más profundo que haberlos soñado?

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