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Frustraciones amorosas en clave de novela

Hugo Beccacece

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PARA LA NACION
Domingo 16 de abril de 2017
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La semana de avant premières del cine francés que acaba de terminar tuvo momentos muy especiales. El jueves de la semana pasada, el público que salía de ver Frantz, la notable película de François Ozon, manifestaba su entusiasmo mientras se enjugaba las lágrimas. Pocas cosas satisfacen más el ánimo que llorar en el cine y los espectadores de Ozon se dieron ese gusto hasta la saciedad. Por si fuera poco, en el hall se encontraron con la actriz y directora francesa Nicole García, ejemplo admirable de cómo se puede ser atractiva a los setenta años e "irradiar", es decir, cambiar la atmósfera de un lugar con la mera presencia. Y todo eso, sin someterse a cirugías estéticas que vuelven la cara impersonal y no recuperan la juventud. Nicole García iba a asistir a la presentación de Un momento de amor, de la que es directora. La acompañaban el actor argentino Oscar Martínez y Yann Lorvo, el consejero cultural de la embajada de Francia.

Ozon filmó Frantz en blanco y negro. La película es una remake de la producción estadounidense Broken Lullaby (Remordimiento), del director Ernst Lubitsch, rodada en 1932, con Phillips Holmes y Nancy Carroll. Hay un lazo curioso entre los dos films y la Argentina. Lubitsch y Ozon se basaron en la pieza en tres actos y un prólogo de L'homme que j'ai tué (El hombre que maté) del escritor francés Maurice Rostand, hijo del célebre Edmond Rostand, el autor de Cyrano de Bergerac. En verdad, L'homme que j'ai tué es una adaptación teatral de la novela homónima escrita por Maurice. Hoy, la obra de éste se halla relativamente olvidada, así como su autor, siempre opacado por la figura de su padre.

Maurice escribió una gran cantidad de obras de teatro, algunas novelas, libros de poemas y dirigió en la década de 1930 la revista Séduction, que publicaba cuentos, fotos de bellezas femeninas y una sección de encuentros entre damas y caballeros, que era lo más leído del semanario. Maurice era extremadamente afeminado y nadie tenía demasiadas dudas acerca de sus inclinaciones. Me corrijo. Nadie no, el que las tuvo, al menos durante un tiempo, fue el mismo Maurice. El motivo de esa incertidumbre fue su primer amor femenino (quizás el único), contraído como una enfermedad de estación en los años de la adolescencia. La destinataria de esa etérea pasión era otra adolescente: Victoria Ocampo.

La familia Ocampo emprendió un viaje a Europa en 1908. En París se alojaron en el hotel Majestic. Allí, milagrosamente, vivía Edmond Rostand con su mujer y su hijo Maurice. Edmond era uno de los ídolos literarios de Victoria en aquel período y soñaba con conocerlo. Victoria y Maurice tenían casi la misma edad (ella era un año mayor, en París cumplió los 19). Maurice había visto a la argentina en el hall del hotel y quedó deslumbrado por su belleza. Le hizo saber por medio de una empleada del hotel que quería hablarle. A Victoria, el contacto la acercaba de un modo imprevisto a Edmond. V. O. y Maurice se hicieron amigos. Cuando el chico perdió la timidez inicial, desplegó sus platónicas armas de seducción: la gracia, el ingenio, la sensibilidad y la inteligencia. Ella había entendido mucho mejor que Maurice cuáles eran los verdaderos impulsos amorosos de éste. Él era un compañero que jamás habría encontrado en Buenos Aires. Los dos hablaban de literatura, de teatro, de pintura. Él le preguntaba si ella no lo encontraba ridículo, si no le gustaba un poco. Como homenaje le escribió un soneto que Victoria reproduce en su Autobiografía (El imperio insular). A su vez, Victoria escribió otro soneto, pero no para Maurice, sino para el admirado Edmond.

Frantz, así como L'homme que j'ai tué, se desarrolla poco después del fin de la Primera Guerra Mundial y cuenta la historia de un joven francés, Adrien, que va a Alemania para visitar la tumba de Frantz, muerto en la contienda, un amigo alemán al que conoció en París. Adrien conoce a los padres y a la prometida de Frantz, que terminan por considerarlo un sustituto del muchacho perdido. La historia encierra, de un modo encriptado, las frustraciones amorosas, las dudas y los secretos de Maurice, revelados por medio de personajes vicarios.

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