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Problemas irritantes con soluciones misteriosas

Que algo falle es malo, pero arreglarlo sin saber qué pasó es casi igual de insufrible

Sábado 15 de abril de 2017
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Tuve, hace un par de meses, una semana de esas en las que ocurren cosas raras. Lográs resolverlas, sí, pero te quedás con la espina por no saber qué causó los trastornos. Tengo un TOC con eso, así que, si se les ocurre alguna explicación, adelante, soy todo oídos. Ahí van los casos.

Desde hace varios meses, la ventanilla del acompañante de mi auto venía haciendo un ruidito raro. La clase de ruidito que te dice: “En cualquier momento me rompo, quedás notificado”. Cosa que ocurrió, por supuesto, un viernes a la noche, luego de un largo cierre y con un alerta meteorológico por tormentas fuertes; y nada de dejar de funcionar en posición de cierre. No, señor. Quedó a medio abrirse y, aparte de la amenaza de lluvia, la solícita computadora del vehículo decidió disparar la alarma cada tanto para avisarme de la enojosa situación. Combo ideal para relajarse luego de jornadas complicadas. Pude resolver lo de la alarma desbloqueando las puertas, que luego de un rato se cerraron solas sin más escándalo. Debía haber alguna explicación, pero estaba demasiado cansado para revisar el manual.

En lugar de eso me enfoqué en el problema principal. Consulté con un amigo que trabaja en la industria automotriz y me recomendó un taller en San Isidro en el que probablemente me repararían la ventanilla el sábado a la mañana. Sonaba demasiado bueno para ser cierto, pero, en efecto, cuando al día siguiente los llamé por teléfono me pidieron que llevara el coche en ese momento y que en una hora y media lo tendría reparado. Sólo mediaba entre la solución y quien suscribe un pequeño obstáculo: mi absoluta y granítica desorientación.

No exagero. Se ve que ese chip estaba en falta el día que me ensamblaron. Tengo una capacidad infalible para calcular el paso del tiempo, por ejemplo, pero el espacio me es por completo ajeno. Llegar a un lugar desconocido representa para mí un desafío insuperable.

Pero bueno, me dije, lleno de optimismo, ¿para qué está el GPS? Me subí al auto, abrí Maps, que se había actualizado justo un par de días antes, y puse la dirección. Tal es mi impericia para llegar a lugares nuevos que Google en cualquier momento me va a empezar a cobrar por la cantidad de sitios favoritos que tengo almacenados. En fin, Maps me anunció que llegaría en escasos 25 minutos y mostró la ruta en el mapa. No parecía difícil. Salí confiado y, cuando estaba por subir a la autopista, que es donde la cosa se me pone peliaguda, activé la navegación asistida por voz. No sólo es muy útil sino que su pronunciación de los nombres de las calles constituye uno de los mejores programas humorísticos que pueden oírse en el coche.

Normalmente, Maps (y cualquier otro programa de navegación asistida) dan una indicación inicial, aunque sea más o menos obvia. En este caso, para mi asombro, me instruyó a tomar un camino que ya había recorrido un cuarto de hora antes. Ya estaba en la Panamericana y por lo tanto esperé unos minutos, algo inquieto, a que mi amiga de pronunciación extraterrestre se dignara a decirme algo.

Pero nada. Mientras avanzaba raudo hacia lo desconocido me sentí más o menos como en un gomón en medio del Pacífico. Me detuve en la banquina. Observé la pantalla. Algo estaba mal. Toqué arriba, donde aparecía una flecha verde prometedora. Maps me ofreció entonces la misma instrucción de antes, que tenía ahora casi 20 minutos de atraso. Y se calló.

El GPS estaba activado, antes de que lo pregunten, y el puntito azul aparecía exactamente en el lugar donde me encontraba. Pero la app de Google no hacía nada, fuera de reiterar la primera instrucción.

La desorientación espacial causa efectos secundarios bastante desagradables. Te sentís muy desamparado, y algo que en otras circunstancias resolveríamos fácilmente se convierte en una situación desesperante. Pero tenía que arreglar esa dichosa ventanilla, de modo que decidí usar el mapa digital como si fuera uno de papel. Anoté mentalmente la salida que debía tomar, y luego, no sin contratiempos, llegué al taller.

Me fui a un café y aproveché la espera para instalar Waze (que desde 2013 le pertenece a Google) y los parroquianos no sabían si reírse o echarme a la calle cuando me puse a experimentar con la app, logrando que hablara al azar, sin demasiado tino, repetidas veces. Interesante. Ocurría exactamente lo mismo que con Maps. Se negaba a dar las instrucciones para la navegación asistida, excepto la primera.

Precavido, había memorizado el camino de regreso. Cosa que, tengo entendido, es algo rutinario para la mayoría de las personas. No para mí, por supuesto. Me cuesta una enormidad. Con mi ventanilla arreglada, y antes de volver a casa, volví a intentar que Maps dijera algo, pero, como un autómata empacado, sólo pronunciaba la primera instrucción y después se quedaba callado. Waze, lo mismo. Bad robots.

Fue más fácil volver, y sólo cuando estuve a salvo en casa y empezó a ceder el pánico de andar por ahí sin rumbo, me di cuenta de que no había probado la más ancestral de las soluciones informáticas. Exacto. Reinicié el teléfono y mi compañera de ruta y su pronunciación exótica regresaron. Algo había ocurrido con la actualización de Maps y faltó poco para que me extraviara inexorablemente en las rutas argentinas (hasta el fin).

Oui-Fi

El lunes me esperaba, aquí en el diario, un nuevo enigma. Una colega me dijo que estaba desesperada porque en su teléfono se había desactivado el Wi-Fi (yo también estaría desesperado, confieso) y no encontraba modo de volver a habilitarlo. Me dijo que aparecía una mensaje que hablaba del SIM. Le pregunté lo obvio: si podía hablar, si tenía datos, si podía mandar SMS, si había reiniciado el teléfono. Sí, todo eso y más. Incluso le había sacado la batería. Chica lista.

Con niños pequeños que usan su smartphone para mirar videos durante horas, el presupuesto del plan de datos iba a escalar a cifras astronómicas. Así que había que encontrar una solución pronto. Reinicié el teléfono y leí el mensaje de error. No se refería al SIM, sino a la microSD. Decía que no era compatible. Sin embargo, la había estado usando durante meses. ¿Había fallado? ¿Estaba mal el conector? Nada de eso era importante. La meta era recuperar el Wi-Fi. Miré la capacidad de la tarjeta: 512 MB. Por completo irrelevante en un smartphone con 16 GB de almacenamiento. Así que la saqué, volví a poner la batería, reinicié el teléfono y, ¡bingo!, teníamos Wi-Fi de nuevo.

He visto cosas raras, pero casi nada como esto. Apagué el teléfono. Volví a colocar la microSD. Encendí y, además de que tardó cinco veces más en mostrar la pantalla principal, el Wi-Fi había quedado nuevamente fuera de combate. Muy lindo todo.

De nuevo, no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando, pero mi colega había vuelto a tener Wi-Fi, por lo que podíamos dar por resuelta la crisis. Por mi parte, estaba lejos de sentirme aliviado. Pocas cosas más irritantes que resolver algo, pero ignorar las causas. Consulté con la gente de Android, en Google, y las respuestas fueron de lo más variadas. Algún problema con los drivers. O con la secuencia de carga del núcleo de Linux. Un falso contacto. Etcétera. Mi amigo Alex Herrero, desarrollador y consultor sobre Android, me propuso una idea interesante: que enchufara la microSD con el teléfono funcionando y viera si se desactivaba Wi-Fi. Cosa que no ocurrió. Así que la secuencia de inicio de Android tenía todas las pruebas en su contra. Pruebas circunstanciales, sin embargo.

Sólo por invitación

La tercera batalla de la que salí triunfante sin saber cómo tuvo que ver con Linux. ¿Cuántas veces instalé este sistema operativo? Lo uso desde 1996. He probado todas las distribuciones principales y vengo instalándolo desde la época en la que se requería un diskette de boot, cuando no teníamos la fortuna de contar con una interfaz gráfica y debíamos responder preguntas escalofriantes. O sea que puedo poner un Linux en una máquina con los ojos vendados y una mano atada. Y eso posiblemente originó el problema.

El domingo por la tarde –una semana después de que Maps me dejara de a pie– puse el pendrive de Ubuntu 16.10 en una de mis notebooks e inicié la instalación. Casi todo es automático hoy, aunque particioné el disco de forma manual, como es mi costumbre. Luego lo dejé correr y me puse a hacer otras cosas. Media hora después tenía a la vista la pantalla de bienvenida de Ubuntu. Ingresé la contraseña, apreté Enter, la imagen desapareció un instante (eso no suele ocurrir, pero quién se preocupa por semejante sonsera) y, ¡ouch!, volvió a aparecer la pantalla de bienvenida. Ejem. Eh…, OK.

¿Qué harían ustedes? Por supuesto, llegarían a la conclusión de que ingresaron la clave equivocada. Quise creer lo mismo, pese a que no se veía ningún mensaje de error. Pero la esperanza es lo último que se pierde. Escribí la contraseña otra vez, más despacio. Ocurrió lo mismo (y era lógico). Gruñí en protonórdico, pero no se me ocurrió qué podía estar pasando. “Veamos si la sesión de invitado anda. Seguro que no", preví.

Sorpresa, la sesión de invitado arrancó sin problemas. Las pocas y endebles ideas que se me habían ocurrido cayeron en cascada. Por si acaso, reinicié (a pesar de que Linux siempre hace esto después de la instalación). Misma situación. (Lógico) Apagué. Esperé. Me sentí un bobo haciendo esto. Encendí. Todo seguía igual. (Lógico II.)

Me llamaba la atención, no sólo porque ya había puesto un 16.10 de 64 bits en varias máquinas reales y virtuales, sino porque Linux no es de hacer estas cosas. Puede no arrancar del todo, llegado el caso (creo que me pasó una vez en 20 años), ¿pero no dejarte entrar en la cuenta? Rarísimo. No era mi semana, definitivamente.

Dejé reposar el asunto en mi mente durante al menos una noche. Pero al día siguiente seguía sin ninguna idea. Si la sesión de invitado arrancaba, no tenía un tema de compatibilidad; más allá de que les daría bastante trabajo encontrar algo incompatible con un Linux actual.

Hay una regla en estos asuntos: nunca trates de reparar aquello que no entendés. Corté por lo sano e hice una nueva instalación. Vigilé cada paso, porque cuando algo se ha vuelto muy rutinario corrés casi el mismo riesgo de cometer errores que un principiante, aunque por los motivos opuestos. En media hora tenía, nuevamente, la pantalla de bienvenida de Ubuntu a la vista. Entrecerré los ojos, crují los dedos, y dije: “El único resultado lógico es que esto siga sin andar.”

Obviamente, entré en mi sesión de usuario en un tris. No podía rezongar, porque el problema estaba resuelto, pero, como me había pasado con Maps y con el teléfono de mi colega, el éxito no me proporcionaba ningún alivio. Para peor, no hay mucha ciencia en las instalación de un Ubuntu. Quiero decir, el margen para equivocarse es ínfimo. Elegís el idioma de la instalación, creás las particiones de disco, decidís si instalar software de terceros, ponés tu ubicación, elegís nombre de usuario y la contraseña, y listo. Sigo sin tener ni idea de lo que pasó.

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