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Zonceras del peronismo y falsos profetas

LA NACION
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Jorge Fernández Díaz
Domingo 16 de abril de 2017

La Operación Duque de Ahumada entró en la historia veintitrés minutos después de las seis de la tarde. Un teniente coronel de la Guardia Civil, pistola en mano, irrumpió en el hemiciclo del Congreso, desplegó doscientos hombres armados con subfusiles y, tras algunos gritos y forcejeos, efectuó un disparo al aire. La escena filmada es legendaria: casi todos los diputados se arrojan bajo sus butacas; el presidente se mantiene erguido y digno en su escaño. Esa imagen enigmática, ese pequeño gran gesto de coraje personal y cívico, persuadió al escritor Javier Cercas de realizar un libro famoso: Anatomía de un instante, crónica del fallido golpe de Estado de 1981 y vindicación llena de claroscuros de aquel abogado de pasado falangista que en medio de toda clase de acechanzas condujo a España de la dictadura a la democracia. Ese mismo estadista es el padre de la llamada Transición, que los españoles con justicia endiosaron porque después de tantos muertos y enconos, les permitió crear un sistema político de tolerancias y alternancias que sacó al país de su atraso y oscuridad. Cuando la crisis económica golpeó por primera vez a esa nueva nación lujosa, una corriente liderada por el kirchnerismo español (Podemos) pasó a demonizar el Acuerdo de la Moncloa, el bipartidismo y todos y cada uno de sus provechosos subproductos. El "europeronismo", tal como lo define uno de sus líderes, se puso entonces de moda y pareció que los argentinos conseguiríamos finalmente hundir a la Madre Patria con nuestros esperpentos populistas de exportación. Por eso causan enorme sorpresa los resultados de una encuesta publicada por El País de Madrid: Adolfo Suárez, aquel centrista digno pero en parte olvidado que le hizo frente al teniente coronel Tejero y que murió sin aspavientos en 2014, aparece hoy como el "presidente ideal" para conducir este período de vacas flacas y grandes frustraciones. El sondeo indica que es el favorito no solo entre la izquierda y la derecha, sino en todas las franjas etarias y por encima de cualquier otro mandatario de la era de la prosperidad. A pesar de tanta propaganda populista en contra, sigue flotando en el imaginario español la idea de que la Transición fue "el período de mayor voluntad para ceder y alcanzar acuerdos" y que Suárez sintetizaba y no cavaba trincheras. Vaya vueltas de tuerca que trae la historia. Cuando politólogos apresurados del mundo anuncian el Apocalipsis, el ocaso de la democracia y el advenimiento de los mesías del antisistema, resulta que la sociedad que más se nos parece gira y anhela el extremo centro y un republicanismo eficiente.

El asunto suena lejano, pero tiene un eco local inconfundible: aquí, vivillos de toda laya se cuelgan de los comentaristas internacionales con la intención de llevar agua para su molino. Están los que, olvidando cuánta sangre nos costó, anuncian triunfalmente el ocaso de la democracia "liberal". Ese sólo adjetivo les permite nominar un culpable, confundiendo aviesamente el progresista liberalismo político de todos los tiempos con el neoliberalismo económico de los últimos. La operación tiene por propósito señalarnos que de nada vale luchar por la democracia republicana, método institucional que nosotros nunca tuvimos la oportunidad de practicar, puesto que éste viene defraudando a los votantes de los países desarrollados. Que precisamente se desarrollaron gracias a esa ideología. La crisis europea, más allá de un problema específicamente geopolítico, no tiene que ver con la democracia, sino con la negligencia financiera: anestesiados por el Estado de Bienestar llegaron a creer que la historia era una línea recta ascendente y que la economía era una plácida piscina y no un océano cruel y cambiante, que a veces ofrece aguas calmas y a veces tifones, algo que los argentinos aprendimos con mucho dolor. Responsabilizar a la democracia por este declive, además de ser peligroso, es profundamente estúpido: como si no nos salieran las sumas y restas y culpáramos a las matemáticas o al sistema métrico decimal. Tiene razón el historiador italiano Loris Zanatta: no separan la paja del trigo y tienden a arrojar al bebé con el agua sucia del baño. Y a dejar abierta la posibilidad de que se instale lo que Botana denomina la "democracia hegemónica", con su caciquismo autocrático y su redención nacionalista; los consabidos salvadores de la patria.

También se oye en boca de dirigentes peronistas, secretamente fascinados por Trump, la idea de que el mundo se "peroniza" y avanza de manera inexorable hacia el proteccionismo. Y que nosotros deberíamos tomar nota de esa verdad acuciante. Lo curioso aquí es que la Argentina viene de "vivir con lo nuestro", de un aislamiento pertinaz, y que actualmente sigue siendo el tercer país más cerrado del mundo. Sin pretender que lo contrario es necesariamente esplendoroso, los beneficios de esa estrategia básica no nos lucen: se consolidaron el fracaso, la desigualdad y la desindustrialización. Chile, sin ser una maravilla, evolucionó de manera vigorosa con la táctica antagónica y de la mano de la centroizquierda. La globalización, nos guste o no, parece un proceso sin reversa y un país como el nuestro está obligado a inscribirse comercialmente en ella si quiere sobrevivir. Cómo lo hace y no muere en el intento, es el quid de la cuestión. Nadie tiene hoy una fórmula infalible, mucho menos con esta revolución tecnológica que trastoca las certezas laborales, pero el peronismo en sus dos versiones nos ha enseñado con sus errores descomunales los extremos que no deberían tomarse: ni calvo ni con tres pelucas; mensaje para Macri, y cuidado con las simplificaciones mágicas.

Hace dos décadas los estudiantes de economía de Europa y de Estados Unidos debían pernoctar en Buenos Aires para observar de cerca los tsunamis. En un solo lugar y con muy pocos años de diferencia, se concentraban hiperinflaciones pavorosas, un exótico régimen de cambio fijo (abandonado 35 antes por todas las potencias a raíz de sus graves contraindicaciones), una depresión, una megadevaluación y un default completo de la deuda. Hoy los jóvenes cientistas políticos del hemisferio norte deberían también hacer turismo en una nación donde se llevaron al terreno los delirios neopopulistas y las teorías de Laclau: división social, caudillismo, hegemonía, destrucción de las "instituciones liberales" y aislamiento económico y político. Somos los conejillos de Indias de Occidente: la democracia republicana brilló por su ausencia, las privatizaciones fueron catastróficas, al capitalismo lo vimos de lejos, la globalización pasó de largo y el proteccionismo nos empobreció. Triste laboratorio donde los conejillos dan su vida por la ciencia.

Los pícaros de la corporación peronista se sirven de prestigiosos intelectuales snobs que cómodamente instalados en sus universidades europeas socavan la democracia diagnosticando que está muerta.

Tal vez en unos años, cuando gracias a sus críticas funcionales reinen autoritarios de distinto pelaje, estos profesores se anoten de apuro en la irrestricta defensa de la república. Que ellos mismos ayudaron a debilitar. Como Noam Chomsky, pomposo pope del izquierdismo norteamericano que fue complaciente con el chavismo y los kirchneristas: hoy, que ya es tarde, sale a denunciarlos por su modelo dañino y su corrupción rapaz. No es raro, ante tantas zonceras y falsos profetas, que uno termine extrañando a un centrista modesto pero digno, capaz de no bajar la cabeza en medio de la zozobra.

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