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Espacios de trabajo con objetos personales ¿sí o no?

La discusión gira alrededor de la posibilidad de permitir, o no, que los empleados se "adueñen" de su escritorio con fotos, recuerdos y hasta plantas

Domingo 16 de abril de 2017
LA NACION
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Esas pequeñas cosas personales que rodean el lugar de trabajo, ¿incrementan o reducen la productividad del empleado? Esta cuestión se plantea Bryan Borzykowski en un artículo difundido por la BBC de Londres.

Es una discusión que está bastante polarizada, ya que hay quienes sostienen que son factores de distracción y hay otros que refutan con investigaciones, comprobando que la productividad, en el caso de permitir rodearse de objetos personales (fotos de familiares, recuerdos, una planta, amuletos, etcétera) la incrementan hasta un 25% más que los que carecen de esta posibilidad.

Señala el autor: "Muchas empresas de distintos sectores están poniendo límites a los artículos personales que sus empleados pueden tener sobre su escritorio. De hecho, muchas compañías no permiten tener absolutamente nada".

Investigadores de la revista Journal of Environmental Psychology descubrieron que "personalizar nuestros espacios, especialmente en una oficina abierta, nos aporta control y sensación de pertenencia sobre el entorno". Otro especialista, Chris Cutter, considera que el motivo para impedir el estar rodeado de objetos personales es que muchas compañías conservan una visión autoritaria sobre el trabajo" y "muchos directivos también creen que cuanto más limpio es el espacio, más productivos son".

Agrega Craig Knight, psicólogo: "En todos los casos, es el peor espacio en el que puedes poner a la gente. No funciona y es completamente tóxico". Coincide con una tendencia en crecimiento: la biofilia, a la que se fueron adaptando los diseñadores de oficina. Implica la incorporación de plantas en los espacios laborales o la ubicación frente a espacios verdes, tanto en ámbitos laborales, como instituciones educativas o ciudades.

Las teorías son muchas y variadas y tal vez se destine bastante dinero en investigaciones que podrían suplirse con la simple aplicación del sentido común. ¿Quién puede salir de su casa feliz y contento, sabiendo que al final del camino a su trabajo se encontrará en un lugar oscuro, incómodo y despersonalizado?

No es necesario ser un experto en recursos humanos como para descubrir que una situación de este tipo no agrega nada bueno. Podrá argüirse que no todas las empresas están en condiciones de brindar condiciones ambientales óptimas -lo grave son aquellas que sí lo están, pero no les dan importancia-, pero esto da paso a la segunda instancia, la personalización, que es gratis porque lo aportan los mismos empleados.

Exigir un lugar de trabajo despejado de objetos personales implica una mutilación simbólica de la vida personal, porque obliga a desprenderse de todo aquello que acaricia los afectos al tenerlos presentes.

Aquellos objetos, aunque invisibles, seguirán presentes y circulando entre la cabeza y el corazón. Y hasta allí no llegarán nunca las políticas y los procedimientos institucionales. Por el contrario, esas fotos, esa planta, son una continuidad de la persona que se encuentra trabajando, creando nuevas diferencias entre los que habitan un salón general o un puesto en el taller y los que cuentan con espacios propios, distribuyendo cuadros y trofeos por todos lados.

Veamos cómo se configuran las cabinas de los camiones o los taxis, de empleados semi autónomos, que son acompañados por las fotos familiares y, tal vez, el primer zapatito de la nena cuando tenía un año. Para este tipo de motivaciones, no hay necesidad de seminarios. Basta con mirar.

jorgemosqueira@gmail.com

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