Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Ese instante en el que la felicidad se manifiesta

Lunes 17 de abril de 2017
SEGUIR
PARA LA NACION
0
Foto: LA NACION

La alegría / Dramaturgia y dirección: Ignacio Apolo / Intérpretes: Andrea Strenitz, Lucas Barca, Martina Viglietti, Matías Alarcón, Rosario Ruete / Escenografía e iluminación: Félix Padrón / Sonido y musicalización: Daniel Quintés / Sala: teatro El Extranjero (Valentín Gómez 3378) / Funciones: jueves, a las 21 / Duración: 85 minutos / Nuestra opinión: Muy buena

Reina la confusión en los primeros minutos de La alegría. Tras un entrenamiento corporal con música relajante, los personajes salen disparados, tiran frases inconexas, distribuyen focos en forma errática, a veces entre ellos, a veces a público, a veces internos. Sin embargo, quien conozca las piezas recientes de Ignacio Apolo sabrá que ese comienzo lo que hace es exponer los elementos con los que la obra va a trabajar. La reformulación de esos fragmentos será el principio constructivo.

La anécdota trata de una madre que se dedica a "armonizar" y que, por una serie de infortunios, está con un cuello ortopédico y tres hijos adultos de vuelta en su casa. A su vez, ha comenzado una relación con un hombre más joven. Todo está servido para ver otra historia de familia disfuncional, pero La alegría no es eso. En principio, por su escenografía. El living-cocina no es aquí un espacio de identificación con lo cotidiano, sino un lugar estallado en el que abrir el microondas hace que surjan consignas políticas. La puerta de la heladera comunica con el afuera, lo que permite pensar que ese espacio es todos los espacios que se mencionan. La obra también avanza por la narración de eventos sucedidos en otros momentos y lugares, anécdotas que hacen comprensible lo que parecía disperso y que habilitan un mecanismo de repetición y reformulación. Esto acerca la pieza al absurdo, guiño que surge también con la presencia de la muerte y las sucesivas capas que combaten el sentido al tiempo que crean uno nuevo. Quizá la totalidad resulte excesiva; se puede pensar que con diez minutos menos cerraría mejor, aunque, también, la extensión hasta el agotamiento es parte de la propuesta. En un elenco parejo, se destacan Andrea Strenitz y Matías Alarcón. Por sobre las individualidades, hay un disfrutable clima de juego compartido.

El mantra de la autoayuda de "escuchar al cuerpo" es literal en estos personajes. De repente, partes de su anatomía emiten canciones pop, lo que trae a escena coreografías que suspenden la angustia. De Pharrell Williams a Violetta, la música despliega una posibilidad de plenitud que la familia no tiene en otra parte. La lectura más evidente de esto es la cínica: pensar que hay un sistema que hace mover a estos seres, una crítica a las promesas de felicidad del capitalismo y la política nacional. Pero existe también, al menos, otra forma de leer la puesta. Permite fantasear con que hay algún tipo de iluminación cierta en esas consignas cursis porque, si la felicidad no es un bien perdurable, siempre queda la posibilidad de vivir la intensidad de un instante, un baile que es verdadero, al menos mientras sucede.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas