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Uno odia, otros linchan, muchos miran

PARA LA NACION
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Ezequiel Fernández Moores
Miércoles 19 de abril de 2017
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No hay imágenes de la caída. Un hincha se toma la cabeza. Avisa lo peor. Inconsciente, y con la cabeza abierta, Emanuel Balbo recibe nuevos golpes en el piso. Le roban las zapatillas. Vuelve la imagen. Y el sonido. "¡Sacalo al culiao!", grita uno. "¡El que no salta es de la T", se burlan otros. "¡Gallina puta, la puta que te parió!", cantan muchos. La policía forma doble cordón. ¿Le habrían seguido pegando al moribundo? "¡Esta yuta culiada, no quiere entender, que Belgrano, es el capo cordobés!". "Miraba los videos que iban apareciendo -me cuenta un amigo desde Córdoba- y rogaba no ver a familiares o amigos entre esa gente". No fue el único.

El primer clásico, el 17 de mayo de 1914, terminó mal. Talleres (por entonces Central Córdoba) abandonó la cancha, disconforme con el árbitro. Dos años después, Talleres, con uno menos, empató a un minuto del final. Fue gol gracias al rebote en un hincha invasor. "Se armó un tumulto de órdago, habiendo hasta piñas y castañas", escribió al día siguiente La Voz del Interior. Pasiones y calenturas hubo siempre. También convivencia. En 1968, el Belgrano de la Pepona Reinaldi y Palito Mamelli, primer representante cordobés en el Nacional, era orgullo de toda Córdoba, hinchas de Talleres incluídos. Y viceversa: "Los altavoces del estadio de Belgrano -cuenta otra crónica del 29 de julio de 1974- anunciaron el gol de (Daniel) Willington para Talleres; hubo una ovación y el grito de 'Córdoba' repetido varias veces". Willington, justamente, se llama la tribuna desde la que el último sábado arrojaron a Emanuel Balbo. Por ser "hincha de la T". Un "infiltrado", como se dice hoy.

"La Fiel", barra de Talleres, fue distinguida en mayo de 2013 por la Legislatura cordobesa. Seis meses después, cinco de sus integrantes fueron arrestados y sometidos a juicio por matar a un joven, frente a su hijo de dos años, en una discusión banal en un balnerario de Villa Carlos Paz. Las dos barras revivieron internas el año pasado. En Belgrano, una banda cuyo líder fue arrestado por narco, amagó atacar a la barra histórica de "Los Piratas" liderada por Roberto Ponce, el Loco Tito. Años antes, el Loco Tito había reivindicado amistad "con los chicos de La Fiel". Los que mataron el sábado no eran capos barras. Tampoco lo eran los que quisieron linchar a Emanuel cuando agonizaba. Lo que sucedió fue algo más profundo que el fenómeno barra. Algo que, tal vez, tampoco se puede explicar sólo con el fútbol. Porque otros, con y sin uniforme, linchan en la calle. Y muchos otros linchan en la web. Uno odia. Y miles lo siguen.

Medio centenar, es cierto, fueron el último sábado más que 57.000. ¿Pero cuántos de esos 57.000 -padres e hijos incluídos- cantaron insultando a Talleres? ¿Cuántos de otros miles y miles de hinchas argentinos, del equipo que sea, hacen lo mismo todos los domingos con su rival? ¿Y cuántos otros llevan eso a la práctica con patadas, piñas o empujones que no terminan como en el Kempes simplemente por un centímetro de diferencia o porque no aparecía un foso en el camino? Es cierto, antes y también después del partido, hinchas de uno y otro posaron y marcharon juntos contra la violencia. Hablaron jugadores, dirigentes y cuerpo técnico. Y también fueron hinchas de Belgrano los que dieron las primeras señales para identificar a los bárbaros. Hinchas que escriben en estos días a sus clubes proponiendo medidas pacificadoras. No alcanza.

¿No siguen hoy homenajeando a capos barras clubes y jugadores casi todos los fines de semana? ¿Cuántas muertes han sucedido ya dentro de la cancha y el partido siguió como si nada? ¿O no fue en 1983 cuando una bengala mató a un hincha de Racing en la Bombonera y se cantó durante años celebrando el homicidio? ¿Y no se mata inclusive ya hasta en el fútbol infantil? Las imágenes, que sí son novedad, potencian todo. Las del Kempes recorrieron el mundo. Paulo Dybala contó que tuvo que hablar del tema a sus compañeros de Juventus. El campeón italiano, lo contamos aquí una semana atrás, acordaba hasta el año pasado con un capo mafia boletos a cambio de paz en la tribuna. Todos los clubes, afirmó el dirigente Luciano Moggi ayer mismo al diario AS, regalan entradas del modo que sea para que los ultras estén contentos y tranquilos. "Los clubes son rehenes", agregó Moggi. También suelen ser cómplices.

En el Primer Mundo, que se protege votando xenófobos y narcisistas, Borussia Dortmund juega hoy en Mónaco por la Champions. La ida, sabemos, debió aplazarse por las tres explosiones contra el autobús del Dortmund cuando iba al estadio. Un jugador fue enviado de urgencia al hospital. Piezas de metal se incrustaron en asientos. Dantesco. El partido se jugó al día siguiente. Es el show que siempre debe seguir y que el fútbol escenifica como nadie. Acá, Boca y River jugaron después del desastre y ni siquiera hubo una pancarta por Emanuel. Los hinchas del Dortmund, eso sí, se hicieron tiempo en medio del dolor para ofrecer techo y comida a los hinchas rivales. Recordaron que el fútbol, como la vida, precisa del otro.

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