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Un hecho salvaje que nos interpela a todos

Asombra e indigna la pasividad de numerosos espectadores que vieron cómo se golpeaba y se arrojaba al vacío a una persona en el estadio Kempes

Miércoles 19 de abril de 2017
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Las imágenes del ataque que desencadenó la muerte del joven Emanuel Balbo, en pleno partido entre Belgrano y Talleres en el estadio Mario Alberto Kempes, de Córdoba, nos sacuden por su violencia. Pero mucho más, por la asombrosa pasividad con que numerosos espectadores contemplaban la escena, como verdaderos testigos privilegiados, sin atinar a hacer nada para evitar semejante acto de barbarie entre hinchas de Belgrano.

Lo ocurrido habla de una sociedad cada vez más violenta y cada vez más insensible, como si matar a alguien en un estadio de fútbol fuese algo completamente natural.

La crónica periodística da cuenta de que al hincha atacado le siguieron pegando cuando estaba tirado en el piso, ya inconsciente, tras haber sido arrojado al vacío desde la tribuna. Incluso, amigos de lo ajeno lo despojaron de sus zapatillas. Ni un solo efectivo policial estaba cerca.

Nada justifica la llamativa inacción de los presentes ante el cobarde ataque de varios hinchas contra uno. El grito "ése es de Talleres", para sindicar a Emanuel Balbo como enemigo, habría sido para algunos suficiente como para condenarlo a morir a golpes en plena tribuna. La víctima ni siquiera era de Talleres y vestía los colores celestes de Belgrano. Pero aunque lo fuera la agresión resultaba injustificable.

Hay, sin embargo, una razón de fondo para explicar la pasividad de tanta gente frente a tanta fiereza. Esa razón no es otra que el miedo, que siempre paraliza e incentiva la triste cultura del "no te metás".

El miedo de los simpatizantes del fútbol frente a esa verdadera lacra que, desde hace demasiado tiempo, constituyen las barras bravas en la Argentina, no es más que un espejo del temor que los dirigentes de los clubes y las autoridades políticas sienten ante esos energúmenos que enlutan los espectáculos deportivos y que nadie parece animarse a erradicar definitivamente de los estadios.

Ese miedo se viste de impotencia y recorre todos los espacios que sucumben ante la extorsión de los violentos. Entre quienes se animan a concurrir a un encuentro futbolístico y entre quienes tomaron la decisión de dejar de asistir a esos eventos hay miedo al barrabrava, al "trapito", a la presión y al chantaje.

Los propios jugadores de fútbol son sometidos con cierta regularidad por parte de los barrabravas a "aprietes" ante los que habitualmente terminan cediendo por miedo a represalias.

Ocurre lo mismo con los dirigentes de nuestro fútbol, con la diferencia de que, en no pocos casos, éstos se benefician de los funestos "servicios" que las barras bravas pueden prestarles a cambio de la utilización de las canchas para toda clase de negocios que, por supuesto, incluyen actividades ilícitas.

De poco sirve que el flamante presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), Claudio "Chiqui" Tapia, se solidarice con los familiares de Emanuel ni que prometa un castigo ejemplarizador para el club Belgrano, si no es capaz de lograr un acuerdo entre todos los dirigentes de este deporte para poner fin al viejo estigma de las barras bravas, que, como todos saben, han sido y siguen siendo cobijadas mayoritariamente por las conducciones de los clubes.

Los hechos de violencia en el fútbol argentino se han cobrado ya 318 muertes desde 1922. Tan sólo en lo que va del presente siglo, se han registrado 118, y en los primeros cuatro meses de este año ya hubo cuatro víctimas mortales.

Antes de que tomemos estos aterradores números como algo natural, es vital que los poderes del Estado dejen de brillar por su ausencia. Como lo hemos señalado meses atrás en esta columna editorial, resultaría alentador que los legisladores nacionales activaran y agilizaran el tratamiento de un proyecto de ley que tipifique la figura penal del barrabrava y agrave las penas para todo delito cometido tanto durante un espectáculo deportivo como inmediatamente antes o después.

Si gran parte de la sociedad es presa del miedo, es precisamente porque el Estado se muestra ausente.

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