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Monteverdi: el aniversario del gran pionero

Sus indagaciones en la música para la escena fueron visionarias

Jueves 20 de abril de 2017
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PARA LA NACION
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Es posible que cuando se plantea la propuesta de escoger a los más grandes compositores de la historia, pocos o tal vez ninguno de los melómanos más consuetudinarios consideraría incluir a Claudio Monteverdi ese olimpo en el cual, seguramente, estarían Bach, Mozart, Beethoven, Wagner o Stravinski. Es tal la lejanía de su tiempo y son tan escasas las oportunidades de tomar contacto con sus creaciones que el gran compositor nacido en Cremona, hace exactamente 450 años, no tiene, prácticamente, ninguna chance de formar parte de la gran selección de todos los tiempos. Sin embargo, debería quedar absolutamente claro que Monteverdi es uno de los compositores más notables de la historia. Su genialidad, sus indagaciones creativas, sus planteos fundacionales y sus cualidades de pionero trazando sendas profundas en tierra virgen lo ubican en ese paraíso al cual sólo un puñado tiene verdadero derecho a ingresar.

No es culpa de Monteverdi el haber vivido en un tiempo en el cual se estaba amañando la tonalidad, esa matriz que gobernó las construcciones del discurso musical. La música de los últimos 350 años ha estado bajo su égida y todo aquello compuesto con anterioridad plantea cierta distancia o ajenidad en su recepción. Si a todo eso se le suma que la primera mitad del siglo XVII es un terreno de intensas experimentaciones en la búsqueda de nuevas formas de expresión y que esas músicas requieren de expertos y especialistas para su interpretación, queda claro que Monteverdi corre con desventajas notorias frente a los compositores posteriores a 1700. Sin embargo, la figura de Monteverdi emerge con una clarísima ventaja por sobre todos los músicos que vivieron en aquella época. En su haber, entre muchísimas obras más, se encuentran los madrigales más admirables, las Vísperas, una de las obras sacras más notables de todos los tiempos, y las tres óperas más maravillosas del barroco temprano, Orfeo, de 1607, El retorno de Ulises a la patria, de 1640, y La coronación de Popea, de 1642, hoy por hoy su obra dramática más lograda.

En este año de homenajes no habrá, como lo que sucede con otros compositores cuyas obras forman parte del panorama habitual de la música clásica, grandes acontecimientos a lo largo de todo el mundo, sino algunas representaciones de sus óperas, y, para cenáculos mucho más reducidos, madrigales, motetes, tal vez las Vísperas y otras obras de ocasión. En nuestro medio, se prevé representar, precisamente, sus óperas. La primera de ellas, ahora, en el Coliseo, será La coronación de Popea. Y su puesta en funcionamiento implica innumerables dificultades, tanto para el público, desacostumbrado de una ópera elaborada con un tipo de canto solista muy flexible y que prescinde de arias en su sentido más melódico y habitual, como para quienes deberán poner su cuerpo para darle vida a una obra extensa y sumamente demandante. Hay ciertas garantías de que, en este aspecto, las cuestiones funcionarán bien. Los comandantes en lo musical y en lo teatral son dos respetadísimos maestros, Marcelo Birman y Marcelo Lombardero. Lo mismo puede decirse de los músicos y del elenco, artistas más que atentos a las peculiaridades de la interpretación de la música del período pretonal.

Dos cuestiones puntuales para tomar en cuenta con respecto a La coronación de Popea. En primer lugar, esta ópera es la primera en abandonar a los Orfeos, Eurídices, Dafnes, náyades, pastores y antiguos dioses griegos que atravesaban todas y cada una de las óperas desde su surgimiento. En 1642, en Venecia, por primera vez, Monteverdi musicalizó un libreto de Giovanni Bussenello que traía a la vida a personajes históricos. Sin atenerse a ninguna veracidad -no era ése el objetivo-, Nerón, Popea, Ottavia y Séneca cantaban sus amores, sus desesperanzas, sus ambiciones y sus pensamientos. Pero, además, La coronación... se erige como una ópera equivocada, si no auténticamente única en su malignidad: la heroína principal, en las antípodas de los paradigmas operísticos que se irían consolidando con el correr de los siglos, es una advenediza codiciosa que triunfa en sus objetivos y que, entre otras consecuencias, hace sucumbir a los "buenos" de la trama. Es su proceder indetenible en pos del trono tan ansiado el que hace que Séneca sea forzado al suicidio y que Ottavia marche al exilio en las que son, posiblemente, las dos escenas más célebres de la ópera.

Como fuere, los amantes de Don Giovanni, Tristán e Isolda, Carmen o Wozzeck no deberían dejar de ver a esta precursora maravillosa. Más que eso. Esta ópera es, sin lugar a dudas, una de las más notables de todos los tiempos.

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