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La difícil convivencia del rugby

Jorge Búsico

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PARA LA NACION
Jueves 20 de abril de 2017
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La revuelta que se generó en estos días alrededor de la clasificación a los cuartos de final del Nacional de Clubes -que le otorgó una plaza a Tala y dejó afuera a CUBA- encierra un poco más que una discrepancia sobre lo que dice un reglamento de competencias. Una lectura más amplia puede llegar a cuestionarse sobre si no es éste un momento para sentarse a pensar en serio sobre el futuro del rugby argentino. Adónde va este juego no sólo en medio de una sociedad a la que constantemente se le baja un mensaje de confrontación y en la que todos somos sospechosos de algo, sino después de ese viaje supersónico y sin escalas con el que se llegó al profesionalismo pleno y, con ello, a la proliferación de torneos y seleccionados.

El rugby doméstico viene experimentando bruscos cambios para que todo se siga manejando como se lo hacía antes. No se trata de analizar sólo las estructuras ni si el personal rentado alcanza o no, sino de algo mucho más profundo, que tiene que ver con lo filosófico y que, por eso, necesita de gente de rugby que se ponga a pensar más allá de lo que resuelva la Unión Argentina de Rugby (UAR). Es que todo pasó tan rápido que hasta parece natural que el amateurismo y el profesionalismo estén conviviendo como si fuesen hermanos, cuando ni siquiera son parientes.

El poder del rugby, que lleva como escudo el de la UAR, ha sido voraz en estos años. Para llegar al primer mundo, al cual se creía que había que llegar sí o sí -y rápido- tras el Bronce del Mundial 2007, se armó un plan que tuvo más en cuenta la alta competencia que la principal actividad: la amateur. Es cierto que en un principio se la blindó del reclamo rentado que venía desde la ex IRB, pero una vez concretados todos los acuerdos (partidas de dinero, TV, patrocinadores, Sanzaar, Rugby Championship, Súper Rugby, contratos), el amateurismo quedó a la cola de todo.

Repasemos cómo arrancó el Nacional de Clubes al que la UAR quiere presentar como la madre de todos los torneos domésticos: jugadores que estaban contratados y que debieron romper lo que habían firmado para poder jugar en sus clubes, más fechas postergadas porque varios clubes estaban de gira por Nueva Zelanda y Australia. Concluida apenas la primera etapa, aparece este nuevo problema, en el que la UAR decidió, nada menos, que no cumplir con el reglamento que escribió. Ni siquiera se arrepintió de ello y recién admitió una "redacción poco feliz" cuando observó que las críticas llegaban hasta de sus propias entrañas. Si este torneo se termina desvirtuando habrá sido en buena parte por culpa de la misma UAR.

Después, está todo lo otro, que aleja al rugby competitivo de los grandes cada vez más del rugby formativo y social de los chicos: las quejas desmedidas, la necesidad imperiosa de ganar, mirarse los ombligos y algunos gestos increíbles, como dirigentes que no conocen el reglamento de la Unión de la que forman parte y el presidente de la Unión Argentina de Rugby bloqueando en twitter a jugadores de rugby que le pedían explicaciones por lo que había pasado.

¿No será hora de ir pensando si el amateurismo y el profesionalismo deben seguir conviviendo bajo el mismo techo? ¿No es momento de revisar si esta UAR, a cuyos dirigentes amateurs hay que apoyar aún en el disenso, puede con tanta y tan dispersa actividad? "Un país que no piensa no sirve para nada". Lo dijo alguien del fútbol, Diego Cocca, entrevistado para el sitio de Racing por alumnos del colegio del club. Aplica para todo.

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