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Cómo hacernos cargo de la emergencia educativa

No será ni un ministro bien intencionado ni un docente abnegado, que los hay y muchos, quien pueda modificar el grave estado de cosas en la educación

Jueves 20 de abril de 2017
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Más allá de las penosas consecuencias del conflicto docente, es un dato incontrastable de la realidad que la educación pública argentina ha caído en picada vertiginosa, por lo menos durante los últimos veinte años. Nadie con mínima buena fe discute este hecho tan lamentable como evidente, que se hace patente en la comparación de resultados de cuanta encuesta, evaluación o competencia a nivel internacional se quiera utilizar.

También está constatado que el nivel de abandono y repitencia de los estudios, primarios, secundarios y terciarios, ha pasado de ser alarmante a calificarse, sin metáforas, de catastrófico. Con el agravante de que los estudios primarios y secundarios son hoy claramente obligatorios, según marca la ley.

En la ciudad de Buenos Aires se han observado crecientes esfuerzos que incluyen hasta aquí, por ejemplo, el haber instaurado la obligatoriedad del jardín de infantes desde lo formativo o insistir sobre la importancia de la jornada completa, tanto como la preocupación por la estructura edilicia para reparar y remozar escuelas de construcciones muy antiguas que requieren continuo mantenimiento y que, en el interior profundo de nuestro extenso territorio, luchan por acompañar con más carencias que útiles el crecimiento de nuestros niños. En la Nación, el actual ministro Esteban Bullrich ha asumido públicamente compromisos relevantes que, a juzgar por sus antecedentes en su anterior función dentro del gobierno porteño, despiertan fundadas esperanzas de cumplimiento.

También es un hecho de la realidad que desde hace mucho tiempo se está produciendo un traspaso de la matrícula de alumnos de la escuela estatal a la privada, una tendencia altamente preocupante que la situación económica de los sectores menos favorecidos desaconsejaría rotundamente y que no es sino una prueba más del fracaso de la escuela pública. El traspaso no es abonado sólo por las familias más pudientes, sino que se registra también en los sectores de menores ingresos, que necesitan que sus hijos asistan a la escuela para que los padres puedan ir a trabajar, sorteando los innumerables paros docentes que caracterizan la escuela pública; bien saben ellos que sin educación sus hijos jamás superarán lo que hoy se llama "la brecha".

Pero la escuela no es un depósito de niños, sino la principal herramienta de desarrollo de las personas y de los pueblos. De nada sirve recordar con nostalgia las épocas en las cuales la escuela pública superaba ampliamente en calidad de enseñanza la privada. Quienes cursaron en ambas, muchos años atrás, así lo atestiguan.

El recurrente incumplimiento del calendario escolar, la resistencia de muchos docentes a ser evaluados, la renuencia a la capacitación permanente, el bajo nivel de tantos maestros y sus dificultades para enfrentar creativamente el avance tecnológico, unidos a la creciente falta de prestigio de la actividad, antes tan reconocida, son algunas de las causas de esta emergencia educativa sin precedente que tan cara le está costando a nuestro país.

Aunque no sea simpático decirlo, nos permitimos recordar a un ministro inglés que, cansado de las huelgas injustificadas, afirmó: "La educación en Inglaterra es un tema demasiado importante para que quede en manos de un sindicato". La frase es fuerte, pero la realidad también lo es. En la educación argentina falta una real toma de conciencia que ponga a prueba la auténtica responsabilidad de los educadores, tan mal representados por sus organizaciones sindicales, que muchas veces sólo persiguen objetivos políticos circunstanciales, cuando no cuestionables liderazgos y protagonismos personales, dirigidos a mantener inalterable un cuadro dramático de penoso nivel educacional.

Es tiempo de que los dirigentes cambien o de que los actuales hagan borrón y cuenta nueva y se sienten a dialogar constructivamente con las autoridades, postergando todo reclamo sectorial y apostando a un destino de grandeza para la educación argentina. Sin dicho salto cualitativo en nuestra educación, será imposible alcanzar el nivel de las acciones necesarias para sortear de una buena vez los obstáculos que nos impiden contar con una educación de calidad e inclusiva.

La educación no es ajena a la crisis de valores a la que asistimos. Es en todo caso una consecuencia de pesados efectos. El sano principio de autoridad que debería regular la convivencia es hoy pisoteado por los principales actores. ¿Cómo explicar, si no, que los padres puedan cuestionar hasta con violencia la calificación que un docente pueda hacer de su hijo? O que los maestros se sumen a cuanta oportunidad de parar y dejar sin clases a los chicos encuentren, alentados por una representación sindical que lejos está de comprender el verdadero y funesto alcance de sus acciones. La subversión del orden que debe primar en el ámbito educativo para el cumplimiento de los objetivos pedagógicos es total, tras años de consentir en silencio a quienes equivocadamente asocian la autoridad con el autoritarismo. En tanto cada uno de nosotros permanezca en la butaca como simple espectador, poca esperanza asoma a futuro. No será ni un ministro bien intencionado ni un docente abnegado, que los hay y muchos, quien pueda modificar el grave estado de cosas. Hemos de ser cada uno de los argentinos, desde nuestra convicción puesta en acción, quienes decidiremos qué educación y, por lo tanto, qué futuro deseamos para nuestro país. Es tiempo de que todos nos hagamos cargo.

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