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Postales de la alta costura en Buenos Aires

Domingo 23 de abril de 2017
LA NACION
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Una trama de los comienzos de la alta costura en Buenos Aires admite variaciones sobre toiles importadas de París que reproducían con precisión las túnicas con corte al bies de Madeleine Vionnet como los dictados de moda de Worth y Lanvin. También acepta historias de ajuares para novias, casos de modistas y creadores europeos que anclaron en Buenos Aires escapando de la Segunda Guerra y modistos de provincias que llegaron con la premisa de vestir a divas del cine. Un tour retrospectivo que se inicia en 1917 con Henriette, la casa de modas de las hermanas Schwartz que además de difundir los dictados en siluetas y texturas de la moda parisina, devino academia de alta costura para las 200 operarias del taller. Ya en los 60 innovó cuando Nona, la hermana menor del clan, vistió a las novias del jet set vernáculo de rosa o verde agua.

Continúa con Bernarda, la creadora catalana que en 1940 ancló en Buenos Aires y, luego de dirigir la sucursal porteña de la casa Paquin, abrió su atelier en la calle Viamonte. Allí se cosió el vestido con moldería de Madame Grés reinterpretado en jersey negro que Eva Perón lució en su visita al Vaticano en 1947. Y se practicó una curiosa fusión de truco de alta costura con fórmula cosmética: para suavizar la piel de quien usaría sus trajes solía disponer crema de almendras entre los pliegues.

Contempla las extravagancias de Jacques Dorian, el creador veneciano que, asistido por su novio carioca, predicó el New Look mediante vestidos de noche con superposición de faldas y texturas, y trajes sastre de cintura avispa que tomaban forma en su atelier de Marcelo T. de Alvear 871. Le enseñó a Kouka los trucos para transitar la pasarela con la pelvis hacia delante que le permitieron ganar el concurso de moda que la llevó de Flores a París, y repetía: “En una casa de alta costura puede haber vestidos de mal gusto, pero la técnica tiene que ser perfecta”.

Y no puede omitir las extravagancias con trazos intelectuales de la austríaca Fridl Loos, la diseñadora graduada en la escuela de arte de Viena que en 1940, luego de un viaje por Salta y Jujuy, marcó una ruptura con la exaltación del imaginario europeo para bucear en lo autóctono y remixarlo con lo foráneo. Sus túnicas con guardas de ponchos pampa y creaciones en barracán y patchworks fueron elogiados en una crónica del Womens Wear Daily, en 1944. ¿El título? The South American Way, Creaciones de Fridl Loos para la alta sociedad de Buenos Aires. El documento de moda reproduce looks para estancias y centros de esquí y el croquis de un proyecto ambicioso que nunca se concretó: una tienda en Punta del Este con mecenazgo de Helena Rubinstein e interiorismo del marido de Fridl, el arquitecto Walter Loos.

El diseñador Hernán Fragnier, nieto de una costurera e hijo de una modista de alta costura, me contó: “Se suele hablar de la Santísima Trinidad de la moda argentina para referirse a Carola, a Vanina de War y a Jacques Dorian; Carola tuvo la licencia de Christian Dior y por su casa de Talcahuano 1100 iban señoras elegantes, mientras que Dorian era más vanguardista. A diferencia de las demás casas de alta costura, Jacques tuvo además una tienda dedicada a ropa masculina: fue el rey del pespunte en la ropa de hombres y en los percheros hubo trajes color fucsia”. Además Fragnier, que presidió la Cámara Argentina de la Moda, me proporcionó una postal sobre los estilos imperantes en la casa de modas de Greta Markowics. “Cada temporada Greta sorprendía con 70 toiles de París, ella tenía una modelo de cabina que llegaba a trabajar a las 8, vestida de un modo muy elegante, como si fuera otra clienta, luego se ponía una bata y permanecía a disposición de las pruebas. Sobre su cuerpo se probaban hasta 15 vestidos cada día. Ninguna clienta quería sacarse el traje de la prueba hasta tener la aprobación final de Greta. Mientras la diseñadora fumaba, comía mentol en polvo o tomaba un vaso de whisky (porque en la maison el scotch era la bebida que se servía a todas las clientas, aún a las que no bebían) sentenciaba: “Eso le queda muy chic”.

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