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Una mirada potente sobre un clásico de Henrik Ibsen

Viernes 21 de abril de 2017
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Hambre y amor / Dramaturgia: Henrik Ibsen / Intérpretes: Carolina Faux, Micaela Rey, Jada Sirkin, Mirta Bogdasarian, Leonardo Martínez, Pablo Díaz / Música: Manuel Llosa / Vestuario: Leonel Elizondo / Versión, espacio escénico y dirección: Ricardo Bartís / Sala: Sportivo Teatral, Thames 1426 / Funciones: viernes, a las 21; sábados, a las 21 y a las 23 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

El Sportivo Teatral que dirige Ricardo Bartís es una de las trincheras más significativas del teatro independiente nacional. Todo proyecto que se genere desde allí se vuelve, de inmediato, relevante. En este caso, la obra es Hambre y amor, una versión de Hedda Gabler, de Ibsen. Tomar un texto canónico, uno que parece exigir intérpretes de virtuosa docilidad más que actores creadores, es un desafío para un director dedicado a trabajar con el actor en forma exhaustiva, no combatiendo su subjetividad para que interprete a un personaje que le es extraño, sino haciéndola entrar en escena.

La anécdota es la de una mujer insatisfecha, ansiosa por hacer que pase algo capaz de hacerla sentirse viva. No le importa qué se cruce en su camino ni quién pueda caer. Numerosa bibliografía ha intentado dar con la causa psicológica del mal que sufre; sin embargo, sigue habiendo en su condición algo misterioso que se resiste a una lógica causal.

El espacio es uno de los aciertos. Si Hedda Gabler, hoy, parece pertenecer más al circuito oficial o a una sala multitudinaria, Bartís devuelve este drama burgués a la esfera de la intimidad al elegir darla para una veintena de espectadores por función en una sala pequeña ubicada en lo alto del Sportivo. Éste es uno de los desajustes con los que juega Hambre y amor, los parlamentos toman, desde allí, una distancia ante lo enunciado.

La puesta juega mucho con lo metateatral, denuncia características del realismo decimonónico que hoy resultan chocantes. Los personajes miran al público y explican los hilos que los están moviendo: "Se dedica a dar información", dice Brack refiriéndose a la Señora Elmer. No sólo porque a veces sus entradas no parecen tener otra finalidad, sino porque, también, se dedica a anunciar a las personas que entran y salen en la manía del realismo de potenciar los encuentros personales. Si la puesta no oculta estas condiciones del texto, tampoco se las toma en chiste. Entiende que un clásico tiene, también, las marcas de su momento de enunciación. Pareciera que los actores denuncian en esto las constricciones a las que fuerza el registro realista.

Hay una potencia en los actores en pugna con el texto, de esa tensión surge lo hipnótico de la pieza. Además, la obra abunda en estampas que comprimen un sentido latente. Cuando Hedda toma sus pistolas, recuerda que pertenecieron al General Gabler. Al hacerlo, mira un cuadro de Perón en el suelo y se detiene un instante. En ese momento, la obra se pone en abismo, el espectador busca el nexo entre Hedda y el peronismo, sabiendo que en esa lectura se oculta algo que compete a todos. Dentro de un grupo de gran solidez, se destaca Micaela Rey, que combina la desazón y la rabia sin dejar de estar siempre contenida. Las telas pesadas que visten a los personajes que contrastan con la liviandad de la de Hedda hacen del vestuario otro punto alto.

Vale mencionar que el Sportivo Teatral se caracteriza por su trabajo de laboratorio. La presentación de la obra para un grupo reducido de espectadores es una etapa más del experimento, parte de su desarrollo, no su fosilización. Los que asisten se saben parte de este proceso de intentar desentrañar, juntos, este clásico y lo que ahora tiene para decir. Hay unos pocos creadores teatrales que han cultivado, en un espacio, una ética y una estética durante décadas, guiados por principios inclaudicables. Su presencia es irreemplazable para el teatro nacional. Omar Pacheco, Norman Briski, Ricardo Bartís son algunos de sus nombres. Poder contemplar sus creaciones es un privilegio que está al alcance y del que conviene participar.

Gabriel Isod

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