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Corea del Norte, la madre de todas las pesadillas

The New York Times
Viernes 21 de abril de 2017
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NUEVA YORK.- El presidente Donald Trump mete miedo en más de un sentido, pero tal vez la pesadilla más aterradora sea la que lo muestra derrapando hacia una Segunda Guerra de Corea.

Podría iniciarse porque la actual estrategia de confiar en que China presionará a Pyongyang muy probablemente fracase. Y Trump se pondrá furioso por las risitas disimuladas que provocará la vacuidad de sus amenazas.

En determinado momento, los servicios de inteligencia norteamericanos detectarán algún misil norcoreano listo para una prueba de lanzamiento, y entonces un presidente paria lleno de frustración tal vez no pueda resistir la tentación de mostrar sus músculos.

En un excelente nuevo ensayo publicado en la revista Foreign Affairs, Philip Gordon imagina ese escenario en el que Trump podría desencadenar una guerra por accidente: "Podría no hacer nada, pero eso lo haría quedar mal y envalentonar a Corea del Norte. O podría destruir el misil de prueba en su plataforma de lanzamiento con una descarga de misiles crucero, bloqueando el camino de Pyongyang hacia la disuasión nuclear, reforzando la línea roja y enviando una clara señal al resto del mundo".

Lamentablemente, nadie ganó dinero apostando a la moderación norcoreana, y el país podría responder descargando su artillería sobre Seúl, una metrópolis de 25 millones de habitantes.

La ventaja de una guerra sería la destrucción del régimen norcoreano, pero Corea del Norte tiene el cuarto ejército más numeroso del mundo (pueden enrolarse hasta chicos de 12 años), y 21.000 piezas de artillería que en su mayoría apuntan a Seúl.

También tiene un arsenal de miles de toneladas de armas químicas y misiles con capacidad de alcanzar Tokio.

El general Gary Luck, ex comandante de las fuerzas estadounidenses en Corea del Sur, calcula que una nueva guerra de Corea podría cobrarse un millón de vidas y causar un billón de dólares en daños.

Kurt Campbell, ex subsecretario de Estado para Asia Oriental y actual presidente del Asia Group, advierte: "No creo que haya una acción militar plausible que no entrañe la posibilidad de un conflicto de proporciones catastróficas".

El secretario de Defensa norteamericano, Jim Mattis, lo sabe, y tanto él como los otros miembros adultos del gobierno de Trump se opondrían a cualquier llamado a un ataque preventivo.

La preocupación por la reacción norcoreana fue la que impidió que Richard Nixon lanzara un ataque militar en 1969, cuando Corea del Norte derribó un avión militar norteamericano y terminó con la vida de los 31 estadounidenses a bordo. Y es lo que impidió que todos los presidentes posteriores hayan atacado al Norte a pesar de sus continuas provocaciones, desde falsificar billetes de 100 dólares hasta expandir su programa nuclear.

Lo que a mí me preocupa, sin embargo, es que a la política actual, heredada de Obama, se le está acabando el tiempo, que todas las políticas norteamericanas y surcoreanas hacia Corea del Norte a lo largo de los años mayormente fracasaron, y que Trump parece temperamentalmente proclive a disparar misiles.

Cuando el vicepresidente, Mike Pence, dice respecto de Corea del Norte que "se terminó la era de la paciencia estratégica", algo de razón tiene: la paciencia fracasó. Corea del Norte es el lugar más extraño que he pisado en mi vida, pero ha avanzado como amenaza militar: cuando empecé a cubrir las noticias de Corea del Norte, en la década de 1980, el país no tenía una sola arma nuclear. Ahora tiene unas 20 y las sigue fabricando a todo vapor.

Para colmo se cree que en un par de años más, Corea del Norte estará en condiciones de dotar de cabezas nucleares a misiles intercontinentales capaces de devastar la ciudad de Los Angeles. Los ciberataques norteamericanos de "desvío de lanzamiento" pueden demorar el avance norcoreano, pero la amenaza sigue ahí.

Si un ataque militar es impensable y no hacer nada también, ¿qué tal la idea de Trump de codear a Pekín para que presione a Pyongyang?

Vale la pena intentarlo, pero tampoco creo que funcione. Las relaciones de China con Corea del Norte no son tan estrechas como Estados Unidos cree. Una vez, un norcoreano me presentó a otro diciéndole: "El gobierno chino no lo quiere a Kristof", y luego sonrió, como para dejar en claro que era un elogio.

El presidente chino, Xi Jinping, probablemente aumente las presiones de alguna manera sobre el régimen, y eso ayuda -los misiles norcoreanos tienen algunas partes de fabricación china-, pero casi nadie cree que Kim Jong-un vaya a desprenderse de sus armas nucleares.

En la década de 1990, Corea del Norte siguió con su programa nuclear a pesar de una hambruna que se cobró la vida del 10% de la población, así que cuesta creer que un castigo más modesto vaya a torcerles el brazo ahora.

Traducción Jaime Arrambide

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