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Yavi, devota: plegarias y lamentos se elevan en la soledad de la Puna

El Viernes Santo, las calles de este pueblo jujeño se llenaron de mujeres que bajan del cerro a cantar toda la noche, con las "lloronas", salmos por el Cristo en la cruz

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LA NACION
Viernes 21 de abril de 2017
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Con la tarde, bajan grupos de mujeres que se abren paso entre la gente y entran cantando a la iglesia
Con la tarde, bajan grupos de mujeres que se abren paso entre la gente y entran cantando a la iglesia. Foto: LA NACION / Lucio Boschi

YAVI, JUJUY.- A las cinco de la tarde, Yavi parece un pueblo fantasma. Las casas de adobe reciben, mudas, el calor del sol. En medio del silencio, se alza la voz de una mujer y unas palabras en quechua estallan en el aire. No es posible saber de dónde vienen ni atrapar su significado, pero tienen un tono de reproche, como si estuvieran dirigidas al hijo que desobedece o al marido que otra vez anduvo bebiendo. Sin embargo, no hay réplica, y la queja es devorada por la inmensidad de la Puna.

Al rato, un hombre se sienta en el umbral de una casa, ante la calle de piedra que lleva a la iglesia. Bajó de los cerros para la celebración del Viernes Santo, como todos los años desde que tiene memoria. "Caminé dos horas para llegar. ¿Cómo voy a faltar a la misa de hoy?", dice. Apoya sus manos ajadas en un bastón de madera que, de tanto andar, adoptó el color del polvo que por aquí lo cubre todo. Con sólo 76 años, se lamenta, no oye de un oído y la vista le anda fallando. Le pregunto su nombre y eso lo altera: "¿Por qué?", dice. Le explico que soy periodista, que trabajo en un diario de Buenos Aires y que escribiré sobre lo que ocurrirá hoy en Yavi. Eso para él no significa nada. En mi país, estoy entre gente que habita un mundo muy diferente del mío, hecho de distancias y silencios. Desconfiados, los indios parecen refractarios a la mirada del que viene de afuera.

La iglesia de San Francisco. Desde la caída de la tarde, los fieles y las doctrinas (grupos de mujeres cantoras que bajan de los cerros) empiezan a congregarse frente a este templo de 1690
La iglesia de San Francisco. Desde la caída de la tarde, los fieles y las doctrinas (grupos de mujeres cantoras que bajan de los cerros) empiezan a congregarse frente a este templo de 1690. Foto: Lucio Boschi

No llegan ómnibus a Yavi, apenas algunos autos venidos de La Quiaca, ubicada a 16 kilómetros. Traen turistas o lugareños convocados por las procesiones que desde tiempos remotos se celebran aquí cada Viernes Santo: grupos de mujeres bajan de las comunidades indígenas vecinas y recorren las calles del pueblo desde la noche hasta el amanecer, mientras cantan letanías por la muerte de Jesús. Algunas van tapadas por tules blancos y llevan su largo pelo negro peinado hacia adelante, cubriéndoles la cara. Son las "lloronas de Yavi". Así llaman a esta celebración religiosa muchos folletos turísticos. Sin embargo, hay una distancia insalvable entre esas descripciones y lo que ocurre en verdad. La realidad siempre resulta más precaria, sorprendente y elusiva que las simplificaciones del marketing.

Los fieles

Los que llegan en auto y los que bajan del cerro confluyen en la pequeña iglesia de San Francisco, construida en 1690. Fue la capilla de la residencia del señor del Marquesado del Valle de Tojo, que se levanta al lado, hoy un museo. En la biblioteca de esa casa había, hasta que desapareció hace unos 15 años, una edición en dos volúmenes del Quijote de principios del 1600. El escritor Héctor Tizón narró la historia de aquel "incunable" -o de lo que en verdad era una réplica- y del último marqués del lugar en el relato "El ingenioso hidalgo de Yavi", de su libro Tierras de frontera.

Parece una ironía que el único marquesado que existió en suelo argentino se haya constituido en este pueblo hoy olvidado. Pero el lugar estaba a medio camino entre las minas de Potosí y el Río de la Plata, una locación estratégica, y hubo marqués de Yavi desde el siglo XVI hasta que la Asamblea del Año XIII, en medio de las luchas de la Independencia, dio de baja los títulos nobiliarios. A partir de entonces, Yavi comenzó a languidecer y con el tiempo fue eclipsada por La Quiaca, sede del actual gobierno departamental, adonde a principios del siglo pasado llegaron las vías del ferrocarril (hoy en proceso de recuperación, según el gobierno de Jujuy). La Quiaca, ciudad fronteriza integrada a la boliviana Villazón, tiene casi 18.000 habitantes, según el censo de 2010. En Yavi, a 3500 metros de altura sobre el nivel del mar, viven menos de 300 personas.

Desde lejos. Muchos de los que llegan a Yavi a la celebración de la misa nocturna y a la procesión de las doctrinas caminan varias horas desde las comunidades vecinas
Desde lejos. Muchos de los que llegan a Yavi a la celebración de la misa nocturna y a la procesión de las doctrinas caminan varias horas desde las comunidades vecinas. Foto: Lucio Boschi

Quizá como resabio de su momento de esplendor, la iglesia de San Francisco y la residencia del marqués están rodeadas de árboles, que en el altiplano son sinónimo de agua y de vida. En el camino desde Tilcara hasta aquí se dejan atrás incontables ríos y arroyos secos, lechos de piedra estirados al sol, pero todos en la Quebrada aún hablan de las pérdidas por las últimas inundaciones y aludes. Aquí el agua falta o sobra.

Con la tarde, bajan grupos de mujeres que se abren paso entre la gente y entran cantando a la iglesia, donde se han quitado todos los bancos. Adentro, la humildad del piso de ladrillo y las paredes de adobe contrasta con el laminado en oro del altar y la madera tallada del púlpito, también dorada a la hoja. En la media luz de las velas, abruma la profusión de cuadros con escenas bíblicas, de figuras religiosas, de imágenes, muchas de ellas traídas desde el Cuzco a fines del siglo XVII.

¿Qué verán los indígenas en estos símbolos que trajo la Conquista? Ellos levantaron su propio Monte Calvario: sobre una estructura de troncos apoyada en una de las paredes de la nave han dispuesto ramas de molle y rosas amarillas, una gran cama vertical donde yace, en el centro, un Cristo en la cruz. A un catolicismo sombrío y barroco, que carga el peso de los siglos, le han opuesto flores frescas.

La iglesia

La iglesia se llena de cantos. Cada grupo de mujeres hace el suyo, en su propio tono. Se entremezclan todos de forma azarosa y, sin embargo, las voces forman un solo lamento. En esa queja prolongada, los motivos andinos basados en escalas pentatónicas se confunden con la cualidad modal de los cantos gregorianos. Una combinación extraña, que cala los huesos. Algunos turistas, en medio de los celebrantes, sacan fotos o filman con los celulares. Otros cierran los ojos, abandonados al poder mántrico de la música.

Mientras, la gente del lugar se abre paso para llegar al altar. La devoción cobra muchas formas. Algunos avanzan arrodillados hasta las imágenes. Otros, después de rezar, dejan la iglesia caminando hacia atrás, sin dar la espalda al altar. Una colla muy encorvada, vestida de negro, entra de la mano de un chico. Le pide algo en quechua, nerviosa. De pronto se da vuelta y sus ojos hundidos encuentran los míos: "Quiero encender mi velita", dice con desasosiego. Le traigo una cajita de fósforos que encuentro en una mesa cercana. Enciende la vela, la coloca en un candelabro y se arrodilla a rezar. Luego me dice que trae unas intenciones para la misa. La acompaño hasta un rincón donde hay un ayudante del cura. Tras rebuscar en su bolso, extrae un papel doblado con un billete de diez pesos en el medio y se lo entrega al hombre. Se llama Luisa, me dirá después, tiene 75 años y vino acompañada de su nieto Tobías, de 10. ¿Y las intenciones? ¿Por quién ha pedido? "Por las almitas enfermas, por los angelitos que han muerto y por mi hermana, ya grandecita. La atormentan los malos sueños."

Presencias fantasmales. Las lloronas, mujeres cubiertas con tules blancos, cargan al Jesús desclavado y otras imágenes durante un viacrucis de 14 estaciones por las calles del pueblo
Presencias fantasmales. Las lloronas, mujeres cubiertas con tules blancos, cargan al Jesús desclavado y otras imágenes durante un viacrucis de 14 estaciones por las calles del pueblo. Foto: Lucio Boschi

La misa empieza pasadas las 8.30. El cura es negro y lleva el pelo atado con rastas. A lo español, a lo indígena, se suma lo africano. La escena, surreal, está siendo filmada por un equipo de TV que se mueve como puede entre las casi cien personas que se apiñan dentro de la iglesia. Afuera, otras cien o poco más escuchan la celebración por un parlante. La presencia del sacerdote impone silencio. Sólo queda colgada la voz estentórea de un distraído que le cuenta a un compadre que acaba de perder dos ovejas.

Desde el altar, se dramatiza la pasión en tres voces: la del cura negro, la de un sacerdote indígena llegado de Salta y la de una mujer colla mayor. Hay más cantos. El fervor crece. A las 10, un hombre con túnica blanca trepa por la cama vertical de flores a desclavar el Cristo, guiado desde el púlpito por la palabra del cura. "Le quitamos el clavo de la mano derecha, para que esa mano pueda bendecir", dice el celebrante. "Ahora, el de la mano izquierda, para que Jesús pueda abrazar." Por último liberan los pies, "para que pueda caminar". Los rostros aindiados están todos vueltos hacia el Cristo. Quizá vean en él a alguien que sufre más que ellos y con cada clavo que le quitan se sacan de encima alguna pena. Pero podría ser al revés, como sugiere el peruano José María Arguedas en su novela Los ríos profundos: tal vez el Cristo que agoniza, con su rostro doliente, con sus heridas sangrantes, mostrándose como el que más padece, ahonda las aflicciones de esta gente y crea más sufrimiento.

Los cantos

Las voces crecen. Cada una de las doctrinas (así llaman a estos grupos de mujeres que bajan hoy de las comunidades, un nombre que viene de la organización religiosa del antiguo espacio colonial) canta guiada por un "maestro", casi siempre un hombre dedicado a evangelizar entre los suyos. En medio de esa polifonía anárquica, se advierte que ese canto, esa música que sobrecoge y eleva, es el corazón de la fiesta. Las voces indígenas embellecen los salmos religiosos. Su textura seca y desnuda, la forma en que se corren de la nota justa quizás un cuarto de tono marcan estos lamentos con una tensión y una aspereza que parecen parte inescindible de este paisaje de montañas y cielos vacíos. Esa desafinación natural que suena tan hondo tal vez condense, al menos en la música, la identidad irreductible de estas gentes.

Cerca de mí, una mujer canta como un ángel que bajó a la Tierra. Pertenece a una doctrina de unas diez integrantes y su voz se combina de manera maravillosa con la del "maestro". Canta en forma queda, casi con desgano, pero con gran caudal. Canta como sopla el viento o como arde el fuego, desde adentro, sin escucharse, y el alma le sale sin esfuerzo en la voz. Se diría que sonríe mientras canta, como si en medio de esa celebración comunitaria fuera dueña, al mismo tiempo, de una satisfacción muy íntima. Lleva un niño atado en la espalda y la acompañan, pegadas, dos hijas de unos 10 o 12 años. Es indígena, pero viste con jean y campera, como todos los jóvenes aquí.

A media luz. Las doctrinas y los fieles avanzan en medio de las calles oscuras del pueblo, y muchos alumbran la noche con faroles armados con velas y papel de colores
A media luz. Las doctrinas y los fieles avanzan en medio de las calles oscuras del pueblo, y muchos alumbran la noche con faroles armados con velas y papel de colores. Foto: Lucio Boschi

Se llama Lidia Calisaia, me dirá, tiene 31 años y viene de Quirquinchos, una comunidad de agricultores y pastores de diez familias que queda a 15 kilómetros de aquí. Llevan una semana preparando estos cantos, que han heredado de los abuelos, dice. Baja a Yavi cada Viernes Santo desde los 5 o los 6 años.

-¿Y por qué cantás?

-Porque soy católica.

-¿Te gusta cantar?

-Me hace sentir bien. Canto los sentimientos que llevo adentro.

Cerca de las 11, la procesión sube por la calle Antonio Gaspar. La preside el Cristo desclavado, ubicado en una urna de vidrio, donde puede ser visto. Lo cargan cuatro "lloronas" que caminan descalzas sobre las piedras, como fantasmas, el rostro oculto por el pelo y los tules blancos que las cubren hasta los pies. Acompañan al Cristo una figura de la Virgen de los Dolores y otra de María Magdalena. Detrás van las doctrinas, que lanzan sus lamentos al frío cielo nocturno, los lugareños que participan y también los turistas, cuya presencia no altera la celebración. La oscuridad de las calles de Yavi se alumbra con farolitos armados con velas y papel barrilete, como es tradición, pero hay mujeres que iluminan sus cuadernos, donde siguen la letra de las canciones -que se vuelven palabras incomprensibles en sus bocas- con linterna y hasta con el celular.

La procesión avanza lenta como un solo animal que canta. Se detiene en cada una de las 14 estaciones del viacrucis, adornadas con flores amarillas, donde se lee un pasaje del Evangelio y alguno de los sacerdotes dice unas palabras. Ya sobre el final, tras más de una hora de marcha, el cura de las rastas habla de las mujeres que lloran. Por sus maridos que las maltratan. Por las cargas del trabajo cotidiano. Por su lucha para cuidar a los hijos. Por el dolor cuando no tienen para alimentarlos. Por los padecimientos que nadie advierte ni atiende. Por el olvido. A veces parece que llevamos vidas fracasadas, dice el cura. A veces parece que llevamos vidas fracasadas como la de Jesús en el sepulcro, pero no es así.

Entonces, cuando la procesión baja por la calle de piedra de regreso a la iglesia, todas las doctrinas elevan juntas sus lamentos, como si conjuraran una soledad de siglos. Su canto llora la muerte de Cristo, dicen los folletos turísticos, y es posible que así sea. Pero antes ese canto encuentra en sí mismo su razón de ser y llora por quien canta, como Lidia, y también por quien camina y escucha. Es Viernes Santo y las mujeres cantarán hasta el amanecer bajo las inmutables estrellas de Yavi, sus voces devoradas por la inmensidad de la Puna.

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