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Mi jefa, mi villana favorita

La jefa por la que todos sienten odio, pero también lástima

Viernes 21 de abril de 2017 • 17:31
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Liliana no persigue cachorros de dálmata ni utiliza pieles de ningún animal, pero se nutre de la piel de los demás. Desde su puesto de jefa de sector -que no es el de presidenta, ni de directora ni de gerenta- es la villana perfecta. Hace alarde de su maldad, la disfruta. Y no se arrepiente.

Liliana De Vil está en las grandes maldades, pero también en las pequeñas. Se excita saludando con “¿cómo está mi gordito?” al compañero que intenta bajar de peso, y se deleita cada vez que le pregunta a la soltera del grupo cuándo va a conseguir un marido que le dé una alegría. También goza cuando a María le advierte que si no consigue un novio rápido se va a quedar sola. Ignora a propósito que María tiene pareja, un novio con el que Liliana tuvo un pequeño enfrentamiento y que, por carácter transitivo, la convirtió en el blanco favorito de su maldad.

Pero Liliana no sería Liliana si no estuviera protegida, ni tampoco llevaría 20 años como jefa de su sector si no fuera amiga del presidente de la empresa; cómplice en su pasividad del maltrato que ejerce sobre sus subordinados. Perdonen los lectores la terminología militar, pero Liliana tiene todas las condiciones: se lleva bien con sus amigos (y los autoriza a faltar por apenas una fiebre), mal con sus enemigos (y los obliga a ir aún cuando se les incendia parte de la casa) y manda al frente a todo aquel que no esté de acuerdo con ella.

Liliana podría ser la caricatura perfecta de un jefe con todos los defectos posibles, pero es real. El hostigamiento es su método, la degradación es su práctica y la infelicidad ajena es su objetivo. Mientras transita sus sesentas y hace lo posible para quitarse algunos años (¿miedo a la jubilación, tal vez?), prefiere que su equipo sienta miedo en lugar de comodidad, y no transmite ni un poco de la experiencia que seguramente debe tener. Segura en su puesto y segura de que las medidas disciplinarias nunca saldrán de Recursos Humanos, Liliana parece empeñada en luchar contra una sola inseguridad: la propia. Y mientras nunca nadie la llama ni nunca nadie la visita, planea su próximo golpe.

Pobre Liliana.

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