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Imponente e inolvidable

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PARA LA NACION
Sábado 22 de abril de 2017
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La coronación de Popea, de Claudio Monteverdi, con Cecilia Pastawski (Popea), Santiago Bürgi (Nerón), Luisa Francesconi (Octavia), Martín Oro (Otón), Iván García (Séneca), Victoria Gaeta (Fortuna, Drusilla), Gloria Rojas (Arnalta) y elenco. Orquesta Compañía de las Luces. Dirección: Marcelo Birman. Puesta en escena: Marcelo Lombardero. Nuova Harmonia y Buenos Aires Lírica. Teatro Coliseo.

Aun a riesgo de sonar, tal vez, injusto, podríamos afirmar que montar La coronación de Popea es más dificultoso que aventurarse con Così fan tutte, Carmen, La valquiria o El caballero de la rosa. No porque estas óperas no planteen dificultades ni sean sencillas en sus exigencias, pero sí en cuanto a que las orquestas de los teatros de ópera e infinidad de buenos cantantes las conocen, las han interpretado y hasta los públicos ya han enfrentado sus sonidos, sus argumentos y hasta pueden sentirse seguros en el momento de las comparaciones. Pero una ópera de 1642 implica adentrarse en un terreno mayormente desconocido para todos los involucrados, músicos, cantantes, puestistas y público. En este sentido, el primer elogio va para esta asociación ocasional de Nuova Harmonia y Buenos Aires Lírica que, en este Año Monteverdi, al cumplirse los 450 años de su nacimiento, asumieron la aventura de realizar su última ópera en un remozado Coliseo que, afortunadamente, lució esplendoroso para albergar el acontecimiento.

Más allá de algunos misterios en su partitura y orquestación, y no pocas diferencias entre los libretos de los dos antecedentes que existen de su representación en el siglo XVII, La coronación... es una ópera absolutamente sólida. Monteverdi se abocó a la musicalización de un libreto sorprendente de Gian Francesco Busenello plasmando una auténtica obra maestra. Su consistencia es invulnerable y se pueden admirar el ritmo teatral, en términos propios de aquel tiempo, y la inmensa capacidad para fundir texto y música en una simbiosis impecable. Claro, para poder contemplar estas maravillas es necesario que los artistas convocados se compenetren con la esencia de esta obra. Para guiarlos confluyeron los Marcelos, dos verdaderos maestros; Birman, en los aspectos musicales, y Lombardero, en los teatrales.

Salvo un breve momento inicial en el cual dos soldados lucen con atuendos de la antigua Roma, la escena de esta Coronación es atemporal y sin ubicación precisa. Si bien Lombardero utiliza de manera muy creativa todos los espacios que ofrecen el gran escenario y dos plataformas instaladas en sus costados, avanzando mínimamente sobre la platea, no se remite, únicamente, a la creación de los ámbitos de acción -la residencia imperial, el cuarto de Popea o el recinto de Séneca-, sino que, con infinitos recursos de desplazamientos, iluminaciones, cambios de vestuario y elementos escénicos e importantes cuotas de un justificadísimo erotismo, no se queda sólo en la disputa entre dos mujeres, Popea y Octavia, una con la ambición de alcanzar el codiciado trono imperial, la otra por defender su lugar. Lombardero agrega detalles, situaciones y planteos escénicos que no están ni siquiera imaginados en el libreto original, y cuya inclusión no hace sino potenciar sus significados y alcances. Si a todo eso le agrega un impecable manejo actoral, que se corresponde con el trabajo consciente de cantantes que logran ese cometido, lo que se consigue es una insuperable creación del más maravilloso teatro musical. La escena del suicidio de Séneca y el minimalismo teatral de la canción de cuna con la que Arnalta duerme a Popea son, sencillamente, extraordinarios. En las antípodas, el prólogo adoleció de un toque entre grotesco y kitsch que, afortunadamente, cuando la ópera terminó, cerca de la medianoche, había quedado muy atrás.

Los cantantes que conforman el elenco y los músicos de La Compañía de las Luces son partícipes necesarios de una puesta para el recuerdo. La enumeración de todos ellos parecería imprescindible y también el enaltecimiento de cada uno. El Séneca que compuso el venezolano Iván García fue perfecto. Su voz de bajo, su canto, su estampa y su actuación fueron sobresalientes. La chilena Gloria Rojas, Arnalta, conmovió con su densa voz de contralto profunda. Y Martín Oro, una vez más, compuso un Otón impecable en el que laten todos sus conflictos. Del mismo modo son de elogiar, largamente, Cecilia Pastawski, Luisa Francesconi y Victoria Gaeta, las tres damas en conflicto; ese Nerón tan primario y detestable que corporiza Santiago Bürgi, así como cada uno de los papeles menores. El madrigal a tres voces, cromático, doliente y sumamente dificultoso que entonan los familiares de Séneca en el momento previo a su muerte fue, sencillamente, sublime. Definitivamente, la suma de Monteverdi, elenco, orquesta y los Marcelos, es óptima. Esta Coronación de Popea quedará indeleble en la memoria.

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