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El gradualismo requiere liderazgo y coherencia

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 22 de abril de 2017

Estos días arreciaron las objeciones a la política económica, de profesionales reconocidos y consultados por inversores. Sus reproches apuntan al incumplimiento de un programa, considerado apropiado e insustituible, para revertir los principales problemas pendientes: déficit fiscal, expansión del gasto público, retraso del dólar, presión impositiva, regulación de las importaciones, entre otros. Estos cuestionamientos se acompañan con una crítica a la inexistencia de un plan explícito y a la ausencia de unificación en la conducción económica. Se extraña a un ministro que concentre decisiones y lleve adelante políticas categóricas.

Esta crítica se funda en creencias más generales. La primera alude a la velocidad y contundencia con que deben administrarse las medidas. La recomendación inicial fue aplicar un shock en los primeros 100 días de gobierno. La siguiente creencia explica la anterior: 70 años de decadencia justifican ser severos. Esa degradación se atribuye al peronismo, y habilita una tercera creencia, autoritaria, que cierto economista difundió esta semana por Twitter: "Esto es civilización o barbarie". Representa la cara brutal de la modernización, y recuerda la peor versión de Sarmiento, cuando escribió: "Tengo odio a la barbarie popular... ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden...".

Si se dejan de lado estos extremos, que sólo aprecian algunos insensatos, puede observarse que los argumentos de la ortodoxia económica no son nuevos. Se trata del programa del Consenso de Washington recalentado. Véanse, para constatarlo, las principales recomendaciones de John Williamson, su mentor: disciplina y reforma fiscal, recorte del gasto público, liberalización financiera, comercial y de la inversión extranjera, tipo de cambio competitivo, privatizaciones, desregulación y garantía de los derechos de propiedad. Algunas medidas adecuadas, otras nocivas, como se constató después. Pero en cualquier caso, una receta que pasa por alto o menosprecia los efectos desastrosos del neoliberalismo en términos de pobreza y desigualdad, que enfatizaron figuras como Stiglitz, Krugman, Picketty y Summers, entre otros.

¿Qué visión esgrime el Gobierno ante el convencimiento, aun falaz, de sus críticos? La inversión privada y la obra pública como remedios al estancamiento, la desocupación y la pobreza. El gradualismo como ritmo de las reformas, con un componente inestable de disposición a negociar y a confrontar, principalmente con el kirchnerismo, que le resulta funcional. En términos de la política económica las acciones son múltiples, aunque tienen apariencia contradictoria. Por un lado, levantamiento del cepo, arreglo con los holdouts, incentivos para el agro, blanqueo de activos, apertura al mercado de capitales, sinceramiento de las tarifas con quita progresiva de subsidios, metas de inflación empleando sobriedad monetaria y tasas de interés activas. Por otro, expansión relativa del gasto fiscal, con la intención de fomentar la obra pública, mantener y reforzar los programas sociales, y no afectar el empleo estatal y las jubilaciones. El déficit resultante se financiará por ahora con endeudamiento.

La confrontación de los argumentos del Gobierno con los de sus críticos muestra que éstos despliegan ideas bien articuladas, que hacen pasar por un manual riguroso, cuyo diagnóstico arroja un dictamen tajante: salud o enfermedad, bienestar o malestar, verdad o falsedad. Son las ventajas (y las alienaciones) de la ortodoxia. El Gobierno se mueve en el camino intermedio que exhiben sus decisiones paradójicas. Macri interpreta a un presidente reflexivo y mediador. Aspira a resolver problemas conciliando opuestos, no amputando uno en beneficio de otro. Vencer la pobreza sin desalentar al capital. Mejorar el Estado sin despedir empleados. Ser honesto sin sacrificar amigos sospechosos. Ser popular sin ser populista. Ser gradualista sin dejar de hacer reformas de fondo.

Para entender cómo esa reflexividad, acaso beneficiosa para la vida privada, puede ser inconveniente para la política, hay que escuchar a un taxista, que confiesa: "Yo a este gobierno lo voté, pero estoy desorientado, quiero que me digan a dónde vamos". Es una demanda de explicación y consistencia. No suena congruente el incremento de la plantilla estatal. Debe explicarse la política fiscal expansiva y la monetaria restrictiva. Es preciso entender la oscilación entre la confrontación y el acuerdo. Varios ministros de Economía meten ruido, no esclarecen. Tal vez, Macri deba encontrar la piedra angular de sus verdades contradictorias. El gradualismo requiere liderazgo y coherencia. De ese modo se refutará a la ortodoxia. Y quizás el taxista, experto en conducir a otros, podrá entender a dónde lo conducen a él.

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