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El futuro de Francia: el pesimismo, un desafío que compite con la economía

Quien asuma la presidencia deberá enfrentar reformas estructurales en un clima de creciente pesimismo social

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LA NACION
Domingo 23 de abril de 2017

PARÍS.- Pocos días después del 7 de mayo, una vez que las urnas del ballottage hayan dictado su veredicto, el nuevo presidente de Francia deberá hacerse cargo de un país cuyos pasivos y ventajas fueron modelados por sus antecesores. En función de esa realidad, el futuro jefe de Estado y sus equipos de gobierno sabrán exactamente cuál será la magnitud de las dificultades que los esperan durante cinco años.

¿Qué país es ese? Con 67 millones de habitantes, Francia, que irá a las urnas en la primera vuelta, representa el 0,9% de la población mundial. Su peso económico, que lo convierte en la quinta potencia mundial, es igual al 3,2% de la riqueza del planeta. El 5,8% de las 500 empresas más importantes del globo son francesas.

Su deuda pública de 2,3 billones de dólares (3,7% de la deuda mundial), equivale al 97% de su PBI. En 2016, esa deuda aumentó a un ritmo de 1560 euros por segundo.

Nadie se atrevería a decir, sin embargo, que por esa razón los habitantes de este país -el más pesimista de la Tierra, según todas las encuestas- consumen 136 millones de cajas de tranquilizantes por año.

Un policía antimotines, ayer, durante una marcha en París
Un policía antimotines, ayer, durante una marcha en París. Foto: AP / Emilio Morenatti

El salario promedio en Francia es de 1783 euros. Los franceses tienen 63 millones de animales domésticos, producen 354 kilos de desechos por año, el 19% de la gente jamás subió a un avión y el 58% se da más de dos besos para saludarse.

En 2015 se editaron 106.800 títulos de libros. El 62% de los habitantes tiene un automóvil. Pero, para medir la buena o la mala salud del país, más vale hacer como los economistas y utilizar el mejor indicador: el PBI por habitante. Es decir, la riqueza promedio anual producida, en este caso, por cada francés.

Comparado con Estados Unidos, el PBI de Francia no deja de retroceder desde comienzos de la década de 1980. Peor aún: si el país consigue mantenerse en la media de la Unión Europea (UE) es porque tanto Italia como España arrastran ese promedio hacia abajo. Francia pierde terreno comparada con los países escandinavos, con los anglosajones y, sobre todo, con Alemania.

Todos los economistas coinciden en que para reducir el déficit presupuestario, controlar el aumento de la deuda pública, reducir el desempleo -que afecta a casi el 10% de la población activa-, mejorar la competitividad, promover el desarrollo industrial y asegurar la justicia intergeneracional, el nuevo presidente deberá realizar reformas estructurales. El gran problema en ese terreno será el diálogo social. Contrariamente a sus vecinos europeos, Francia conserva una tradición de desconfianza y enfrentamiento entre empresarios y sindicatos.

En todo caso, el país vive un lento proceso de desindustrialización que se traduce en cuantiosas deslocalizaciones, incluidos los sectores industriales clave como telecomunicaciones, electrónica, automotriz, aeroespacial y armamento.

El sector terciario, que representa cerca del 80% del PBI francés y emplea más del 75% de la población activa, también experimentó su propia crisis. Primer destino turístico del mundo, que recibió 84,5 millones de extranjeros en 2015, el país resultó sensiblemente afectado por los atentados de París en 2015 y Niza en 2016.

A pesar de todo, Francia sigue siendo uno de los países donde la distribución de ingresos es la menos injusta. "El total percibido por el 20% de la población con los ingresos más altos es 4,3 veces superior al que recibe el 20% con más bajos ingresos", dice un informe del instituto France Stratégie. "Ese ratio es de 5,1 en Alemania y en Gran Bretaña, 5,8 en Italia y 6,8 en España", precisa.

En todo caso, el Estado francés tiene uno de los niveles de gasto público más elevados del mundo: 56,2% de la riqueza anual en 2016, contra 44% en Alemania. Pero el gasto social explica la diferencia con el promedio de la UE. En 2014, Francia gastó 30% más por adulto que Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Suecia y Gran Bretaña. En otras palabras, reducir el gasto público en Francia significa reducir la protección social: jubilaciones, seguro de desempleo, reembolso de atención médica, indemnizaciones por enfermedad y maternidad.

Contrariamente a lo que afirman con frecuencia los líderes de los extremos, la pobreza no ha crecido en forma exponencial. Desde la década de 1980, oscila entre el 13% y el 14,5%. Hoy se considera pobre a todo aquel que percibe el 60% del ingreso mediano (no confundir con el promedio). Es decir 1008 euros para una persona sola en 2014 y 2100 para una pareja con dos hijos.

Si bien los franceses están convencidos de que el país recibe "toda la miseria del mundo" -expresión poco feliz del ex primer ministro Michel Rocard- la realidad sobre la inmigración es completamente diferente. Desde hace 15 años, Francia se ubica entre los últimos países de la OCDE en número de migrantes. Las llegadas anuales representan 0,4% de la población, mientras la media de los 35 países de la organización se sitúa en el 0,8%.

En total, el país cuenta con el 5,9 millones de inmigrantes. Es decir, 8,5% de la población total, contra el 12,5% en la OCDE. En cuanto a los refugiados, en 2016 la cifra se elevó a 31.000. En el mismo período, Alemania recibió 800.000.

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