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Un año sin comprar: muchas ganancias y algunas pérdidas

Dos periodistas cuentan cómo fue vivir sólo con lo que necesitaban

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LA NACION
Domingo 23 de abril de 2017
Himitian y Vallejos, las autoras de Deseo consumido
Himitian y Vallejos, las autoras de Deseo consumido. Foto: Paula Salischiker
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"¿Qué es lo primero que se compraron?" Cuando uno decide pasar todo un año sin consumir más que lo necesario y por fin llega esa fecha, la gente siente desilusión cuando la respuesta es nada. Pasaron dos semanas y la contestación era la misma. A la tercera, recién empezamos a pensar en comprar. Lo hablamos entre nosotras y la única explicación que encontramos es que era cierto. Que no habíamos sufrido síndrome de abstinencia. Al contrario, llegamos menos ansiosas, más conscientes de todo lo que tenemos y más satisfechas con nuestras vidas.

¿Qué ganás y qué perdés cuando decidís pasar un año sin comprar? La primera respuesta que nos viene a la mente tiene que ver con todo lo que ganamos. ¿Pérdidas? También las hubo. Pero es probable que hayan sido momentáneas. Que se rompa tu jean favorito, que estalle la pantalla del celular o que casi agotes tu stock de sandalias son pérdidas menores cuando uno lo compara con la ganancia de haber descubierto que se puede perder todo aquello que se tiene, pero nunca aquello que se es. Por eso, sentimos que éste fue un año de ganancia. De aprendizaje. De desintoxicación.

Todo empezó hace más de un año. Nos sentíamos abrumadas por la vorágine consumista desatada durante dos fechas claves: Navidad y el comienzo de clases. Entonces tomamos la decisión e hicimos el gran anuncio. Íbamos a pasar un año sin comprar. Y así nació, el 1° de abril de 2016, este proyecto de abstinencia que llamamos Deseo Consumido y que fuimos contando en un blog. Finalmente, se convirtió en un libro, que acaba de publicar Sudamericana.

Durante las siguientes semanas en nuestro entorno no se hablaba de otra cosa. Hubo gente, preocupada, que vino a advertirnos, como si no lo hubiéramos notado, que si todos hacían lo mismo, la economía se iba a enfriar. En nuestra defensa debemos decir que pasado un año, el mercado ni siquiera se enteró de lo que hicimos.

Nos preguntábamos: ¿qué nos pasa a los ciudadanos cuando en lugar de comprar al ritmo de lo que necesitamos compramos al compás de lo que necesita el mercado?

A lo largo de este año, si hubiéramos seguido consumiendo, tendríamos que habernos comprado: un jean cada una, que es lo que en promedio compramos los argentinos. Tres carteras, tres pares y medios de zapatos, 20 prendas de vestir, dos cremas, siete kilos de golosinas... la lista es larga. Si nuestra ganancia se hubiera limitado al ahorro que puede significar no comprar, lo cierto es que no habría sido gran cosa, sobre todo a la luz de la inflación y los aumentos. Pero la ganancia fue más allá de lo que no compramos.

Hacia el segundo mes decidimos mirar puertas adentro, para hacer una evaluación de lo que teníamos, de lo que usábamos y de lo que realmente necesitábamos. Descubrimos que la tasa de uso de las cosas que tenemos es en realidad muy baja. Compramos mucho más de lo que consumimos: usamos apenas el 20% de la ropa que tenemos. Algo similar ocurre con la comida: el 35% de lo que se produce va a parar a la basura. Al investigar, encontramos experiencias internacionales que demostraron que el 80% de los objetos que tenemos en nuestros hogares casi no se usa. O, mejor dicho, que podríamos prescindir de ellos.

Tenemos que ser mucho más estrictos con las cosas que dejamos entrar a nuestras hogares. En apenas dos décadas, los argentinos pasamos de comprar nueve prendas por año a casi 20. En materia de comida, sucede lo mismo. Año a año compramos más volumen de alimentos: todos los rubros registraron en la última década incrementos significativos. Más harinas, más galletitas, más helado, más cerveza, más gaseosa, menos agua. Más golosinas. Los rubros que cayeron, en cambio, son la carne y las frutas y las verduras, que son los alimentos más sanos. Es decir, que comemos cada vez peor. Los chicos de clase media urbana reciben entre 80 y 100 regalos al año, entre Navidad, cumpleaños y el Día del Niño, entre otros. También figuran los regalitos culpógenos que llevamos los padres que pasamos muchas horas fuera de casa.

Comprar es un mecanismo que nuestra generación asocia al placer. A la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, todas aquellas cosas que se acumulan en nuestras casas, muchas incluso sin uso, se convierten en focos de insatisfacción.

Sacarse de encima

Llegar a estas conclusiones, nos llevó a la acción. No alcanzaba con no comprar. Si queríamos desconsumirnos, había que sacar. Descartar. Regalar lo que no se usaba. En junio pasado, anunciamos que, durante todo el mes, íbamos a sacar cada día, 10 objetos de nuestras casas. Tenían que ser cosas que no se usaran, pero que pudieran servirle a alguien.

En el proceso, nos reencontramos con una infinidad de objetos que ni siquiera recordábamos que teníamos o que nunca habíamos llegado a usar.

La primera semana de nuestra acción de descarte nos entusiasmó. Como queríamos ver el volumen de la acumulación, decidimos empezar a guardar todo lo que sacábamos en una cápsula de vidrio que instalamos en la galería de arte experiencia Hiedra. Allí, fuimos guardando todo lo que fue saliendo a lo largo del mes de nuestras casas. Pero la expectativa era otra. A lo largo de un mes, 600 objetos se fueron de nuestras casas. Eran 300 menos en cada hogar. Pero, mientras que todas juntas dentro de ese "chupetómetro" parecían mucho, en nuestras casas casi no se notaba el cambio. Desilusionadas, decidimos prolongar la experiencia un mes más. En total sacamos 1200 objetos. Y ahí, empezó a verse el cambio. No nos habíamos vuelto minimalistas, pero nuestros hogares se volvieron lugares más cómodos y espaciosos.

Lo siguiente fue atacar los placares. Regalamos más de la mitad de nuestros roperos. Y durante el verano, cuando nos fuimos de vacaciones con la familia (estaba permitido dentro del contrato que firmamos al empezar la experiencia), decidimos viajar con un bolso pequeño. Esto nos sirvió para descubrir que era cierto que usamos casi siempre las mismas prendas: las que nos gustan. Que no hace falta tanto.

Este año aprendimos a mirar hacia adentro de nuestras casas y nuestras vidas y redescubrimos la capacidad que todos tenemos de ser felices con poco. Que podemos tener muchas menos cosas y que nadie va a enterarse, porque simplemente usamos mucho menos de lo que tenemos.

Una sensación de alivio y de aprendizaje nos invade. También algo de nostalgia. Vamos a extrañar esto. Aunque la mayoría debe creer que, íntimamente, estábamos deseando que llegara el día que terminara nuestra experiencia, lo cierto es que ahora sabemos que nuestra vida no será la misma. Esto no será un paréntesis en una vida de consumo desenfrenado. Tampoco una experiencia "progre" de autoconocimiento.

Nos lo preguntaron infinidad de veces en estos meses: ¿Y? ya sacaron pasajes para Chile... ¿Miami? No. Para nada. Lo más valioso fue habernos conectado con nuestro costado más auténtico. Más imperfecto. Y, en cierta manera, fue una experiencia detox. Estamos desintoxicadas del consumo. El mayor aprendizaje de este año quizás fue éste: ¿sabés qué pasa cuando estás todo un año sin consumir? ¡Nada! No pasa absolutamente nada. Simplemente el apocalipsis consumista, ese temor al fin del mundo que sobrevendría si dejábamos de comprar, nunca ocurrió. Estamos a salvo.

En este año paseamos, invertimos tiempo en los que queremos y se lo hicimos saber. Recorrimos, visitamos, proyectamos, aprendimos. No nos privamos de nada. Al menos esa es nuestra sensación.

Pasamos la Navidad, nuestros cumpleaños, las vacaciones y, en todos los casos, siempre optamos por versiones minimalistas de nuestros antiguos festejos. Festejamos de forma más sencilla, en nuestras casas, en una plaza, con menos invitados, pero mejor elegidos. No quedan cuentas pendientes con 2016 ni con 2017. Después de un año, nos sentimos libres. Más afortunadas. Más dueñas. Más imperfectas. Más felices. Hemos disfrutado de este año como una de las mejores temporadas de nuestras vidas.


Esta experiencia de desconsumo se sumó a una investigación que realizaron las protagonistas sobre por qué el consumismo socava la auto percepción de felicidad. Las conclusiones resultaron en el libro Deseo Consumido, de editorial Sudamericana, que está en librerías desde el 1 de abril y que se presentará oficialmente el martes 9 de mayo próximo a las 20.30, en la sala Siranush del Centro Armenio, en Armenia 1353, con entrada libre y gratuita. También el miércoles 3 de mayo, a las 18, en el stand de LA NACION en la Feria del Libro, las autoras dialogarán con el público.
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Siete lecciones para tener en cuenta

Nos cortamos nuestro propio pelo

Ni bien ni mal. Simplemente descubrimos que aunque lo hagamos, la vida sigue y nuestros maridos continúan sin darse cuenta

Aprendimos a comer mejor

Elegimos más los alimentos que tienen como principal cualidad la de parecerse a sí mismos.Compramos menos productos, más cercanos a lo que vamos a consumir y más alejados de las promociones y del impulso de llenar el carrito

Priorizar alimentos

Elegimos los productos de temporada y aprendimos a valorar lo que da la tierra

La bicicleta, como medio de transporte

Un hallazgo: avanzar a toda velocidad cuando al lado hay una maraña de autos atascados sube instantáneamente las endorfinas

Necesitar muy poco

Éste es un gran descubrimiento. Consumimos mucho menos de lo que compramos. La tasa de uso de las objetos en la que gastamos el dinero es realmente muy baja

Presentes

En este año, regalamos más de lo que recibimos (porque no aceptamos regalos) y eso nos hace ser las personas más afortunadas de nuestro entorno

No a la acumulación

Nos mudamos a casas más amplias. Jamás hicimos las valijas. Alcanzó con dejar de acumular y comprar todo lo que podíamos pagar. Además, sacamos 1200 objetos en desuso de nuestros hogares, que se volvieron lugares más espaciosos y agradables

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