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Un terremoto electoral que cambia para siempre la política tradicional de Francia

LA NACION
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Luisa Corradini
Lunes 24 de abril de 2017

PARIS.- No hay duda posible. El terremoto que representa la clasificación de Emmanuel Macron y Marine Le Pen para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales ocupará un sitio especial en la vida política de Francia.

Esperando que los historiadores se pronuncien, ya se puede afirmar que los resultados obtenidos por Macron se transformarán en una referencia para toda campaña electoral.

El festejo de los seguidores de Macron
El festejo de los seguidores de Macron. Foto: Reuters / Philippe Wojazer

Maestro de la comunicación, ese desconocido por la gran mayoría de la gente hasta hace tres años logró en pocas semanas transformarse en el niño mimado de un electorado tentado por el cambio -aunque no por la ruptura- y decepcionado de una clase política que no consigue salir de su torre de marfil.

Con su discurso "ni de derecha ni de izquierda". Y después "de derecha y también de izquierda", el ex ministro de Economía de François Hollande permitió la emergencia de una alternativa a los dos grandes partidos que se alternan en el poder desde la creación de la V República, en 1958.

En una campaña pletórica de candidatos euroescépticos, que durante meses anunciaron un porvenir negro y amenazante, el líder del movimiento En Marcha supo hacer llegar a los franceses -sumidos en la desazón- un mensaje de esperanza y optimismo. Su clasificación es la prueba de que, contrariamente a lo que afirman los eurofóbicos, la mayoría de los franceses sigue apegada a Europa, al euro y a un mundo abierto y cosmopolita.

El 7 de mayo, Emmanuel Macron se enfrentará con Marine Le Pen, que, por el contrario, predica la salida de la Unión Europea, del euro y la OTAN, el cierre de las fronteras y el ostracismo, a fin de evitar las peores catástrofes. Ese discurso apocalíptico bien puede explicar lo que podría considerarse un fracaso para el Frente Nacional: haber llegado en segunda posición.

Eso sería ignorar sin embargo que, con 21,9% de los votos, Marine Le Pen logró que su partido superara la barra del 20% por primera vez en unas elecciones presidenciales.

Prueba de que, aunque los franceses fueron capaces de tranquilizar a Europa y al mundo demostrando su apego por la democracia y el pluralismo, el futuro presidente deberá hacer frente a un enorme desafío: desenmascarar, dejar sin argumentos al Frente Nacional, esa fuerza política que no cesa de progresar y está decidida a aprovechar cada tropiezo que le permita avanzar en el camino a la victoria.

Pero este análisis no estaría completo sin destacar el otro gran acontecimiento que convirtió esta primera vuelta en un hecho histórico: la eliminación de los dos grandes partidos de gobierno que se alternaron en el poder desde 1958. Ambos candidatos, el conservador François Fillon, por Los Republicanos (LR), y Benoît Hamon, por el Partido Socialista (PS), fueron rechazados por los electores.

Los próximos días -después del inevitable arreglo de cuentas- dirán qué habrá quedado de ambas formaciones tras la estrepitosa derrota y quiénes, dentro de cada partido, serán los encargados de ponerlos en orden de batalla para la próxima cita electoral fundamental: las legislativas del 11 y el 18 de junio.

La extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon no tendrá razones para sumergirse en el mismo spleen. A pesar de su cuarto puesto en esta primera vuelta, la vertiginosa progresión del líder de La Francia Insumisa (LFI) no sólo es una proeza personal, sino que lo deja en condiciones de liderar toda la izquierda.

En el capítulo de los fracasos trágicos, un hombre aparece como víctima principal: François Fillon. Su tercer puesto, con 19% de los votos, es ante todo la derrota de un hombre destronado por los escándalos sobre su vida privada, que se negó a retirarse de la campaña, arrastrando consigo a su propio partido y dividiéndolo más que antes.

Tras el terremoto, Los Republicanos deberán dirimir cuál será la línea que prevalecerá en el futuro. Una derecha dura, ultraconservadora, representada por el ex presidente Nicolas Sarkozy e incluso Fillon, que no duda en hacer guiños a los militantes del Frente Nacional, condenando la inmigración e, incluso, haciendo engañosas amalgamas entre islam y terrorismo. O bien regresar a una derecha social y gaullista, aliada con el centro, representada por figuras como el ex primer ministro Alain Juppé.

Pero esos cálculos electoralistas eran anoche la última preocupación de los franceses. Después de semanas de dudas y agitación, mientras en los cuarteles generales de los grandes partidos comenzaban las maniobras, los 47 millones de electores deben de haberse ido a dormir con la satisfacción del deber cumplido.

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