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El partido perfecto de Messi, el superhéroe legendario que domó el Santiago Bernabéu

Barcelona vive y la definición del torneo español arde exclusivamente por él: con el DT Luis Enrique contra las cuerdas y sus compañeros bajo sospecha, el crack rosarino deslumbró para ganarle 3-2 el derbi a Real Madrid

Lunes 24 de abril de 2017
Incredulidad, admiración, resignación y delirio, un carrusel de sensaciones pueden distinguirse en la sana convivencia de los hinchas de ambos clubes; Messi acaba de agigantar su leyenda al ganar el clásico en el tiempo adicionado
Incredulidad, admiración, resignación y delirio, un carrusel de sensaciones pueden distinguirse en la sana convivencia de los hinchas de ambos clubes; Messi acaba de agigantar su leyenda al ganar el clásico en el tiempo adicionado. Foto: AFP
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MADRID.- Tenía sangre en la boca y moretones en las piernas. Pero más herido estaba su orgullo. Serio, desafiante, después de agigantar otro poco su leyenda, Lionel Messi se sacó la camiseta y se la mostró al Fondo Norte del Santiago Bernabéu, repleto de estatuas en pena.

"Acuérdense de mí", parecía decirles, como si fuera posible lo contrario. Después de haber estampado el 3-2 en la última jugada del clásico, nada menos que su gol 500 con la camiseta del Barça. Después de haber ofrecido una lección de dominio táctico, técnico y emocional en un espectáculo inmenso. Después de provocar la expulsión de Sergio Ramos y de condicionar todo el andamiaje defensivo del Real Madrid.

No. Los madridistas no se van a olvidar jamás de ese nombre escrito en letras amarillas del que tanto se habló en la última semana: que ya no era decisivo en los partidos importantes, que llevaba tres años de sequía en el clásico, que ni siquiera su talento podía enmascarar la decadencia del Barça que marcó una era.

Contra las cuerdas, Messi entregó una noche perfecta de principio a fin, remando contra un Madrid con la moral alta, contra el árbitro y por momentos contra sus propios compañeros. Corrió, condujo, gambeteó, soportó una gama interminable de patadas y un codazo de Marcelo que le partió la boca. El primer gol lo convirtió mientras todavía apretaba una gasa ensangrentada entre los labios. El último y decisivo fue un acto de fe, después de un contragolpe desesperado que él culminó con una serenidad impropia del momento y el lugar.

La enormidad del 10 fue la gran diferencia entre el Barça de anoche y el que cayó eliminado de Europa por la Juventus, el miércoles pasado. Lento en la circulación, distraído en defensa, errático en zona de definición, el equipo de Luis Enrique es aquello que sea Messi.

Incluso con el argentino en la cima de su inspiración, el Real Madrid a punto estuvo de llevarse un empate que sabía a triunfo, conseguido cuando ya jugaba con uno menos. La derrota, al cabo, deja al Barça al frente, pero con un partido más. Todavía necesita que su rival pierda otro de los seis partidos que le quedan.

Los locales quisieron imponer desde el arranque su superioridad anímica, cimentada por el pase a las semifinales de Champions, el primer puesto en la Liga y el resurgir goleador que vivía Cristiano Ronaldo.

El portugués empezó encendido. En el minuto uno provocó una falta en el área de Umtiti que el árbitro no vio. Tres minutos después fue Ter Stegen quien le impidió el gol, la primera de una noche en la que el arquero alemán se anotó diez atajadas de mérito.

El Barça era un equipo ahogado hasta el minuto 11, cuando Messi consiguió pisar una pelota limpia en el círculo central. Lo buscó a Casemiro, su marcador, amagó por un lado, le salió por el otro y se le escapó en velocidad. Patadón desde atrás, tarjeta amarilla.

Con el brasileño amonestado, Messi se adueñó del medio campo y empezó a gestionar el Barça. Cinco minutos después, con otro slalom se plantó en la puerta del área. El Bernabéu empezó a intuir que así empezaba lo malo.

En el minuto 20 llegó el codazo de Marcelo, que el árbitro ignoró. Messi terminó en el suelo, con la cara cubierta de sangre, conmocionado.

Hubo un momento de asombro cuando reingresó a la cancha, le dieron la pelota y empezó a gambetear rivales mientras se sostenía con la mano derecha la gasa en el labio. Acaso impresionado, Toni Kroos lo perdió de vista y lo dejó ponerle una asistencia a Luis Suárez que en un día más inspirado del uruguayo hubiera terminado en la red.

El local golpeó primero. En una jugada mal defendida, Ramos conectó un centro de Marcelo, la pelota dio en el palo y Casemiro la empujó al gol en el minuto 27.

Era la cornisa para el Barça. La única opción de seguir en la Liga pasaba por dar vuelta el resultado ante un rival con sobredosis de confianza. Llamarlo milagro no parecía una exageración. Sin Neymar -suspendido-, con Suárez atolondrado e Iniesta sin todas sus luces, le quedaba encomendarse a Messi.

Cinco minutos después el argentino recibió un pase al borde del área, se sacó de encima a Modric, le quebró la cintura a Carvajal y antes de que llegara Nacho a cerrar definió de zurda, rasante, inatajable para Keylor Navas. Lo gritó con furia, con sangre todavía en la boca.

Terminaban así tres años sin anotarle al Real Madrid. Era su gol número 22 en clásicos (más que nadie en la historia) y el 13º que marcaba en el Bernabéu.

A partir del 1-1 el partido se volvió trepidante, golpe por golpe. Los dos arqueros evitaron un show de goles precipitado.

El Madrid amenazaba con las galopadas de Marcelo y el peligro latente -no más que eso esta vez- de Cristiano. La lesión de Bale dio lugar a Marco Asensio, un juvenil que entró al partido como si desayunara todos los días jugando clásicos.

Messi seguía en su patriada solitaria. La desconstrucción del tridente, con Paco Alcácer por Neymar, fue una invención fallida de Luis Enrique, casi una admisión de falta de recursos. En la última jugada del primer tiempo Messi pudo desnivelar otra vez. Su enésima gambeta a Casemiro terminó en otra patada de atrás. El árbitro le perdonó la segunda tarjeta, pero a partir de entonces el brasileño fue un equilibrista, sentenciado a la expulsión o al ridículo. Zidane lo cambió en los primeros minutos del complemento.

Messi salió incómodo al segundo tiempo. En el vestuario le habían dado puntos de sutura en la boca para pararle el sangrado. Pero enfocado. Buscaba en el medio y aceleraba. A veces pasaba; a veces rodaba por el suelo. Lo suficiente para nivelar a un Real Madrid que por momentos parecía a un paso de decidirse a ganar. Ter Stegen salvó tres goles hechos en 20 minutos.

Y sin embargo el 2-1 fue para el Barça: un zurdazo de Rakitic al ángulo en el minuto 27. Cinco minutos más tarde Messi volvió a sacudir el partido. Fue a buscar a toda velocidad una pelota suelta en el medio del campo y Ramos lo levantó por el aire. El hombre de los milagros madridistas terminó en la calle. Una roja directa -quizás exagerada- con la que pagó culpas pasadas de Marcelo y Casemiro.

Con todo de cara, el Barça se distendió. Piqué subió a buscar su gol, ansioso de gritarle su desprecio al palco blanco. El Madrid hizo lo que mejor sabe: esperar su momento. En el 40, el recién ingresado James aprovechó una distracción de Alba para empatar.

Tanto creyó en su destino que lo quiso ganar. Se olvidó de defender. Y en el último instante Sergi Roberto corrió 70 metros sin oposición. Dos pases más tarde la pelota le llegó a Messi en el borde del área. El resto fue historia.

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