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Ir a la cancha como adolescente ayuda a ser adulto

Miércoles 26 de abril de 2017
LA NACION
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La decisión de quitarles a los clubes la candente responsabilidad de aplicar el derecho de admisión, para ser ejercido por el propio Estado, es encomiable. El drama de la violencia, que entre otros efectos nefastos carcome el poder de maniobra de los dirigentes en sus clubes, precisaba de una respuesta política porque la situación, puesta en meros términos policiales, siempre acabó favoreciendo la extorsión de los violentos sobre aquellos que, de buena fe, quieren trazar una raya que limite la indecencia y se niegan a negociar con las barras.

Los menores ya no podrán ir solos a la cancha
Los menores ya no podrán ir solos a la cancha. Foto: Archivo

En cambio, es más discutible la prohibición a los menores de 16 años para concurrir sin un mayor a los estadios. No está suficientemente claro si la decisión está movilizada por la intención última de protegerlos. Parecen haber caído también bajo el tajante límite impuesto: no se admite a los barras porque son peligrosos pero tampoco, porque están en peligro, a los chicos solos. Algo no cierra.

Los menores de 16 años no son responsables de la mayoría de los actos violentos en las canchas (no fueron pibes los que empujaron a Emanuel Balbo a la muerte) ni tampoco son el blanco predilecto de esa violencia. ¿Por qué excluirlos? Sacaron a los visitantes de las canchas y la violencia crece en el interior de la propia hinchada. Ahora se erosiona la independencia de los chicos de 16; si el ejercicio del derecho de admisión no causa el efecto deseado, ¿a quiénes restringirán después?

Ir a la cancha como adolescente forma parte de un valioso proceso de madurez emocional, por el cual se adquieren ciertas destrezas necesarias para moverse en sociedad, que respalda la adquisición de independencia, indispensable para modelar la adultez.

No menos importante es el hecho de que la costumbre motoriza la consolidación de una identidad cultural, generando empatía con valores de pertenencia, que no son necesariamente los de la oposición agresiva (ser más hincha del dolor que se le provoca al acérrimo rival que de la felicidad que produce la victoria propia), valores de identidad colectiva que se incrementaron desde que se volvió un clásico pisar las tribunas o las plateas vistiendo la propia camiseta. Ese privilegio no debiera ser interrumpido para proteger precisamente a quienes lo gozan.

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